Kassandra Sterling.

2584 Palabras
PVO Sadrac Krausse. —Lo siento, jefe, ya cercamos la zona, pero no hay indicios de las mujeres por ningún lado. Las palabras de uno de mis hombres hacen que la copa que sostenía en la mano reviente. El líquido cae al suelo, dejando un silencio pesado en la habitación. No sé en qué momento, en qué maldito instante se me escapó. Quizás fue cuando le rompía el brazo a ese desgraciado al recordar como la había empujado. Pero solo un segundo. Un maldito segundo fue suficiente para que mi sirena, esa hermosa pelirroja escapista, desapareciera nuevamente de mi vista. Aprieto la mandíbula, sintiendo cómo la rabia me consume por perderla de nuevo. Esto que me estaba pasando, era un maldito dejavú, un maldito juego que al parecer, ella estaba disfrutando, pero yo se lo haría pagar. —Será mejor que dejes de pensar con la cabeza caliente, Sadrac, que yo recuerde, tú eras más ..astuto. No se porque siento una ligera burla en su voz, ese sarcasmo que le gusta soltar cuando hay alguien tiene una situación complicada, aunque Magnus tiene un punto a su favor, debo calmarme, pensar, ser mas inteligente que esa sirena que le encanta provocarme con sus escapadas. «Solo espera a que te tenga en mis manos sirenita, solo espera y veras, no te tendré compasión, te castigaré, de daré varias nalgadas que suplicarás que te de más, pero en mi cama obviamente, debajo de mí» Mis hombres no tardan en limpiar el desastre que dejé, mientras Magnus se sirve otra copa con total calma, como si no me estuviera llevando el diablo. —A ver ¿qué haría yo si fuera tú? —dice con esa media sonrisa— Aunque claro, no conozco la historia con esa mujer. Si me das detalles, quizá pueda ayudarte. Lo que él quiere saber es el porque de mi inusual comportamiento, algo que ni yo logró comprender del todo. ¿Por qué me importa tanto esa chiquilla?¡¿Por qué maldita sea?! _¿Y bien? Aun con el mal humor que me cargo, termino contándole cómo fue mi primer encuentro con esa pelirroja, en una concurrida playa en Nueva York, hace algunos unos meses. Lo que no esperaba, era su reacción. Magnus suelta una carcajada como nunca antes le había visto, como si disfrutara de la situación en la que me encuentro. Maldito desgraciado. —¿Te manchó la camisa con un helado y luego te dejó cien dólares en el baño de una tienda para escaparse por la puerta trasera? —niega, riéndose—¿Es en serio, Sadrac? ¿No estás tomándome el pelo? —Si sigues riéndote, tu esposa se va a quedar viuda, Magnus —advierto, levantándome. Necesito calmarme y dejar de escuchar las risas de Magnus, además, el licor ya no me está funcionando. ¡Rayos! Así que tomo un habano, lo enciendo, dando una calada profunda. Quizá me ayude a pensar en algo, o quizás matar ese maldito hombre que se atrevió a empujarla... Espera, pero claro, ¡¿Como no lo pensé antes?! —Esa sonrisa me dice que ya tienes una idea —murmura sin dejar su copa—¿Cuál será? Suelto el habano y lo aplasto con el zapato sin apuro. —Creo que debo tener una pequeña conversación con el único presente en ese incidente —respondo, caminando hacia la puerta—Si te aburres, no me molestaría que te vayas. —¿Y perderme cómo termina tu obsesión con esa mujer? —bufa—Ni hablar. Quiero tener un buen chisme que contarle a mi esposa, te espero. Niego con la cabeza. Definitivamente, este no es el hombre frío y serio que conocí hace años, y quizá el amor tenga la culpa. Pero eso, no me va a pasar a mí. Yo no me enamoro. Esto no es eso. Es solo una cuenta pendiente con esa escapista que no deja de huir, pero que muy pronto…va a dejar de hacerlo. —¿Que ocurre Sadrac?.—me pregunta de pronto Teodor, al ver que tomo una cuchilla de mi caja fuerte para guardarla entre mis ropas.—¿Alguien hizo... —Nada, descuida.—lo calmo.—voy a hacer el trabajo que mis propios hombres no han podido hacer por meses. —¿Te refieres a la sirena? No respondo. Solo salgo con una sonrisa dibujada en mi rostro, porque tengo el presentimiento que hoy mismo se acaba mi búsqueda, que hoy mismo tendré a esa atrevida mujer en mi cama. —Pues justo venía a darte una noticia sobre ella, pero como te veo tan serio, con esa determinación y diversión en tus ojos, creo que puedo esperar. Me detengo en seco—Habla Teodor, sabes que cualquier información es ..importante. Con tal de acercar ese momento, no me importa. Teodor saca algo de entre sus bolsillos y me lo lanza. Es una tarjeta de identificación, y es de ese desgraciado. Sonrío, una importante información sin duda, pero que aun no me lleva a mi sirena. Avanzo con paso firme, con Teodor a mi lado, para que vigile cada uno de mis movimientos y evitar que me exceda con ese sujeto. Aún