El aire en el castillo estaba cargado de una tensión silenciosa, rota solo por el crujir de las hojas bajo nuestros pies. Eric se acercaba a Layra, quien aguardaba junto a la fuente. La luz tenue del atardecer hacía que sus ojos oscuros brillaran, llenos de una mezcla de emoción y miedo. Sabía que esta despedida era más dolorosa para ella de lo que quería admitir. Cuando Eric estuvo lo suficientemente cerca, ella alzó la mirada, su voz saliendo con una suavidad que contrastaba con la dureza de su carácter. —Te estaré esperando —dijo, su voz cargada de emoción—. Estoy segura que ustedes encontrarán la solución que el reino necesita. Eric la miró con una ternura inusual, algo que rara vez mostraba ante los demás. Layra continuó, aferrando con fuerza sus manos. —Licantia y nuestra reina s

