Capítulo 1
CAT
La estridencia de la música parecía ser capaz de reventar mis oídos en cualquier momento, mientras que una cantidad desmesurada de jóvenes bailaban, gritaban y saltaban alrededor de la pista, siendo arropados por las luces intermitentes de la discoteca y con sus estómagos repletos de alcohol.
«Y, ¿la verdad? Yo estaba impresionada.»
Era mi cumpleaños número dieciocho y decidí que quería celebrarlo en un club nocturno, ya que nunca había ido a uno. También estábamos muy cerca de Navidad y eso significaba que todos querían beber cuanto fuera posible. Así que, era más difícil encontrar entradas, cuando los lugares estaban tan llenos, como en ese momento.
Pero Landon, mi mejor amigo, se encargó de que yo tuviera el cumpleaños de mis sueños. El verano pasado había trabajado paseando los perros de un pequeño llamado John. Sí, hasta ahí, nada interesante. Lo interesante comenzaba en el momento en el que descubrió que el padre de John era uno de los guardias de Natt, el club. Así fue como, con un par de favores, pudimos entrar sin hacer fila.
—¡¿Es como imaginabas?! —preguntó Landon, quien estaba sentado junto a mí. Tenía que alzar la voz para que pudiera escucharlo—, ¡¿o mejor?!
Cuando separó su boca de mi oreja, me incliné hacia atrás y levanté una ceja, dándole una sonrisa acusadora.
—¡Lo dices como si fueras todo un experto en clubes nocturnos! —Le di un golpecito en el hombro, haciéndolo reír—. ¡Fuiste a uno solo una vez y eso porque Jacob se estaba cayendo de borracho y tenías que llevarlo a casa!
Landon se echó a reír por mis acusaciones y yo negué con la cabeza, sin poder separar la mirada de él. Me gustaba mucho su risa, era contagiosa, pero lo extraño era que nunca me hacía reír también cuando lo hacía, porque me quedaba mirándolo; como en ese momento.
Jacob era el hermano mayor de Landon, estaba en su primer año de universidad y, como tal, comenzaba a experimentar de todo un poco. Y Landon había cumplido la mayoría de edad en septiembre. Por eso pudo entrar a un club antes que yo, pero no lo hizo para llenarse el estómago de licor y bailar hasta que se le desgastaran las piernas, sino para sacar a rastras a su hermano ebrio.
«Pobre chico.»
—A veces olvido que eres muy malvada —Frunció el ceño, provocando que pequeñas líneas se hundieran en medio de su frente. Ahora estaba cruzado de brazos, fingiendo estar enojado—. Dime una cosa, ¿ahora que eres mayor, te volverás aún más terrorífica?
—Mh, no querrás verme en Halloween.
Landon sonrió. Se formaban hoyuelos en sus mejillas cuando lo hacía.
En general, era alguien que siempre estaba sonriendo, haciendo chistes o intentando sacar algo positivo de las situaciones. Yo solía tener más momentos de nube gris, en los que el pesimismo me ganaba y pensaba que todo saldría mal. Pero Landon siempre estaba ahí, para hacerme tener una mejor perspectiva de las cosas, o para darme un pañuelo cuando ni todo el optimismo del mundo lograba que parara de llorar.
Eso último era, especialmente, una vez al mes.
Lo conocía desde que estábamos en primer año de primaria. Era mi mejor amigo de toda la vida y lo quería como a pocas personas. Si algo salía bien, al primero al que llamaba era a Landon. Si algo salía mal, al primero que llamaba era a Landon. Si estaba aburrida… Sí, llamaba a Landon.
Su presencia era demasiado importante en mi vida, no podía imaginarme los días sin él.
Era, realmente, el mejor de los amigos.
—No hemos llegado ni a Navidad y ya tú estás en Halloween —bromeó, dándole un trago a su cerveza—. Vaya que quieres crecer rápido, Kitty.
Esta vez, fui yo quien ciñó la frente. Kitty era el apodo que Landon eligió para mí desde que nos conocimos, porque Cat significaba «gato» en inglés y Kitty significaba «gatito». Era gracioso para él, pero a mí me hacía sentir como un peluche al que le ponían baterías y decía frases cursis cuando se le presionaba un botón.
