Santiago Russo Observé la pantalla en completo silencio. Sofía Vargas estaba hecha un ovillo en el rincón más oscuro del sótano. Jadeaba, temblaba, sus gritos se perdían en esas paredes gruesas que no dejaban salir el sonido. Las ratas correteaban a su alrededor, y su perfume caro ya no servía de nada ahí abajo. —¿Así llorabas tú, Benjamín? —murmuré—. ¿Así se te rompió el alma por ella? Encendí un cigarro. La ceniza cayó lentamente mientras Sofía gritaba a la nada, sola, invisible, exactamente como debía estar. Entonces la puerta se abrió sin llamar. Su voz chillona era inconfundible. —¿Otra de tus prisioneras, cariño? Débora. Me giré apenas. Mismo cabello rojo, mismo vestido ceñido, mismas aires de princesa podrida. No había cambiado desde que me obligaron a casarme con ella. Todo

