Te encontré.

3087 Palabras
Unos Meses Antes-Berlín-Alemania PVO Sadrac Krausse. Volver al país donde nací, donde crecí, donde convirtieron mi vida en un infierno, no es precisamente algo que me agrade. Y menos después de haber recorrido medio Europa cerrando negocios. Estoy agotado, cansado, y aún así, necesito distraerme, despejar la mente, aunque sea por unas horas, pero no tenía intención de hacerlo. Pero Ilenko, como siempre, se las arregló para meter a un par de putas en la mansión. Estaba a punto de mandarlas al diablo, sin paciencia para sus juegos baratos pero al ver a una de ellas, me detuve. Cabellera rojiza, larga, cayendo en ondas suaves sobre su espalda. Un cuerpo de curvas pronunciadas, imposible de ignorar. Pero no, no era ella. Le faltaba algo. Su esencia, su olor, y esa sonrisa de ángel que me desarmó la primera vez que la vi: Mi Sirena. La recuerdo con demasiada claridad. Fue hace unos meses, en una de las playas de Nueva York. Y desde entonces, no he podido sacarla de mi cabeza. A pesar de haber recorrido toda la ciudad, de haber movido contactos y contratado a los mejores investigadores, no logré dar con su identidad. Ni un nombre, ni un rastro, mucho menos una ubicación. Nada. Como si esa sirena hubiera existido solo para atormentarme y luego desaparecer. Y aunque no quería rendirme —porque yo no conozco el significado de esa palabra— tuve que hacerlo. A la fuerza. Teodor, mi mano derecha y en muchos sentidos, lo más cercano a un padre que he tenido, incluso llegó a preocuparse. Pensó que me estaba obsesionando con una mujer. Con una simple mujer. Algo que jamás había pasado. Y lo entendía. Ese tipo de sentimiento, no es algo que deba permitirme. No en mi mundo. Porque sentirse así es sinónimo de debilidad. Es abrir una grieta. Una puerta. Una oportunidad perfecta para que mis enemigos entren y me destruyan. Y yo, yo jamás permitiría algo así. —Estoy a su servicio, mi señor —dice y hasta su voz, su maldita voz, suena como la de ella. La imagino un instante, solo por este momento y me dejo arrastrar. Le hago una seña con el dedo, invitándola a acercarse, y ella obedece sin dudar. Han sido semanas largas, agotadoras. Demasiado cargadas de tensión como para seguir conteniéndome. Así que un poco de distracción, mezclada con deseo, no viene nada mal, y más si es con esta mujer. La pelirroja avanza con paso seguro, envuelta en un abrigo que oculta su cuerpo. Pero con cada paso, con cada movimiento, va desabrochándolo lentamente, como si supiera exactamente lo que hace. Como si disfrutara provocándome. Hasta que finalmente, lo deja caer y queda frente a mí, completamente desnuda. Sin nada que la cubra. Recostado en el sillón, la observo con detenimiento. Sí, es hermosa, y su parecido inquietante. Pero aun así, no es ella. No es mi sirena. "Quizás si funcioné y logre sacármela de la cabeza de una vez por todas" Pensé, pero de inmediato al verla de nuevo, la imaginé. ¡Diablos! Mientras me atormentaba, la puta se arrodillaba y con su sonrisa traviesa, lujuriosa y hambrienta, bajaba la cremallera de mis pantalones, dejando ver mi erección, listo para dárselo todo a mi sirena. Cierro los ojos, porque necesito seguir imaginándola, pensar que es ella a quien le dejo que me haga lo que sea que me esta haciendo la pelirroja, un delicioso oral que se nota tiene experiencia. Me dejo llevar, gozando del momento, de su boca, de sus lamidas. El momento fue perfecto, exquisito, pero necesitaba mas. Mi lado posesivo y exigente estaba despertando, y cuando eso pasa, ni yo mismo me reconozco. Me incorporo lentamente, y la observo un segundo más, como si quisiera convencerme de que realmente es ella, aunque sé que no lo es. Nunca lo será. Aun así, la tomo de los brazos y la obligo a ponerse de pie. Una Sirena no debería estar de rodillas. No ante nadie. Y esta mujer, aunque no lo fuera en realidad, en mi mente sí lo era. —Quiero chuparte esa vulva hasta hacerte correr. —Sí.—Respondió ella con un gemido erótico. La mujer se acomodó sin apartar sus ojos de los míos, una mirada cargada de ansiedad, de suplica de ser cogida con fuerza, como la puta que era, mientras la acomodaba sobre un escritorio y le abría las piernas para devorar sus jugos, hambriento, ávido, lujurioso. Le tenia ganas y nadie me detendría hasta saciarme y satisfacer mis bajos instintos con mi sirena. —Sí, sí.