—Para tu información, me esperan cosas muy buenas… —Una pausa, en la que mantuve mi boca abierta, buscando una palabra, sin éxito. Y mientras yo no encontraba nada, la sonrisa burlona en los labios de Landon tan solo se hacía más grande—, pesado —culminé, dándome por vencida.
Desde que Landon eligió Kitty como un apodo para mí, había estado intentando encontrar algún apodo para él. Pero mi cerebro no era tan audaz como el suyo. Quería hallar algo que fuera un buen juego de palabras, así como él lo había hecho conmigo. Sim embargo, no se me ocurría nada. Pensaba en su cabello castaño, que siempre estaba despeinado, los hoyuelos en sus mejillas y sus ojos tan azules como el océano, pero no encontraba una palabra correcta para describirlo.
—¿Pesado? —repitió él, burlesco, llevándose las manos al abdomen—. Pero si solo comí dos slices de pizza.
Volví a juntar las cejas, mirándolo con obstinación, mientras él me devolvía una de sus sonrisotas. Pero cuando estuve a punto de responderle a su comentario, mis ojos se desviaron hacia la pista.
Y, entonces, lo vi.
De un metro ochenta, con el cabello color caramelo, peinado sin mucho cuidado sobre su coronilla y más corto en los costados. Espalda ancha, caderas estrechas y una camiseta de algodón que se ajustaba especialmente en sus trabajados bíceps. Llevaba pantalones negros y botas de cuero, destacaba entre el resto, luciendo frío, pero a la vez, atrayente; enigmático… Divino, ¡precioso!
Nicholas Green. O, simplemente, Nick; como solían llamarlo sus amigos.
—Es él —susurré, perdiendo el aliento.
A pesar de que lo dije tan bajo, Landon me escuchó. Vi de soslayo que volteaba a la pista. Podía imaginar su cara de confusión.
—Ah, ya entiendo —pronunció las palabras alargando las sílabas—. El amor de tu vida, el futuro padre de tus hijos, con quien tendrás una casa en la playa y un perro.
Me reí avergonzada por sus tonterías y volví a mirarlo, mientras Landon me devolvía una sonrisa.
—Hoy luce mejor que siempre —Mordí mi labio inferior, antes de tomar un gran, gran, suspiro. Entonces, recargué la espalda de mi asiento—. Voy a fantasear con que se arregló para mí, porque sabe que es mi cumpleaños y secretamente está obsesionado conmigo, aunque finja ante todos que no tiene ningún interés en mí. Su celular está lleno de fotos mías y escribe mi nombre en la última página de su cuaderno de historia, lleno de muchos corazoncitos.
A mi lado, Landon estalló en carcajadas y volteé a mirarlo. «Qué agradable era eso.»
—Acabas de describir a un psicópata —Me apuntó con el dedo—. En serio, Kitty, tu idea de romanticismo se asemeja más a un thriller basado en hechos reales, contando la vida de un loco —Abrí la boca para responderle, pero él alzó un dedo en el aire, deteniéndome—. Además, nadie en estos días escribe el nombre de la persona que le gusta en la última página de su cuaderno.
—Yo lo hago —Me quejé, cruzándome de brazos.
—Eso es porque llevas enamorada de él desde primero de secundaria, pero no has hecho nada para acercarte —aseguró—. Mientras sigas llenando páginas con su nombre, nada va a pasar, Cat.
Mh, Cat. Landon solo me llamaba por mi nombre cuando me daba un consejo, como en ese momento. Se ponía en su papel de consejero escolar y a veces era irritante. Especialmente porque él, menos que nadie, tenía moral para hablar del tema.
—¿Como tú? Llevas babeando por Marilyn el mismo tiempo que yo escribiendo el nombre de Nick en mis libretas. O, ¿ya se te olvidó? —Crucé los brazos sobre mi pecho.
Incluso bajo la poca iluminación del lugar, pude ver cómo sus mejillas se sonrojaban, aunque intentó quitarle importancia y volvió a tomar su cerveza de la mesa, para darle un trago.
—Son cosas diferentes.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué? —insistí.
