V

1967 Palabras
Scarlett: Pues si había empeorado, o quizás no, el sujeto me había dicho que haría dos cosas: ayudar a los esclavos y gente que no tuviera acceso a “salud”, había dicho otra palabra pero no podía recordarla, y quizás no lo hacía por la forma en que lo había dicho. Y, debía entrenar, cosa que no me molestaba ya que era amante del karate y de la esgrima. Ahora que lo pensaba mejor, ¿podría patearle el trasero a mí muy querido esposo? Esa idea no me parecía tan mala. - Bien, primero será el entrenamiento –me mira como si fuese superior sólo por ser un Dios, idioteces. Me da un traje un poco pesado, el cual consiste en una pechera y un casco, mi espada pesaba un poco, pero estaba bien. Sin aviso se lanza contra mí, bloqueo por poco. Una vez que me acostumbre al peso de la espada, será pan comido luchar contra este sujeto. En un momento de descanso me quito el equipo, era bastante estorboso, además, no creo que me mate o me lastime de gravedad, por mucho que el Dios idiota quisiera no verme jamás, sentía que me necesitaba, de lo contrario, nos habríamos divorciado sin más. - Es mejor así –sonrío, él me mira con incredulidad, y quizás un poco de miedo, sólo esperaba que no se contuviera. - Debe de usarlo, si le pasa algo –se queda quieto, hasta podía creer que estaba preocupado, claro que lo estaba, yo era humana y podía lastimarme con facilidad a diferencia de él, aunque quizás también era por lo que su señor pudiera hacerle si me pasaba algo, por más accidental que fuese. - No me va a pasar nada, vamos –esta vez soy yo quien ataca, bloquea y después de varias veces así, comienza con ataques que, dicho sea de paso; esquivo muy bien. No sé cuánto tiempo ha pasado pero el sol esta en lo alto y muero de hambre. - Bien, hemos finalizado –guarda su espada y le entrego la mía. - Bien, muero de hambre y sed –seco el sudor de mi frente y le sigo cuando me hace una seña, miro su espalda pensando en su ropa, era un soldado pero de rango superior. Veía con detalle cada prenda, se veía bastante calurosa, había visto un documental dónde explicaban lo que se usaba en las guerras, las famosas cotas de malla, que servían para evitar los cortes y golpes perforantes, aunque no te salvaba de unos buenos golpes directos, fue ese motivo que los llevo a usar armaduras de placas, eficaces para distribuir los golpes, ¿él la usaría? Ahora que lo pensaba, había algún motivo para tener ejércitos, o sea, era un Dios, tenía a su servicio a semidioses y Dioses de rango menor, ¿quién los atacaría, otro Dios?, ¿y con qué propósito, diversión? Otro pensamiento sustituye a mis maquinaciones, necesitaría otro baño, ¿debía tomarlo o comer?, mi estómago gruñe dándome la respuesta, sí, primero debía comer. Entramos a la cocina, varias mujeres hacen una reverencia, me acerco a la que creo es la cocinera. - Mi señora –hace una reverencia. - Puede llamarme Scarlett, ahora, ¿puedo ayudar en algo con la comida? Si ya está lista, ¿podría obtener un poco? Muero de hambre –le miro suplicante, ella asiente, todas se mueven buscando quién sabe qué, las miro extrañada. - Claro mi señora, ya le sirvo, pase usted a la mesa –dice una mujer de mediana edad, me encojo de hombros y me siento en la gran mesa de madera, ella me mira incrédula.  - Debo lavarme las manos, pero antes, ¿cómo se llaman? –miro a cada una, son cinco, máximo siete. - Dorotea –dice la que creo es jefa de la cocina–, Arabelle –señala a una mujer cerca de los sesenta, su cabello es n***o como el ébano–, Elisa, Rita, Santa y –señala a la mujer que me había invitado a sentarme–, Susana –todas hacen una reverencia. - Un gusto, soy Scarlett, pueden llamarme así, ahora –me pongo de pie–, ¿dónde puedo lavarme las manos? –miro a Susana, ella asiente y me pide que le siga; me lleva hasta un pequeño cuarto de lavado, aunque pequeño era quedarse corto. Sale permitiendo que me lave las manos y la cara, vaya que tenía un aspecto terrible, sin embargo, me sentía muy emocionada. Termino de asearme y salgo de vuelta a la cocina. - ¿Le servimos aquí señora Scarlett? –dice Elisa extrañada, asiento tomando mi lugar, miro el estofado que trae en las manos y mi estómago gruñe. Deposita el plato frente a mí, Rita coloca pan al cual aún le sale humo. - Gracias –les sonrío antes de comenzar a comer, dioses, esto sabía a gloria. Comienzo a devorar el estofado y el pan; cuando no puedo más bebo un poco de té y me quedo quieta. Ellas comienzan a recoger todo, les sonrío agradecida, había comido tanto que no me podía mover. - Un placer servirle señora Scarlett –Dorotea me sonríe, y parece sincera, era extraño ser llamada señora por esas mujeres, las cuales podrían ser mi abuela, y las más jóvenes, mi madre. - Debes ir con los esclavos –dice Elek sacándome de mi burbuja de paz, cierro los ojos evitando rodar los ojos. - Claro –me pongo de pie, les sonrío antes de salir de la cocina, ojalá no usara su armadura para darle unos cuantos golpes. Elek camina en completo silencio, algo que agradezco, ya que así puedo apreciar el paisaje lleno de flores. A lo lejos observo un laberinto, me encantaría perderme hasta encontrar la salida, pero a saber si el Dios cascarrabias me dejaría, en cualquier caso, siempre