Mi hermano duerme, no puedo evitar sentir miedo ante su arrebato. Ese desgraciado que lastimó a Cat puede hacer mucho daño si muere, aunque no se encuentre en estado crítico, Nick ha sido benevolente con él y eso es mucho, viniendo de un chico mala conducta como Nickolas Hudson. La bala atravesó el hombro, a Dios gracias parece una bestia llena de musculo porque de haber sido yo… las cosa habrían sido distintas.
No dejo de pensar en Caterina, ella no se merece esto, su familia no está a su favor y mi padre se encuentra dispuesto a mover todo lo que haga falta para que se quede con nosotros. Yo estoy de acuerdo, la amo y no quiero que vuelva a ese infierno.
— ¡Uy hermanito tienes cara de filósofo! – Sonrío — ¡me asustas! ¿Sabes? – su sonrisa es amplia y no puedo contener la mía, niego riendo con él.
— ¡Mejor filosofía que puro músculo! ¿Eh grandulón? – chasquea la lengua.
— Te encuentras frente a ciento veinte kilos de inteligencia muscular – mueve las cejas de manera traviesa.
— ¡Ah! ¿En serio? – Digo señalando la herida de bala en su hombro izquierdo — Erudito y visceral ¡oh si, todo un derroche de inteligencia! – me burlo.
— Eso es temperamento y no tiene que ver con el tema ¡son emociones! – se defiende sabiondo.
— ¡Idiota! – ambos nos carcajeamos.
— ¿Cómo está? – pregunta por Caterina.
— Dolida, rabiosa, enojada – me encojo de hombros y suspiro entrecortado — avergonzada – Nick cierra los ojos y aprieta la mandíbula.
— ¡No lo entiendo! ¿Cómo no la protegieron de ese monstruo? – dejo mi vista baja, esto va a ser difícil.
Nickolas Hudson.
El proceso legal para ganar la tutoría de la Pequeña Cat se inicia al instante de salir de alta del hospital. Con catorce años ya ha tenido que vivir un infierno, eso me empuja un poco más a protegerla, a cuidarla. Mi hermano comienza con mi padre a investigar acerca de ello junto a Marck, mi tío no guarda expectativas aunque a diez días de lo ocurrido ni siquiera han preguntado por ella. Adriano ya se encuentra fuera de peligro y mi madre dice que lleva un brazo escayolado y un millar de moratones en la cara, cortes en ambos pómulos y en la ceja izquierda. Decir que no me importa es mentira, fui dispuesto a matarlo, nunca había sentido un arrebato de ira así de intenso, lo que nos salvó a ambos fue ese disparo.
Hoy es sábado y se encuentra todavía en la habitación de d**k, no desea salir. Está enojada y confundida, solo cruza palabra con él y a mí solo me dirige miradas. Me siento celoso de que solo le hable a mi hermano, soy demasiado territorial y si me ignora, me indigno. Pero decido esperar, asomo la cabeza y se encuentra recostada al cabecero de la cama, con la mirada perdida en un punto entre el escritorio de mi hermano y el diploma de buena conducta que a mí nunca me dieron en la escuela. Observo sus rasgos: son finos y delicados, muy italianos, muy suaves, hermosos. Toda ella es hermosa. Me observa y sonrío, ella no lo hace y lo acepto por su enojo. Respiro profundo y me arriesgo a hablarle.
— ¡Hola, gladiola! – me observa fijamente.
— Margarito… - sube un poco la comisura de los labios.
— ¿Tienes hambre? – frunce los labios y hace eso lindo con la nariz
— ¿Pizza? – Pienso y asiento como respuesta — ¿Coca cola? – pienso un poco más y asiento de nuevo.
Entonces me dice que si con la cabeza, se mueve a gatas por encima de la cama con una sonrisa preciosa y al verla con un bóxer que deduzco es de d**k, mi pecho duele. Sacudo el pensamiento y alejo los celos me grita la conciencia, pero… soy una mierda egoísta y acaparadora. Cuando realizo la llamada, hago también un pedido de seis conjuntos de lencería en seda con encajes y seis pijamas para chica. Cortitas y pegaditas.
— ¡Qué detallazo hermanito! – se burla d**k mientras Catrina mira con el ceño fruncido la ropa que le mandé traer — Pero creo que mandaste buscar esa ropa pensando en una de tus conquistas – Cat se encuentra con una camisa negra remangada hasta los codos de este servidor y unos bóxer sentada en el piso del salón con la vista en la televisión.