—Marilyn está totalmente fuera de mi alcance —afirmó, volviendo a mirarme—. Por Dios, su papá es dueño de una constructora, su mamá da el reporte en el noticiero por la mañana. Teniendo a tantos pretendientes adinerados como ella, ¿por qué se fijaría en un ciudadano promedio, como yo?
Landon decía esas palabras porque él estudiaba en nuestra escuela, gracias a una beca. Era una de las más caras, sus padres no podían costearla, pero eso le daba más mérito; él no estaba ahí porque le hubiesen dado nada. Por el contrario, se lo había ganado con su esfuerzo.
—Oye, no digas eso —Me incorporé y subí una rodilla a mi asiento, girándome por completo hacia él—. No hables así de ti, me dan ganas de golpearte.
Landon sonrió cansado y arrastró la mirada de vuelta hacia la mesa.
—Solo dije la verdad.
—Si los padres de Marilyn no estuvieran nadando en billetes, ella también sería una ciudadana promedio. Y… Es solo un ser humano, ¿sí? No es como que tenga pestañas de oro, o huesos de diamante —manifesté, dándole una mirada segura—. Y, aunque los tuviera, cualquier chica que te conozca podría enamorarse de ti. Vamos, eres inteligente, te va bien en los deportes, haces reír a todos y siempre sabes que decir. Hasta eres un bendito genio en matemáticas. ¿Sabes cuántos sufrimos cada vez que vemos números? —cuestioné, esta vez, haciéndolo reír; aunque con mucho menos ánimo que antes. Él volvió a bajar la mirada—. Eres increíble, no pienses lo contrario.
—Sigue estando fuera de mi alcance —murmuró él.
—Porque no te conoce más allá de ser su compañero de clases —aseguré—. Si lo hiciera, créeme, ya estaría más que enamorada de ti.
Landon sonrió débilmente, mientras muy apenas fruncía el ceño. Entonces, volvió a mirarme.
—Es curioso que lo digas —admitió—. Tú eres la única chica que me conoce, realmente, y estás enamorada de él —Hizo un gesto con la cabeza, señalando a Nick.
Presioné los labios en una línea recta, mirándolo con cansancio.
—Es muy diferente. Tú eres mi mejor amigo.
Otra apagada sonrisa se dibujó en los labios de Landon y él volvió a bajar la mirada. Por algunos instantes, ninguna palabra salió de su boca. Observó la cerveza, como si hubiera algo interesante en ella, después le dejó sobre la mesa.
—¿Sabes qué? Esta conversación es muy aburrida para un día como hoy. ¡Es tu cumpleaños! —exclamó, volviendo a animarse—. ¿Qué diablos hacemos aquí sentados? Ven, vamos a bailar.
Y, ni siquiera esperó a que yo agregara algo más. Landon me tomó de la mano y me llevó a la pista, corriendo y haciéndome reír. Ahí, la música sonaba aún más fuerte y entre tantas personas moviéndose, era difícil no contagiarse de tan alocado ambiente.
Pronto, el resto del mundo se me olvidó y comencé a mover mi cuerpo al ritmo de la música, o quizá hacia todos lados, no me importaba. Landon también lo hacía. Quizá lucíamos ridículos los dos, pero éramos buenos haciendo el ridículo juntos.
Mis pies se despegaban del suelo cuando daba saltitos, mi cabeza se movía a todos lados y bajo las luces azules y rosas intermitentes, podía ver las caras graciosas que Landon hacía cuando bailaba. En ese mismo momento, nada más importaba que lo bien que me lo estaba pasando. Y así era siempre con él.
—¿Ya se bañaron, gente? —preguntó el DJ—. ¡Porque aquí viene la espuma!
Dejé de saltar en ese momento y miré confundida a Landon.
—¿Qué? ¿Espuma? —pregunté.
Él leyó mis labios y asintió, sonriendo.
Entonces, del techo comenzó a caer espuma, inundando el lugar; creando nubes sobre nuestras cabezas y nuestra ropa. Me empecé a reír por la sorpresa y porque vaya que seguía siendo una chiquilla que sabía muy poco del mundo, que se sorprendía con cosas simples, como esa.
