La primera vez que vi a Mauricio supe que era un hombre diferente a los que me había topado antes, o al menos así lo sintió una parte de mí que me empeñé en ignorar. Lo que lo hacía atractivo para otras mujeres saltaba a la vista, pero lo que me hizo aceptarlo cerca de una forma que me hacía sentir a salvo, fue todo lo demás, lo que no podían percibir los ojos. Mauricio era pura calidez, tan distinto a mí, que mi admiración por él fue creciendo sin que me diera cuenta. Tampoco dejaba de sorprenderme su capacidad para relacionarse con los demás, no había empleado al que no conociera en la constructora, incluso sabía los nombres de los cónyuges e hijos de la mayoría de sus colaboradores. No había nadie invisible para Mauricio Sifuentes, ni siquiera yo que siempre me esforcé por serlo, por pa