— ¡Cállate idiota! ¿Qué se yo de ropa de niñas? – levanto los hombros como si no lo hubiese hecho deliberadamente — ¡Además! Si se va a quedar con nosotros debe ir vestida de chica, no con nuestra ropa ¿no crees? – asiente observándola devorar el cuarto trozo de pizza de la noche.
...
Los días siguientes estuvieron llenos de inconvenientes y notas de la escuela de parte de Caterina, estaba enojada aún por lo que pasó y mi amiga Deina, su terapeuta me advirtió que sería de ese modo, ya han pasado ocho meses y así como ha habido hallazgos en su mejoría, también han aumentado sus pesadillas y la manera en cómo reacciona no ayuda en nada. Las peleas y los golpes siguen a la orden del día y sus notas son pésimas. Pero lo peor de todo es cuando nos llaman de la institución porque la retan y falta el respeto a los profesores.
— ¡Dime d**k! – Mi hermano bufa enojado — ¿Todo en orden? – pregunto con miedo.
— ¡Claro que no! – expresa con voz iracunda, pero baja — ¡Caterina se encuentra de nuevo en retención por una pelea! – pongo los ojos en blanco.
— ¡Vamos a llevarla a un gimnasio de boxeo! – gruñe.
— ¡No te burles Nickolas, esto es serio! – reprocha.
— ¡Nunca he hablado más en serio hermanito! ¿Dónde estás? – firmo unos documentos que trae mi bella secretaria le hago señas de que me voy y no vuelvo.
— ¿Dónde crees? Frente a la sala de detención y se rehúsa a salir – escucho como rechinan sus dientes.
— ¡Voy para allá! Por cierto tus dientes sufren ¿sabes? – escucho un “eres idiota” y no puedo evitar carcajearme.
Ingreso a la escuela privada en tiempo record, para evitar que a mi dulce hermano le produzca una úlcera estomacal toda esa amargura que hace explotar en él esa preciosa y desobediente chiquilla. Solo tiene veintiún años y ya debe tener gastritis, cuando yo a mis veintiséis soy todo sonrisas. Aparco y entro a la escuela bajo la atenta mirada de profesoras, maestras e incluso la conserje, les dedico a todas una linda sonrisa y un guiño de vez en cuando, mientras diviso a mi hermanito pasearse como un león hambriento frente a la puerta donde se encuentra mi… Gladiola.
Lo veo de frente y sus ojos se encuentran oscuros de rabia. Sonrío. Me mira y quiere que entre, yo levanto la mano y asomo la cara por el vidrio. En el camino hablé con el entrenador para llevármela al gimnasio. La observo y se percata de mí, sonríe y mi boca se curva de inmediato.
— ¡Ja, te tiene donde quiere! – sonrío. Bufa amargado.
— ¡Lo sé! – Digo en voz baja — ¡Cálmate hombre, solo tiene catorce y ha sufrido bastante! ¿No crees? – Asiente y sacude la cabeza cansado — ¿No has dormido eh? – Niega sonriendo — ¡Vete a casa, yo la llevo! – pero en ese momento la puerta se abre y tira de mi mano.
— ¡No quiero que d**k entre, no le hablo! – no aguanto la risa, mi pobre hermano está al borde de un colapso.
Gruñe como perro, pero no se va, arreglo y firmo comprometiéndome con esa linda maestra que mi hermanita tendrá un mejor comportamiento de ahora en más, la chica coquetea un poco y le sigo el rollo con un guiño, cejas levantadas y bueno, un toquecito inocente de manos, la tigra enfurece porque si yo soy un macho alfa y alguna mierda territorial, esta chica es peor que yo unas… diez veces. Salgo con ella, me manotea y se suelta, trato de apresarla entre mis brazos y golpea de nuevo. Se encuentra con d**k y se abraza a él llorando desesperada. Me carcajeo.
— ¿Qué pasó con? No quiero que d**k entre – le digo con la voz femenina más horrenda que encuentro — ¡Mi querida Gladiola!
Se gira con cara de asesina.
— ¡Cabrón! – aprieto los labios.
— ¡Caterina! – toma su rostro entre las manos y sus ojos conectan, lo jode enseguida.
— Es un Margarito maricón – susurra y mi hermano alza las cejas sorprendido.
Intenta subir a su cadera, pero este no se lo permite, por el sitio en que nos encontramos. Llora y se prende en una pataleta, eso lo hace con él, no conmigo. Tiro de su brazo con fuerza y ni siquiera me molesto en hablar.
— ¿No la estas lastimando, cierto? – indaga al ver mi rostro pétreo, estoy enfadado con ella por malcriada, no giro hasta que salimos de la escuela sin importar quien mira y quien no, con mi hermano pisándonos los talones.
