Con nuestras altas y bajas, ella conocía mi corazón y ahora no sé cómo hacer con mi vida sin la dirección de ella.
Es mejor imaginar que ella está, pretendo que hablo con ella cada día y Jonathan me apoya en mis diálogos con ella. Lo cierto es que, aunque le hablo, nadie responde y eso duele también.
Una mañana como cualquier otra, mamá se dirigió al supermercado a comprar algunas cosas para la casa, ella no quería ir y me pidió que yo fuera, pero la convencí de ir porque no me sentía muy bien, además necesitaba algunas cosas para mí. Camino a la tienda recibí una llamada de ella preguntando si prefería manzanas o moras, nunca imaginé que esa sería nuestra última conversación.
Le hubiera dicho lo mucho que la amo y le habría gritado que regresara a casa, pero mientras me hablaba sólo escuché el estruendo del impacto. Salí corriendo de la casa, sabía que algo andaba mal. Minutos más tardes vi como las personas estaban aglomeradas frente al supermercado.
-Esto es una tragedia- murmuraban.
-Ella es tan joven y bonita- decían algunos.
Otros tapaban sus ojos, algunos agarraban sus cabezas y yo me aterraba más y más. Cuando logré ver por un pequeño hueco entre la gente, una mujer yacía en el piso, aquello era una película de terror.
Grité con todas mis fuerzas -MAMÁ- pero nadie respondía. La gente me miraba y yo no sabía qué hacer, no tenía a quien llamar.
En mi desesperación comencé a gritar una y otra vez -MAMÁ- pero no respondía. Minutos después llegó una ambulancia y en unos segundos la policía, pero no entendía porque nadie la movía.
Una cinta amarilla, expresiones como ‘‘aseguremos el perímetro’’ y mucho caos, adornaban el lugar. Sólo pensaba en Jonathan, en mi papá y aun no quería admitir que ese cuerpo podía ser el de mi mamá.
No pasó mucho tiempo para que me acercara a un oficial y le contara mi versión de la historia con mi mamá al teléfono. El amable señor intentando calmarme, dijo que regresara a casa y sin terminar sus palabras alcancé a ver a un hombre destrozado, divido en dos, gimiendo y gritando de dolor.
Aquel hombre no podía contener el llanto, su rostro estaba bañado con sus lágrimas, no le salía el habla, estaba destrozado y de repente reconocí esos ojos, era mi papá.
- ¿Papá? - pregunté con un nudo en la garganta.
-Amy- con voz quebrada y casi sin aliento me llamó.
Nos abrazamos y lloramos como si no existiera nada más que lágrimas en nuestros ojos.
-La perdimos- dijo mi padre.
En ese instante sentí como mi corazón se quebraba en mil pedazos.
-No entiendo nada- dije a mi padre, entre llanto y dolor.
-Ella ya no está- fueron las palabras exactas que papá utilizó.
Nunca en mi vida había visto tanto dolor en su rostro, ahí supe que la mujer que nadie podía tocar, la que nadie llevaba al hospital, la que no se podía mover, era mi mamá.
Ese día mis ojos no se secaron y los de mi padre parecían un manantial. Aquel evento fue tremendo y sentí que perdía una parte de mi vida, supongo que por eso siento este gran vacío, aunque debo decir que me siento culpable. Mamá fue al supermercado en gran parte porque la convencí.
-Si no la hubiera convencido, si hubiera ido yo- repetía constantemente.
-No es tu culpa, si no hubiera ido ella hubieras ido tú, la culpa es de ese mal nacido que no debía subir la cera y atropellarla- decía mi padre.
-Es que no sabemos si eso fue lo que pasó- yo le contestaba.
-Es exactamente eso lo que pasó porque si fue un accidente, por qué no llamó al 911- me contestaba mi padre.
-Es un asesino- repetía.
¿Qué será ahora de mi vida? La policía no nos entregó el cuerpo, tenía que investigar el accidente, pues la persona que mató a mi mamá se fue de la escena tan pronto le atropelló. El día más difícil y triste de mi vida, sin duda alguna no había sentido tanto dolor en toda mi existencia.
Y como siempre, ahí estaba Jonathan para acompañarme. Inseparables desde pequeños, sabía que él no me abandonaría.
Las personas me decían lo mucho que lo sentían, otros sólo querían saber la historia de cómo fue todo y mi padre y yo en la incertidumbre sin saber que ocurrió a ciencia cierta.
Con todo ese dolor tenía que levantar la mirada para saludar a las personas, sólo estábamos papá y yo, pues nunca conocí sus familias y era algo de lo que nunca hablaban. Siempre he creído que tuvieron algún problema y no me querían contar.
Él y yo contra el mundo y mi amigo fiel que nunca me dejaba.
Recibí una llamada al teléfono de la casa y era para informarnos que podíamos retirar el cuerpo de mamá ¡No podía con tanto dolor! Ir a recoger a mi mamá, pero esta vez es un cuerpo sin vida, esto era algo para que la tristeza me consumiera y no dejara un gramo de mí.
Llamé a Jonathan al teléfono -Necesito contarte algo, es urgente- con mucha insistencia le dije, el corrió a mi casa, pues vivía a pocas casas de la mía.
- ¿Qué sucede Amy? - Decía Jonathan con mucha preocupación.
-Nada, es que necesito estar con alguien que me quiera y me comprenda- le dije con toda honestidad.
Para hacerme sentir menos presionada Jonathan decide que vayamos al patio a conversar y así nos alejábamos de las personas que llegaban a dar sus condolencias. Allí fue cuando pude llorar con toda la intensidad que merecía la pérdida de un ser tan importante en la vida de una persona.
En el patio, ocultos de la gente y sus palabras vacías porque eran un motón de desconocidos, Jonathan me prestó su hombro para llorar.
-Estaré contigo para lo que necesites- me dijo con voz triste mientras apretaba mis manos.
-Gracias- dije mientras lloraba como si no hubiera mañana.
Fue en ese momento que sentí miedo con él, me había desnudado el alma llorando sin control frente a él y me sentía vulnerable.
No parecía que hablaba de amistad, y honestamente con la pena que me embargaba yo no sabía cómo reaccionar. El me abrazo fuerte y yo me desplomé, secó mis lágrimas y acarició mi pelo, todo fue muy extraño, pero yo estaba desconsolada.
Entre abrazo y abrazo recibí un beso en la mejilla y la confirmación de que no estaba imaginando cosas fue muy clara. Jonathan estaba actuando como algo más que amigos así que lo aparte un poco de mí.
- ¿Qué sucede? -Pregunté llena de incertidumbre.
-Nada- dijo con insistencia.