—Gritó de placer al sentir rozarle el orgasmo, presionando sus manos en mi cabeza, dándome mas acceso.—me gusta, me gusta.¡Ahhh! Ya estaba caliente, y no iba a resistir más. Enseguida, me coloqué el preservativo, y de un solo empujón me introduje por completo dentro de ella. La mujer gritaba extasiada y se agarraba de donde podía para resistir la voracidad de las embestidas que le daba y regresaba al monstruo del pasado que fui, que mis enemigos conocían muy bien. —Vamos Sirenita, dame tu orgasmo, vamos, no me niegues lo que es mío.—Ordené a viva voz sin dejar de embestirla. La mujer no resiste mucho y explota en un orgasmo intenso mientras seguía arremetiendo dentro de ella, sin dejar de acariciar esos hermosos cabellos rojizos que se habían vuelto mi obsesión. Minutos después, yo también alcanzo el orgasmo con una sonrisa de satisfacción, pero esto solo era para mi un calentamiento, después de todo esta mujer había despertado mi instinto salvaje, insaciable, que no basta con solo uno solo. Volví a repetir el acto una y otra vez, hasta que la pelirroja terminó completamente agotada, y el lugar, convertido en un desastre. El tiempo pasó sin que me diera cuenta. Cuando finalmente amaneció, la luz reveló lo que antes preferí ignorar. Su rostro. Ahora podía verlo con claridad. Y no, no se comparaba con el de ella. No era mi sirena. Ese pensamiento me golpeó de lleno y un vacío se abrió paso en mi pecho. Ya no era suficiente. No bastaba con imaginarla. No bastaba con engañar a mi mente, ni con saciar deseos pasajeros con alguien que apenas se le parecía. La necesitaba, la ella. Solo a ella. O de lo contrario terminaría perdiendo la razón. —Fuera —ordené, volviendo por completo a la realidad, mientras le extendía un cheque. Odiaba que Ilenko pagará por estos servicios, ya que después diría que le debo un favor, y yo, yo odio deberle favores a la gente, sobre todo a mi primo. —Si desea, puedo quedarme, papi—insiste, y su voz termina de romper cualquier ilusión. No, mi sirena jamás diría algo así—Incluso gratis puedo hacerle disfrutar lo que queda del día. Déjeme ayudarlo a relajarse, sé exactamente cómo hacerlo. Su mano se desliza con una caricia insinuante, como si supiera que puede llegar más lejos. Error. La detengo antes de que avance y sujeto su muñeca con firmeza, lo suficiente para marcar un límite. Y en ese instante, lo entiende. Yo no soy uno más. No soy ningún imbécil al que puede tocar cuando le plazca. —El juego se acabó puta, ahora sal de mi vista antes que sea yo quien lo haga. No aprieto su muñeca con fuerza, pero aun así se queja con un leve chillido. Retrocede de inmediato, asustada, cubriendo su desnudez mientras recoge apresurada su ropa del suelo, sin atreverse a mirarme otra vez. No dice nada. Ni una sola palabra. Y cuando finalmente sale, dando un fuerte portazo, me dejo caer sobre el sofá, exhalando con pesadez, mientras maldigo entre dientes. —Esto que me pasa, no puede continuar. Ya no más—murmuro, pasando ambas manos por mi cabello. Mi mirada se pierde en el suelo. Tengo que detener esto. Tengo que hacerlo. —Debo acelerar las cosas, regresar a Nueva York cuanto antes y encontrarla —añado en voz baja—o en serio voy a perder la razón. Después de darme una ducha fría y atender varios asuntos relacionados a mis negocios en el país, una llamada me entra, es un numero que no reconozco de inmediato, pero al contestar, logro reconocer la voz. —¿Magnus?¿Y ese milagro? —Digamos que estoy de pasada en tu ciudad, así que pensé en ti. Presiento que hay otra razón y esta es sola una estúpida excusa, además, su voz suena alegre, como si estuviera feliz. Y por lo que recuerdo él no es para nada así. —Yo ya ni me acordaba que existías.—Bromeo, aunque apuesto que me mandara a la mierda, no soporta las bromas. —Bueno, no te echo la culpa después de los negocios que has hecho en América a tu edad, felicitaciones.—Ahora si me perdí.