no, lo necesito con vida si quiero recuperar a mi mujer. Pero eso no cambia nada. Él mismo sentenció su destino en el instante en que osó tocarla, en que se atrevió a lastimar su delicada piel. La puerta se abre y deja al descubierto a ese hombre agonizante, atado de manos y colgado del techo, tras la tortuosa golpiza que ordené como anticipo de lo que le esperaba por el simple hecho de tocarla. Hago un movimiento rápido. La cuerda cae y, con ella, el cuerpo de ese hombre que aún sigue vivo por mi conveniencia, pero no por mucho. Pronto morirá. —Supongo que, a estas alturas, ya te has dado cuenta de cómo funcionan las cosas aquí… Kenny Dickson —digo, poniéndome en cuclillas frente a él— Sabes, tienes una información que me pertenece, y de lo que decidas decirme, dependerá cómo vas a morir: rápido… o con mucho sufrimiento. El hombre suelta un gemido, una mezcla de lamento y dolor, mientras intenta alzar la mano hacia mí. Nada que no haya visto antes. —¿Quién era la mujer pelirroja? La que te mordió —pregunto directo. De reojo, noto a Teodor alzar una ceja, sorprendido, o quizá desconcertado al comprender que la mujer que se me escapó dos veces no es una cualquiera, sino una salvaje. —Si me das la respuesta que busco, tal vez encuentre un poco de piedad, aunque un mafioso como yo no suela conocer esa palabra. Otro gemido escapa de sus labios. Supongo que en el fondo, ya no tiene ganas de vivir. Teodor se acerca y le inyecta un fármaco para aliviar el dolor, solo de forma momentánea. No puedo permitir que muera sin darme la información. Aún no. Minutos después, hace efecto. El desgraciado se retuerce y, por fin, emite un sonido claro. Entonces me mira a los ojos. —El tiempo pasa, igual que mi paciencia, Kenny —advierto, sintiendo cómo la oscuridad empieza a consumirme. Y él, aunque no me conozca, lo entiende. —N-no conozco a la pelirroja… p-pero sé que se llama… Vuelvo a acercarme, quedando a escasa distancia. Necesito escucharlo. Lo necesito. —K-kasandra… se llama Kassandra. —Kassandra… —murmuro, como si fuera algo sagrado, algo que ahora me pertenece. Al fin sé el nombre de la sirena que ha estado jugando conmigo, y es incluso más hermoso de lo que imaginé. —¿Qué más? ¿Qué otra información puedes darme? —jalo su cabello hacia atrás, obligándolo a mirarme—Necesito encontrar a Kassandra, y tú… solo tú puedes darme esa información. —N-no sé más… lo juro… —¿No sabes más? —No tendría por qué mentirme, no con la muerte respirándole tan cerca— Entonces, la otra mujer. Dame sus datos. A ella sí parecías conocerla bien. Sus ojos se abren. Sí, a ella sí. Si no puedo llegar a Kassandra, la otra me llevará hasta ella. —Habla, maldita sea —gruño, apretando con más fuerza su cabello y el dolor se dibuja en su rostro. —Cassidy… Cassidy Sterling… Al fin algo. Pero no es suficiente. —¿Dónde vive? —ordeno, apretando su cuello herido sin darme cuenta, dejándome arrastrar por la sensación de tenerla ya cerca. No lo entiendo, pero al saber su nombre, algo se despertó en mí, algo que empieza a consumirme— La dirección, dame su maldita dirección si no quieres que tu insignificante vida se acabe y… —Sadrac. La voz de Teodor me arranca de esa especie de ensoñación, y lo suelto de golpe. El hombre tose sangre. No, se está ahogando. Mierda, me pasé. —Si querías sacarle información, debiste dejármelo a mí —me reprende, mientras intenta salvarle la vida a ese tipo que ya parece más muerto que vivo. Pero no importa. Obtuve información valiosa, solo espero que no se haya atrevido a mentirme. —Diablos, te lo dije —gruñe Teodor, dejando caer el cuerpo inerte de ese miserable—Sí, sé lo que debo hacer, pero sé que antes vas a querer la información que te dio, ¿no es así? —Solo hazlo —suelto, girándome para salir de aquella sala de tortura. Necesito aire, lejos de ahí, así que voy a la azotea, donde Magnus me esta esperando, con dos copas más, y de muy buen humor. —No estás a punto de destruir el mundo —dice, acercándose para entregarme una—. Eso es bueno, lo que significa que ya encontraste a tu… ¿cómo la llamaría? ¿Mujer? ¿Puta? —Kassandra—susurro, con una sonrisa dibujándose en mi rostro mientras alzo la vista al cielo, que esta noche parece más hermoso de lo normal. —Así que así se llama, un nombre bastante inusual. ¿Y ya sabes dónde vive? Mi sonrisa no desaparece, aunque la rabia me roza por dentro al recordar que no obtuve esa respuesta. Todo por mi desesperación, pero tiene solución. Siempre la hay. —Tengo el nombre de la otra mujer. Es solo cuestión de horas para que encuentre la ubicación de mi sirena escapista —alzo la copa—Y entonces la tendré en mis manos, Magnus ¿qué más da un poco más