—¡Ten cuidado! ¡No te vayas a resbalar! —Apenas escuché su voz.
Mis mejillas se abultaron, cuando le di una sonrisa astuta.
—¡No lo haré, si eres tú quien me carga!
Dicho esto, lo rodeé para subirme a su espalda y él reaccionó de inmediato, cargándome de a caballito. Volví a reírme por lo rápido que era, «no mentí cuando dije que tenía condición física». Él se estaba riendo también, pero me sostuvo con firmeza y yo rodeé su cuerpo con mis brazos. Entonces, comenzó a dar vueltas, mientras bailaba conmigo encima.
—¡Landon! —chillé—. ¡Te vas a resbalar y nos vamos a matar!
—¡Oí que San Pedro da descuentos en el cielo para los que llegan a los dieciocho!
Volví a reírme.
«Idiota.»
Estaba feliz, demasiado feliz. Aquel estaba siendo uno de mis mejores cumpleaños. Todo lo que quería era hacer algo nuevo y que él estuviera conmigo. Y lo había cumplido.
[…]
—Diablos, las tres de la mañana —murmuré, cuando vi la hora en mi teléfono.
—Tranquila, tu mamá te dio toda la noche libre —dijo Landon, a mi lado.
Habíamos salido del club y estábamos caminando por la avenida, que, en aquel momento, estaba prácticamente desolada. El auto de Landon estaba en el taller, así que no teníamos otra opción que irnos a pie. La buena noticia era que su casa y la mía estaban juntas. Así fue como lo conocí; sus padres se mudaron al lado cuando éramos niños, nos veíamos por el jardín, pero ninguno de los dos atrevía a hablarse, hasta que él rompió el hielo, el primer día de clases.
—Sí, pero ya es de madrugada —Le recordé.
—Bueno, algunas personas nos referimos también a la madrugada cuando decimos «toda la noche».
—Pero nada me asegura que mi mamá esté incluida en el grupo de esas «algunas personas» —pronuncié las últimas palabras como él lo había hecho antes.
Pero mientras que yo estaba a punto de ponerme histérica, Landon sonrió.
—No vas a disgustarte, acabas de celebrar tu cumpleaños y estamos en la etapa de post-celebración.
Lo miré, ceñuda.
—¿Qué se supone que significa eso?
Landon dejó de caminar y, por tanto, yo me detuve también. Sus ojos azules se desviaron hacia uno de nuestros costados. La playa estaba solo a unos pocos metros de distancia. Una idea pareció cruzar su mente y pronto la llevó a cabo.
—Significa, que es momento de sentarnos a descansar y hablar tonterías hasta que amanezca —Tomó mi mano, antes de empezar a correr.
Parecía tener la mala costumbre de hacer eso, pero yo no podía enojarme con él. Siempre lograba sacarme una sonrisa con sus locos impulsos.
Cruzamos los dos sentidos de la avenida y todavía corriendo, bajamos la acera hasta que dejamos el asfalto atrás y avanzamos sobre la arena. Nos detuvimos varios metros más adelante, entonces nos sentamos en el piso. Estaba oscuro y apenas se veía el mar. También hacía un frío tremendo, sin mencionar que estábamos parcialmente mojados por la espuma del club y yo tenía el cabello sumamente erizado.
Ante ese hecho, Landon se quitó su chaqueta y la colocó sobre mis hombros, mientras yo me abrazaba a mí misma.
—Estás un poquito loco —acusé—. ¿Ya te lo habían dicho?
—Solo tú —respondió, sonriendo—. Por eso lo tomo como un halago.
Negué con la cabeza, mirándolo con esa obstinación que era completamente artificial, pues en mis labios estaba pintada una sonrisa. Entonces, dirigí la mirada al océano. Aunque no pudiera verse mucho de él, era agradable escuchar el sonido de la marea.
—Oye, Kitty —murmuró él, luego de un tiempo.
—¿Mh?
—Gracias por lo que dijiste hace un rato.
Con eso, consiguió que volviera a mirarlo. Sus labios estaban curvados en una sonrisa casi impalpable, pero que logré percibir.
—No dije nada que no sea verdad.