—Así que me preguntaba si podemos tener una de esas conversaciones que teníamos hace años, como en los viejos tiempos. En ese momento entra Teodor, con esa paz que me exacerbaba, pero al escuchar el tono de voz de Magnus, eso empeoró. —Estaré en el restaurante del centro comercial, Kaufhaus des Westens, en el roof, en la zona que ya sabes. —Entiendo.—Miro mi reloj.—En una hora, estaré ahí. —De acuerdo.—Cuelga y suelto un suspiro. —Por lo visto vas a salir. —Sí, con Magnus Alberti.—Respondo guardando en la caja fuerte algunos documentos importantes.—Oye Teodor, ¿Qué sabes de él? Me pareció que fuera otra persona con la que hablé. —¿Como que no era él? —No sé, lo noté más...entusiasmado. —Quizás sea porque se casó y tiene un par de hijos.—Alzo una ceja, desconcertado. —¡¿Se casó?!.—Asiente con una sonrisa, y yo, me froto las sienes. Creo que he pasado demasiado tiempo absorto en los negocios y olvidándome un poco de la sociedad y su gente. —Por cierto, ¿Qué le hiciste a la mujer pelirroja? Ilenko dijo que …. —Me importa una mierda lo que haya dicho, y si se queja mándala a callar. Sabes muy bien como actúo yo. Teodor suelta una extraña risita que me irrita, pero que no indago mas allá. No me interesa. —Solo iba a decirte que la mujer se ofreció para una próxima...invitación, nada más. ¿O hiciste algo indebido? No respondo. Guardo una pistola y pido un grupo de seguridad, pero de los sigilosos, lo que menos quiero, es llamar la atención. Al menos en esta tarde, quiero algo de paz después de toda esta mierda que estoy haciendo desde que regresé. Tomo el auto mas simple que tengo de la basta colección de mi garaje, y me dirijo al centro comercial, el mas lujoso de la ciudad y donde tengo un trato especial porque soy accionista en esa cadena de lujosos restaurantes. Al llegar, es el mismo jefe quien me recibe y lleva a la sala privada, donde Magnus ya me esperaba con una taza de café en sus manos. —2 minutos tardes, Sadrac. —Disculpa, digamos, que había un poco de trafico para subir por el ascensor, pero aquí estoy.—Observo ese anillo en su dedo. Así que sí se caso el muy hijo de puta. —Felicidades, ya oíste que te casaste de nuevo con la misma mujer y tienes una familia, ¿Gemelos? Magnus sonríe. No responde, pero sé que es un sí obvio. —Supongo que se perdió tu invitación en mi buzón, porque no me llegó. Tomo asiento y pido lo mismo que él, mientras desde la zona privilegiada en la que estamos, observábamos todo el amplio patio del centro comercial. —No, no se perdió, es solo que viajas por todos lados que no sabía a donde enviarte la invitación , así que para no hacerme problemas, no te envié nada. Desgraciado, al menos debía mentir. —Entiendo. —¿Y que hay de tu vida?¿Sigues los pasos de tu padre?¿O has ablandado tu corazón? Entran justamente con mi pedido. Hago silencio, ya que la que entra es una mujer con un aroma particular, parecido al de mi Sirena, pero sus cabellos no. La observo, con detenimiento, mientras deja casi temblando la taza y unos aperitivos que no he pedido. Cuando se retira, Magnus suelta una pequeña risita, que ignoro. —Siempre has llamado la atención chico, pero, ¿Tu observando a una mujer desconocida? Eso es raro, un acontecimiento.—Se burla. —Solo fue un olor el que llamó mi atención. —¿Un olor femenino, por si acaso?.—Perspicaz como siempre, observador nato.—Sí, es de una mujer, ¿Acaso por fin el monstruo alemán tiene una debilidad? Esbozo una sonrisa y finjo que no escuché eso. Tomo mi taza y doy un sorbo. —Mi única debilidad era Sofia, pero ella ya no existe.—Mi expresión se va ensombreciendo, Magnus lo nota y finge dar un sorbo a su taza.—Yo no tengo debilidades, Magnus, creo que lo has olvidado. Me conoces, de niño. Suelta un ligero asentimiento, pero no lo siento tan honesto. —Veo que aún guardas rencor en tu corazón por la muerte de la princesa Sofía, aunque no te culpo, yo estaría igual que tú, si alguien me arrebatara a mi hermana de mi lado. Hay un silencio, uno necesario para calmar ese recuerdo que solo me hace sentir que de nuevo caigo a ese infierno. —¿Y por fin diste con el paradero de Máximo Anisimova y los Baltazar? Ellos son los culpables que la embarcación donde estaba tu hermana y prometida explotara no? Aprieto la taza, lo suficiente para que me tiemble la mano. —Baltazar ya esta en el infierno, aunque él juró que fue un accidente hasta el final, quizás una trampa, nunca aceptó que sus hombres y los de Máximo hicieran explotar ese barco.