de tiempo? Mi amigo sonríe y choca su copa con la mía. —Por tu nueva… —se detiene, incapaz de encontrar la palabra adecuada. Ni él ni yo sabemos cómo llamarla aún. Tal vez, cuando la tenga frente a mí y la castigue por su osadía de escapar, lo sabré—… obsesión. Porque no le encuentro otro nombre, Sadrac. —Me gusta. ¿Por qué no? Kassandra es solo eso, una obsesión pasajera que se apagará en cuanto la tenga en mi cama y haga mi voluntad. Pero cuando obtengo la información sobre la tal Cassidy Sterling —una pista que me lleva directo a una universidad— y espero, paciente, dentro de mi auto, esa idea empieza a desvanecerse. —¿Doctora? —vuelvo a preguntar, sin apartar la mirada de la entrada. —Sí. Es una estudiante de traslado de la universidad de Nueva York, y llega con una de las mejores referencias —responde Teodor. Eso explica su inteligencia. Mi sirena no es ninguna tonta. —Kassandra Sterling no es como las mujeres que has conocido, Sadrac. En serio ¿por qué no dejas pasar lo de la camisa? Ya te lo pagó, ¿no? —¿De verdad crees que busco a esa mujer solo por una camisa, Teodor? No. Él sabe que no. Yo la quiero para… En ese momento, mis ojos se abren y el corazón se me acelera. Es ella. ¡Claro que es ella! Pero esa extraña satisfacción —esa especie de euforia que me había acompañado— se desvanece al verla. Lleva un short de mezclilla demasiado corto, un top que deja al descubierto su ombligo, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros y lo peor no es eso. Lo peor es su sonrisa. Esa que le dedica a los chicos con los que conversa, esa que solo debe ser para mí. —¡¿Cómo se atreve?! —gruño, saliendo del auto. —¿Qué? Espera, Sadrac… no… No escucho. Ya no hay nada que escuchar. Avanzo hacia ella, que aún ignora la presencia de su único hombre, porque no tendrá otro. Solo yo. Pero me detengo. Si me ve, correrá. Y estos jóvenes —especialmente las mujeres a las que ya he llamado la atención— no me dejarán actuar con libertad si la trato con brusquedad. Aprieto la mandíbula y maldigo en silencio el estar en un lugar público. Así que dejándome llevar por un instinto desconocido, la sigo, a cierta distancia, aunque por dentro me joda que siga sonriendo, que mueva esas caderas con descaro, llamando la atención de los hombres. —Maldita sea—murmuro entre dientes—. Eso se acabó. Ya no vas a usar esas ropas, sirena. Ya no. De pronto, entra a otro edificio, que supongo corresponde a otra de sus clases, y lo confirmo cuando una de las estudiantes me informa que es la facultad de medicina. Perfecto. —Señor Krausse, qué sorpresa, es un placer tenerlo aquí —dice el rector Gobbel, con ese tono adulador que suele fastidiarme, aunque ahora no le doy importancia— D-dígame, ¿en qué puedo servirle? Tomo asiento, observando su elegante y lujoso escritorio. Sin duda, fruto de las múltiples donaciones que he hecho. Después de todo, mi familia es accionista mayoritaria de esta universidad. Nunca creí que eso fuera realmente útil, pero para mi padre, mantener una imagen impecable y compasiva ante la sociedad —para ocultar nuestros verdaderos negocios, obviamente — siempre fue prioridad. Y sin embargo, hoy me beneficia. —Seré directo. No quiero cuestionamientos. —P-por supuesto —responde de inmediato—Dígame, ¿qué necesita? Lo que estoy a punto de pedir no es algo que hubiera pasado antes por mi cabeza. Pero, por alguna razón, quiero jugar el juego de mi sirena. —Quiero ser guardia de seguridad en su institución. Tal como imaginé, se queda inmóvil, confundido, como si no hubiera entendido lo que acaba de escuchar. —Pero nadie, absolutamente nadie, debe saber quién soy. ¿Entendió? El rector sigue petrificado, intentando articular palabra sin éxito. —Solo quiero… experimentar qué se siente. Nada en especial, Gobbel. Un capricho. —P-por supuesto, lo que usted diga, señor Krausse. Haré lo que usted diga —responde finalmente, juntando las manos, con una sonrisa forzada en los labios, como si hubiera logrado complacerme. Me pongo de pie, satisfecho, aunque ni yo mismo termino de comprender por qué estoy haciendo esto. —Ah, y una cosa más. —¡Por supuesto! Dígame, ¿en qué más puedo ayudarlo? Su actitud me resulta ya molesta, pero lo necesito para no levantar sospechas en Kassandra. —En la facultad de medicina, tercer año, quiero que la señorita Kassandra Sterling no tenga compañeros hombres. Ni doctores. ¿Entendió? Asiente, una vez más desconcertado. Sé que encontrará la manera. No me interesa cómo, pero a Kassandra, ningún hombre ni siquiera profesor, volverá a sonreírle. Sus sonrisas, y todo lo de ella, a partir de ahora, serán solo... para mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR