El frío del agua del río le caló hasta los huesos, pero Mía no se detuvo. Jack la sostenía de un brazo mientras cargaba a Marie con el otro, moviéndose con la agilidad de quien ha nacido para huir de la muerte. Detrás, el estruendo de la batalla comenzó a desvanecerse, sustituido por el silbido del viento entre los pinos y el eco de las sirenas que ahora coronaban la colina. —No te detengas, Mía —jadeó Jack, su voz era apenas un hilo—. Si perdemos el ritmo, los drones térmicos nos detectarán antes de llegar al punto de extracción —Jack no sabía si era la adrenalina en su cuerpo o el miedo de que los encontrarán, pero no sentía el cansancio no aun. Mía apretó la llave de plata contra su pecho hasta que el metal le lastimó la piel. El dolor físico era un ancla necesaria. Se obligó a ignor