—Respondo con voz seca—En cuanto a ese zorro, es astuto, se esconde entre Rusia y otros países, sus nietos lo tienen bien oculto. —Ah, cierto, Apolo Kingston, su heredero, algo escuché pero estaba muy ocupado en mis asuntos.—Murmura.—¿Y porque no lo tomas de rehén y te desquitas con él, estoy seguro que Máximo saldrá en defensa de su nieto, y ahí tendrás tu premio. —No es tan fácil.—Gruño. Recordando que los nietos de Máximo tienen la protección de una de las familias mas poderosas en el mercado internacional, además de reconocidas, por eso no hago un movimiento. —Pero ya encontraré la manera de tenerlo en mi poder y cuando eso pase, haré que pague con sangre. Magnus continua con su taza, ocultando su expresión. —Bien, eres listo, astuto, confío en que lo lograras.—Su voz suena mas calmada.—¿Y que hay de Anastasia, tu prometida?¿Y despertó del coma? Es cierto, la había olvidado. —Ya no es mi prometida, y la ultima vez que supe de ella, estaba igual, estable, fuera de peligro. Pero ahora que me has hecho acordar, le daré una visita mañana. Acabo de llegar y he tenido bastante trabajo. —Ajá, trabajando.—De nuevo esa sonrisa, y también de nuevo, la misma azafata, que entra con otras tazas de café para ambos. —Mucha observación sobre esa chica, Sadrac. —¿Y que tiene?¿No puedo? —No.—Responde mirando hacia el patio del centro comercial.—Yo no he dicho nada, pero pensé, quizás hay alguien y esa chica te la recuerda por su olor. —¿Y si es así? Si existe la mujer que dices, ¿Crees que estaría aquí?¿En este centro comercial?.—Ahora soy yo quien se burla. Sonrío, doy un sorbo a mi café y sigo la dirección de la mirada de Magnus. Y entonces, todo se detiene. Mis ojos se abren, incrédulos, negándose a aceptar lo que ven. Porque es imposible. Simplemente imposible. Pero no. No lo es. Me levanto de golpe, ignorando cualquier cosa que ocurra a mi alrededor, y fijo la vista en un par de mujeres que conversan, cargando bolsas de compras. No tendría nada de especial si no fuera por una de ellas. Cabello rojizo, el mismo tono. El mismo que no he podido olvidar. —¿Sadrac? La voz de Magnus se pierde en el aire. No lo escucho. No me importa. Mis pies se mueven solos, como si tuvieran vida propia. Salgo del restaurante sin pensar, corriendo como si mi vida dependiera de ello. Porque, en cierto modo, así es. Sé que es absurdo. Que las probabilidades son mínimas. Pero algo en mi pecho, algo más fuerte que la razón, me grita que es ella, mi sirena. Al salir, la busco con la mirada, desesperado y la encuentro. No está lejos, pero entonces ella también corre, en dirección contraria. Hacia las escaleras. Si tengo suerte, nos cruzaremos. O eso creo. La pelirroja —que aún no logro distinguir su rostro con claridad— se lanza de pronto hacia una pareja que discute. Intenta intervenir, defender a la otra dama, forcejea, lucha, pero el hombre claramente más fuerte, la empuja con brutalidad y cae al suelo. —Maldición. Salto la baranda sin pensar, acortando distancia como puedo. Pero lo que ocurre después, me deja sin aliento. Ella se levanta, rápida, decidida. Y sin dudarlo, se lanza hacia el brazo del hombre y lo muerde con fuerza. En medio de los gritos de auxilio de la otra mujer. Salvaje, impulsiva, valiente. Mi pulso se acelera. Sí, tiene que ser ella. Tiene que serlo. Pero la certeza se ve eclipsada por algo más inmediato. El hombre levanta la mano, dispuesto a golpearla. No, eso no. En un segundo estoy ahí, no sé como, y lo sujeto de su muñeca antes de que pueda bajarlo. Se detiene en seco, sorprendido, y me lanza una mirada desafiante. Su peor error, y el último. Porque entonces la veo. Ahí, en el suelo. Mirándome con desconcierto. Y ya no hay dudas. Es ella, mi sirena. «Te encontré, sirenita, te encontré.» Una sonrisa se forma en mis labios. Pero desaparece casi al instante al recordar que ese malnacido la empujó. Mi mirada se oscurece y una rabia que no sé de dónde me nace, me consume sin control. Este tipo... ya está muerto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR