SOFÍA Había estado allí todo el maldito día. Encerrada en aquel lugar sin ventanas, donde el tiempo parecía haberse detenido, donde el silencio pesaba más que el miedo. Cada segundo era una tortura, cada respiración una batalla. No sabía si era de día o de noche, hasta que la puerta se abrió y el pasillo se llenó de sombras más densas que la oscuridad. Entonces la vi. Una pelirroja altiva, impecable, con tacones que resonaban como un veredicto. Tenía la misma expresión de arrogancia que yo había usado mil veces para defenderme del mundo. Pero ella… ella era distinta. Más fría. Más cruel. —Vaya, la famosa princesa nueva princesa de mi marido—dijo con desprecio, cruzando los brazos—. Menuda decepción. La miré con furia. No sabía quién era, pero no me importaba. —No te metas con mi mari