podía escaparme, seguro tardaría un rato en encontrarme, esa idea me hace sonreír cual gato de Cheshire. Escucho una pesada reja abrirse, me muevo un poco y lo que veo hace que mi corazón se rompa en dos. El lugar es lúgubre, sus habitantes están sucios, muchos de ellos delgados, llenos de heridas, unas que parecen cicatrizar y otra abiertas. - Asqueroso, espero no le moleste el mal olor –dice con burla, aprieto los puños y respiro profundo evitando darle un puñetazo. - He visto cosas más asquerosas luciendo un traje militar de alto rango, o una túnica bordada en oro –le sonrío con falsedad al tiempo que corro hacia una mujer embarazada, evitando así que caiga. - Diosa –dice ella temblando, niego, estaba muy lejos de serlo; le ayudo a sentarse con cuidado–, sálvalo, él no tiene la culpa –llora bajo antes de gritar, no había que ser experto para saber que estaba entrando en labor de parto. - Elek, necesito agua tibia, toallas y una cama –sujeto la mano de la mujer. - Todo lo que necesites te será dado –dice plano, se da media vuelta y sale con arrogancia. Pienso en una cabaña, una cama y encima ella, cuando abro los ojos veo con sorpresa que todo está; cierro los ojos y pienso en lo que necesito, abro y miro todo a mi lado. - Respira, inhala y exhala, todo estará bien –la acuesto con cuidado, alzo su vestido y separo sus piernas. Daba gracias a Nana por enseñarme esto, de lo contrario no sabría qué hacer. Después de una hora que me pareció una eternidad; aquella mujer dio a luz a una preciosa niña sana a pesar de la precaria salud de su madre–. Es una niña preciosa –se la acerco, ella la mira con lágrimas en los ojos, besa su cabeza, me sonríe antes de permitir que la muerte la abrace. Cierro los intentando contener las lágrimas mientras pego a la pequeña a mí, abro los ojos sin poder contener las lágrimas, lloro por esa mujer que no conocí, lloro por la pequeña criatura entre mis brazos, lloro por mí, porque no sé si seré capaz de soportar tanta muerte.  Kaled: Elek me había dicho lo buena que era para pelear, incluso que se había quitado el traje protector, algo estúpido teniendo en cuenta que podía morir, no recordaba que sus antiguas esposas fueran así de osadas, aunque bueno, había aprendido por las malas lo que era capaz de hacer esa mujer. - Con todo respeto mi señor, no creo que esos castigos le sirvan de escarmiento –dice serio, resignado, no suelo verlo así. - Pensaré que otra cosa ponerle de –mi frase es interrumpida por una Scarlett embravecida, en sus manos trae a una pequeña y detrás de ella al menos tres sirvientas, incluida Nara. - Puedo entender que muchos de ellos cometieron pecado, pero, ¿ella tiene que pagar? –señala a la pequeña, la cual duerme tranquila–. Al entrar quisieron arrebatarla de mis brazos porque “no era bienvenida”, idioteces –avienta a una de las sirvientas aferrando a la pequeña a su pecho–, ¡déjenme! –grita molesta–, es una orden –ambas retroceden, ella fija su vista en mí–. Y tú, ¿tienes el cinismo de molestarte cuando te llamo Dios inútil? –pregunta con sarcasmo–, eres un ser despreciable, ruin, desalmado, y no me importa tu estúpido cargo, no me importa si me castigas, si me golpeas o me amenazas, escúchame bien –se acerca a mí señalándome con su dedo–, haré hasta lo imposible por cambiar sus vidas, y la única manera de detenerme –me mira con determinación pero en tono frío–, será matarme, y aun así, ten la certeza, que volveré a torturarte –me mira unos segundos antes de salir como entro, a decir verdad, me había dejado mudo su arrebato, a todos por cómo veía sus caras. - Se pueden retirar, excepto tú, Nara –las mujeres hacen una reverencia y salen, Nara me mira atenta–. Estoy muy seguro que lo último que buscabas siguiendo a tu señora era quitarle a la niña, ¿o me equivoco? –la miro atenta. - Así es mi señor, sólo quería protegerla de las otras, pero mi señora ha podido ella sola –dice con orgullo, Nara llevaba siglos sirviéndome, había servido a cada compañera que había tenido, sin embargo, jamás la había visto tan protectora o fiel como con Scarlett. - Dile que la niña puede quedarse, pero debe dársela a una de ustedes –digo con calma, Elek parece ajeno a todo. - Con todo respeto mi señor, no creo que ella lo permita –dice suave–, estoy muy segura que vendrá de nuevo si usted le ordena entregar a la pequeña. Suspiro dejándome caer en la silla, ella tenía razón y la verdad no deseaba presenciar la misma escena, no estaba de humor para soportarlo. - Bien, se puede quedar con la pequeña pero, tú vas a ayudarle, ¿entendido? –pregunto alzando una ceja, ella asiente, hace una reverencia y sale de mi despacho. Camino hacia mi escritorio y me dejo caer presionando el puente de mi nariz–, y creí que había tenido suficiente castigo –digo mirando al cielo, Elek se mantiene estoico sin pronunciar palabra. - ¿Continuará yendo con los enfermos señor? –pregunta después de un rato. - Lo hará incluso si no se lo ordeno –sonrío de lado mientras pierdo la vista en el morado de las flores, se mueven con el viento, como si bailaran, igual que ella. Escucho la puerta cerrándose, Elek se había ido, dejándome con mis recuerdos.
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