—Mamá, ¿puedo poner la estrella en la punta? —preguntó Daniel, mirando la gran estrella dorada que descansaba en una caja. —Todavía no, hijo. Primero tenemos que terminar con las luces y las esferas de abajo —respondió Sam. —Pero yo quiero hacerlo —insistió, cruzando los brazos. —Daniel, tranquilo. Alguien tiene que ayudarte a subir la escalera, y eso será cuando terminemos lo demás —intervine, tratando de calmarlo. Sam me lanzó una mirada de agradecimiento mientras Daniel resoplaba, aunque finalmente accedió. La decoración continuó entre risas y pequeños desastres. En un momento, Carlo tropezó con una caja vacía y casi derriba una parte del árbol, pero Casy lo atrapó justo a tiempo. —¡Carlo! Eres un terremoto —le dijo, aliviada. —No fue mi culpa. La caja se puso en mi camino —respo

