— ¡Hasta que apareces! – arrugo el entrecejo ante su molestia —. Ni siquiera me llamaste – veo su rostro arrugado por la ira y resoplo. — ¡Buenos días Andrea! – paso de ella y tira de mi brazo. Trato de contar hasta diez para no ser grosero — ¿te importaría soltarme? Todo el mundo nos mira – ella retrocede como si le hubiese golpeado. — ¿En serio, ahora quieres ser soltero? – observo sus ojos humedecidos y casi se me sale una carcajada. Esta mujer manipula hasta con los gestos —. Pensé que teníamos algo ¿sabes? – ahora llora, estamos en el hospital y no quiero que me tilden de machista o de bruto. — ¡Y lo tenemos Andrea! – me acerco un poco y sorbe por la nariz —. Es solo que no puedo darte parte de todo lo que hago, tuve una emergencia familiar ¿pensé que lo habías entendido?