— ¡La verdad es que me importa una mierda si la lastimo! – abro la puerta del copiloto y prácticamente la arrojo dentro.
— ¡Idiota, me duele le diré a Robert! – la fulmino con la mirada y rodeo el auto.
— ¿Estás segura que me importa? – Le tiembla el labio inferior — ¡Porque no lo hace, grosera! – cierro la puerta con más fuerza de lo debido y saco de la guantera el carnet del gimnasio.
Lo lanzo a su regazo, ya lo había mandado imprimir con antelación.
Cuando era muy joven como ella también me sentí furioso, mi padre no nos prestaba atención y menos cuando se descubrió que su socio le robó una parte importante de la empresa. Se mudó a Seattle y a nosotros nos dejó en Manhattan, me sentía frustrado y sin rumbo. Enojado e inútil. Siempre fui a terapia porque peleaba mucho, todo el tiempo era el más alto de clases, con madera de líder, pero con poca edad y nada de paciencia… un chico problema en toda regla. La pubertad fue lo peor, ya vivíamos muy bien, éramos los ricos del vecindario y empecé a quedar con chicas mayores aprovechando que a mis once o doce ya era bastante alto y fornido. Metía chicas en mi habitación y utilizábamos las ventanas como puertas y empecé a beber. En fin, toda una joya. Era un malcriado y siempre quería dormir con mi madre.
Mi tío Marck molesto con mi padre y preocupado por mi situación, decidió inscribirme en un gimnasio para liberar tensiones y bueno… mejoré en algunos aspectos, ya que entonces no tenía mucha energía, pero solo golpeaba una vez y hacía mucho, mucho daño. Fui m*****o de todos los clubes de deportes en las escuelas e incluso en la universidad, ya no era agresivo, pero me defendía bien, aunque nadie se atrevía a meterse conmigo. Entré en el equipo de atletismo, lucha y senderismo. Nunca jugué futbol o rugby, son deportes de contacto y el único contacto que deseaba era el de las chicas ya que la primera vez que estuve con una fue a los once ¿un niño diferente no?
Mi hermano fue siempre todo lo contrario, tranquilo, estudioso y precoz. Un Nerd. Le importaba poco lo que sucediera a su alrededor, él solo estudiaba y yo lo defendía de los demás, siempre me encontraba en detención, por esa razón no me importa sacar a Caterina de allí cuantas veces sea. Me gradué el año pasado y mi hermano ya se gradúa este año en las fiestas del mes de diciembre ¿Qué fui mal estudiante? ¡Siempre! Pero me encuentro al frente de las empresas de mi padre con veintiséis años de edad y eso me pone en una situación en la cual no puedo chistar porque mi padre confía en mí, o tal vez no le quedó alternativa a causa de su angina de pecho.
— ¡Me niego a ir a ese gimnasio, Margarito! – casi se me sale una carcajada.
— ¿Y por qué crees que me importa lo que quieras? – mi hermano respira profundo, pero no habla.
— No quiero que te importe, me importa a mí – dice y se cruza de brazos, se ve preciosa — Allí huele horrendo a sudor y a… otras cosas – gime — Y además no quiero tener cuerpo de hombre – d**k aprieta mi hombro.
— ¡Pues te vas a calar el mal olor por malcriada! – Digo no muy alto, aunque ella no me teme — Vas a golpear el maldito saco y lo demás no me interesa Gladiola y no espero que lo entiendas – llora con sentimiento que trato de ignorar y me sale muy bien.
Salgo del auto y la saco por un brazo, bajo su falda que ya es bastante corta y acomodo la camiseta. d**k sale cargando con los dos bolsos de deporte y la toma por la cintura para que entremos, se porta un poco protector. Me gusta esa actitud de él, es amargo, pero con ella se abstiene a veces. Cuando yo me enojo, d**k la consuela y viceversa.
Entramos y el entrenador viene a nuestro encuentro, me entrega un pequeño bolso color rosa, la ignora por completo como sabía que lo haría. Nos dirigimos a los vestidores y ella aún está llorando. Me saco la chaqueta, la camisa para cambiarme y Dickson abre los ojos.
— ¿Te desnudarás delante de ella Nick? Ya eso es mucho – lo observo cambiar la expresión.
— Duerme con nosotros, se viste con nuestra ropa y en este momento puedo apostar que lleva un bóxer de alguno de los dos – levanto los hombros — ¿Qué puede importar? – bufa enojado.
— Eres un insensible – se la lleva a uno de los baños y yo ruedo los ojos.
— ¡Si d**k, lo soy! ¿Y qué?