El silencio que siguió a las palabras de Erick fue más pesado que el estruendo de los disparos previos. Mía bajó lentamente el arma, pero sus dedos seguían aferrados a la culata como si fuera su único anclaje a la realidad. —¿Sola? —susurró Mía, y la palabra sonó como una sentencia. Erick asintió, su rostro era una máscara de determinación suicida. Sabía que mientras él estuviera a su lado, Mía sería un blanco. Él era el imán que atraía todas las balas del inframundo. —Jack tiene las coordenadas de una pista privada a veinte kilómetros de aquí —explicó Erick, hablando rápido mientras se arrodillaba para ayudar a Marie a levantarse, ignorando el odio en los ojos de su cuñada—. Hay un médico esperándote en el avión. Te llevarán a una de las islas del sur, un lugar que ni siquiera el Diabl

