Dafne caminaba por los pasillos del Consejo, con la mente aún dividida entre las tareas que se le habían asignado y la incertidumbre que Enzo había dejado al marcharse sin explicaciones. Al llegar a la gran sala de reuniones, los miembros del Consejo ya la esperaban, todos sentados en sus respectivos lugares, algunos revisando pergaminos, otros observándola en silencio mientras tomaba asiento. —Mi Luna —comenzó uno de los ancianos, un hombre de cabellos blancos y semblante severo—. Hemos recibido informes preocupantes desde Licandor. Al parecer, hay disturbios crecientes y necesitamos que alguien de confianza supervise la situación. Dafne asintió, pero su mente estaba distante, buscando respuestas que no llegaban. —¿Qué tipo de disturbios? —preguntó, enfocándose en el presente. El anci

