Miro a través del cristal hacia fuera de mi oficina sentado detrás de mi escritorio, la mujer que acaba de llegar con unos globos y una cesta con algo dentro que no puedo distinguir porque mi asistente no la deja continuar su camino. Lorna hace pucheros e insiste como una niña de diez años para que le permita el paso. La pelirroja niega. Me recuesto en la respaldo del sillón para disfrutar del espectáculo, ya que la rubia lleva un vestido de tela muy fina y se le notan el montón de curvas que tiene bien distribuidas por el mas de metro setenta que tiene de alto. Sonrío cuando se devuelve cabizbaja y sobrecogida, casi me carcajeo cuando se percata de que la chica se ha descuidado y entonces vuelve a la carga, a querer pasar y esta la detiene. Disfruto unos minutos más de lo preciosa que se

