Dormí como el culo. Otra vez en ese cuarto que olía a desinfectante y humillación. Mi cuerpo seguía doliendo, la fiebre había bajado, pero el ardor en la espalda me recordaba cada segundo lo que me habían hecho. O lo que casi me hacen. Y lo peor de todo: seguía viva porque a Santiago le convenía. No por humanidad. No por compasión. Solo porque me quería arrastrar a su miseria. Golpearon la puerta antes de abrir. Una mujer entrada en años, rostro severo y expresión resignada me miró sin sorpresa. —Vístete —ordenó, lanzando algo sobre la cama. Un uniforme n***o y blanco. Corto. Ridículo. ¿De verdad ese imbécil se pensaba que yo iba a ponerme eso? La miré con desprecio. —Ni loca. —Como quieras —respondió la mujer con indiferencia—. Pero igual vas a fregar el piso. Con uniforme o sin

