-¿En qué mierda estabas pensando, Natalia Mendez, podrías decirmelo ahora mismo? - ese fue su dulce saludo cuando cerré la puerta a mis espaldas, lo miré con los ojos entrecerrados sin despegarme de la pared- Ven aquí- ordenó y caminé con paso arrastrado hacia la cama que lucía más pequeña de lo que era abarcando a ese enojado hombre de ojos hermosos. Me paré junto a él, estaba acostado, supongo que no podía moverse aún. Su mirada viajaba entre mi rostro, mi vientre abultado y mi brazo forrado, y no sé si se veía feliz, aliviado o furioso. Pero decidí correr el riesgo y acerqué con cuidado de no forzar mi hombro, mi rostro al suyo, besando con delicadeza sus labios y contenta al sentir satisfecha de que me respondiera como debía. Malor era mi pilar y juro que nada me daba más paz que estar

