Regresar de Egipto fue un respiro que apenas pude saborear antes de que la vorágine de las fiestas navideñas me envolviera. No habían pasado más de dos días cuando mamá ya tenía una lista interminable de cosas por hacer. Me miró esa mañana desde el umbral de la cocina con una sonrisa que escondía una orden implícita. Yo la conocía bien. Sabía que no habría escapatoria. —Merari, hija, necesito que vengas a la mansión esta tarde. Vamos a planear la cena de Navidad —dijo mientras me pasaba una taza de café. Suspiré. Desde que regresamos, apenas había tenido tiempo para mí. Pero ahí estaba, el tono de mamá que no permitía objeciones. Y, por supuesto, sabía que no estaría sola. La "convocatoria navideña", como la llamábamos en broma, incluía siempre a mis cuñadas, Sam y Casy. Lo que prometía

