Darío siempre fue un hombre fuerte, decidido y profundamente amoroso con sus hijos. Pero con los años, su forma de demostrar ese amor se volvió más evidente en su necesidad de protegerlos de todo, incluso de cosas que no necesariamente representaban un peligro. Recuerdo una tarde en la que Mildred insistía en salir con sus amigos a un parque cercano. —Papá, ya no soy una bebé. Solo quiero ir a jugar con mis amigas. Estaremos juntas todo el tiempo, y la mamá de Sofía nos recogerá después —decía con ese tono persistente que sabía usar para convencer. Darío, sentado en la mesa del comedor con los brazos cruzados, la miraba con una expresión seria. —No estoy seguro, Mildred. No me gusta la idea de que estés fuera de casa sin uno de nosotros cerca. —Pero, papá… —intentó argumentar, pe

