IV

1127 Palabras
Scarlett: El sol me daba de lleno en la cara, sentía la cabeza reventar y una necesidad de agua impresionante, debía recordar no beber de esa manera de nuevo, aunque debía admitir que las mimosas eran deliciosas. - Buenos días mi señora, mi señor me ha pedido traerle esto –señala un tazón con algo caliente y que además, huele horrible–, la hará sentir mejor, confíe en mí –dice acercándome el brebaje, asiento y me siento, no podía perder nada, salvo mis papilas gustativas. Lo cojo, si esto me quitaba el malestar, bienvenido sea, pienso dándole un gran sorbo, hago lo posible por no vomitar, si olía mal, sabía peor–. Vamos mi señora, haga un esfuerzo –me alienta, suspiro y doy un trago hasta que lo termino, pronto vienen las arcadas, me dejo caer y un dolor punzante me atraviesa la cabeza, olvidándome del asqueroso sabor. - Jamás volveré a tomar alcohol –digo apretando el puente de mi nariz, bueno, sólo sería en esas cantidades, había perdido la cuenta tras 10 copas. - Tomará unos segundos, sólo espere –dice ella alejándose de la cama, de reojo la miro buscar y sacar ropa de unos estantes. Suspiro, poco a poco los síntomas se iban, qué hermoso era sentirse bien. - Ese remedio es maravilloso –me pongo de pie, miro por la ventana, el sol no me hacía daño, me estiro sintiendo que regreso de la muerte. - Sí, aquí tiene –dice colocando un vestido en la cama, era largo, hasta los tobillos, manga larga, me recordaba al hábito de una monja, la única diferencia era el cuello ya que dejaba al descubierto parte de los hombros y era redondo sin mostrar demasiado. Era lindo y práctico, era holgado y de un material suave–. Su baño está listo –señala una pequeña puerta al fondo, asiento y camino hacia la puerta, volteo y la veo siguiéndome. - No tienes que ayudarme ahí adentro –le sonrío, entro corriendo y cierro antes de que entre, quizás era grosero pero, me sentía incómoda con la idea de un extraño viéndome mientras me baño, o sea, no es que nadie me hubiese visto, aunque nadie se reducía a Yse y la abuela, aunque quizás la última no contaba debido a su ceguera. Sacudo la cabeza alejando esos extraños pensamientos, seguro todavía estaba un poco ebria, o al menos, mi cerebro si estaba obnubilado. Me apresuro a bañarme, aunque esta tina era muy espaciosa y las sales olían de maravilla, seguro podría pasar unas cuantas horas aquí dentro, me arrugaría cual ciruela pasa y luego saldría, suspiro, seguro ese querría verme, ¿me echaría la bronca? No importaba, podría soportarlo ahora que mis malestares se habían ido. Salgo envuelta en una toalla, Nara espera a un lado de la cama, trae un corsé, mi cara de horror es evidente, Nara me mira apenada. - Le ayudo mi señora –se acerca, retrocedo, no usaría esa trampa mortal del siglo XVII, oh no, quería caminar sin estar recordando que debía respirar, no iba a decidir entre comer o respirar. - Me niego, usaré mi ropa interior, muy cómoda por cierto –cojo la maleta, ¿en qué momento mando por ella? Me encojo de hombros, no importaba, aunque, ¿debía agradecerle? Hago una mueca, esa idea no me agradaba, suspiro mientras saco un conjunto blanco, con esto me sentiría como yo. - Pero señora, eso no quedará bien con el vestido –dice intentando convencerme, me muestra el corsé junto al vestido, como mostrando que se complementan a la perfección. - Ya verás que sí –entro al baño y me pongo la ropa interior, salgo sin la toalla, a menos con esto me sentía menos expuesta. Nara me mira con sorpresa, frunzo el ceño, ¿tanto era su malestar porque no usará el corsé?–, otro día puedo probar esa cosa, pero no hoy –niego con la cabeza mientras camino hacia el vestido, estaba muy segura que me quedaría perfecto. -  Lo mejor será que te acostumbres –su voz me hace congelarme, cojo el vestido y me cubro con el, lo bajo dejándolo en mis brazos–, eso que usas para protegerte no es adecuado en alguien de tu estatus –miro a Nara hacer una reverencia antes de salir, trago saliva. - Ellos no lo sabrán, además, ¿sabías que eso es una trampa mortal? Hace que tus huesos se aplasten e incluso ocasiona que dejes de respirar y te desmayes –sujeto con fuerza el vestido, no me quería sentir así de expuesta frente a él, pero tampoco quería demostrar que me avergonzaba, así que el vestido sólo cubría de mi estómago para abajo. - No quiero pelear, usa lo que quieras pero apúrate –dice rodando los ojos–, y no tienes nada que no haya visto antes. –Se da media vuelta y sale dejándome muy molesta. - ¿Sí? Pues nunca lo verás de nuevo, imbécil –grito con fuerza, cojo el vestido y me lo pongo de mala gana. Nara entra, me siento frente al espejo y empiezo a cepillar mi cabello. - Permítame mi señora –me quita el cepillo con gentileza y empieza a cepillar mi cabello, con delicadeza logra trenzarlo y colocarle flores, ¿quién diría que todo terminaría así? Ayer pensaba que esto de la boda era una ridiculez, sobre todo porque pensaba que Kaled era algo inexistente, al menos, de manera física, espiritual todavía existía la duda de su existencia, suspiro, y ahora estaba aquí, sentada frente a un precioso espejo ovalado con las orillas de oro, sujeto a madera en color blanco, había comprobado que no fuese mármol. - Gracias Nara –le sonrío, me gustaba como me veía, en casa no tenía que esforzarme mucho en mi apariencia, mientras diera una buena atención a mis pacientes, fuese bañada, cabello atado y maquillaje suave, era más que suficiente. - Mi señora, Elek quiere hablar con usted –dice nerviosa, frunzo el ceño, ¿y ese quién era? Intentaba con todas mis fuerzas recordar a la gente de la boda, pero era tanta y mi desinterés era mucho, que no había prestado mucha atención. - ¿Estaba ayer en la ceremonia?, ¿le hice o dije algo que lo enfureció? –la miro tranquila, en realidad, no me importaba hacer algo que los hiciera enojar, más si era un Dios, ¿eso haría enojar al idiota de mí marido? - Elek es la mano derecha de mi señor, venga conmigo –abre la puerta y salgo, camina delante de mí y la sigo en silencio, no creo que esto pueda empeorar, ¿o sí?
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