—Pero lo hiciste —insistió—. Y el que seas tú quien lo dice, lo hace genial.
Mis labios volvieron a presionarse por una sonrisa, mientras ceñía la frente.
—Ahora que soy mayor, ¿te estás poniendo sentimental? —jugueteé.
—Tal vez no es tan fácil darme cuenta de que ya no eres esa niña de dientes separados, a la que se le pegó el chicle en el pelo cuando jugábamos a las escondidas —murmuró.
Arrugué la nariz, avergonzada por ese recuerdo. Landon había estado presente en la mayoría de mis más bochornosos momentos. Incluso, a veces sentía que me conocía mejor, de lo que me conocía yo misma.
—Gracias por recordármelo.
—Siempre a tu disposición, Kitty —contestó, desencajando la mandíbula.
Chasqueé la lengua y rodé los ojos, pero después volví a enfocar mis ojos en él; dándole una mirada profunda e incisiva, que hizo que él, en cambio, me ofreciera una sonrisa confundida.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Cuándo vas decirle a Marilyn lo que sientes por ella?
El castaño humedeció sus labios y soltó un corto bufido, bajando la mirada hasta sus manos.
—Para decirle lo que siento, primero tendría que acercarme a ella, que me conozca, yo le agrade y ver si existe alguna mínima oportunidad —contestó.
—Bien —Asentí—. Entonces, ¿cuándo te vas a acercar a ella? —corregí mi anterior pregunta.
Landon alzó la mirada hacia mí, guardando silencio por algunos instantes.
—¿Cuándo te vas a acercar tú a Nick?
Entrecerré los párpados.
—Cuando tú te acerques a Marilyn.
El chico de ojos azules levantó una ceja.
—¿Eso es un reto?
—Es una propuesta —establecí. No sabía si era el alcohol en mi sangre, el hecho de sentirme mayor o todas las emociones que había experimentado en las últimas horas, pero me sentía audaz—. Nos quedan seis meses para graduarnos e ir a la universidad. Cuando eso suceda, probablemente, ni tú ni yo volveremos a ver a Marilyn y a Nick. ¿Realmente, nos iremos de aquí con esa duda?
Landon ladeó el rostro, mirándome con cierta vacilación.
—¿A qué te refieres, exactamente?
—A que dejemos de ser los que siempre se quedan en la banca y seamos valientes —exclamé, apoyando mis manos en la arena, para girarme por completo hacia él—. Regresamos a clases en tres semanas y podemos hacer que esta vez sea diferente, si nos atrevemos a acercarnos a las personas que nos gustan.
—¿Hablas de los dos? —cuestionó, señalándome con el dedo índice a sí mismo y después a mí—. Quiero decir, ¿que les hablemos?
Moví la cabeza en un asentimiento.
—Dejemos el miedo atrás e intentémoslo —propuse—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
—Que nos rechacen —contestó Landon, como si fuera obvio—. Bueno, que a mí me rechacen. A ti nadie podría decirte que no.
—Vuelve a dirigirte a ti mismo de esa forma y te prometo que te haré tragar arena.
—Pensándolo bien, no me gusta la arena en mi estómago —reflexionó él.
Incliné el rostro, mirándolo con cansancio.
—¿Esa es tu forma de decir que sí?
Landon se rascó la cabeza, dudoso.
—¿Qué pasa si sale mal?
—Estaremos ahí el uno para el otro, al igual que siempre —prometí.
El castaño se quedó ensimismado, tan solo mirándome. A veces me daban ganas de entrar en esa cabezota suya y saber qué era lo que estaba pensando, cuando me miraba de esa forma.
—De acuerdo —aceptó, entonces—. Es un trato.
Mis labios se curvaron en una sonrisa. Ahora me sentía emocionada, también aterrada, pero expectante.
—¿Iniciamos el primer día de clases?
—Iniciamos el primer día de clases —respondió él.
Y para sellar nuestro trato, como lo hacíamos cuando éramos niños, levanté mi mano derecha y él hizo lo mismo con su izquierda. Entonces, entrelazamos nuestros dedos.
—¿Siempre amigos?
—Siempre amigos —prometió.