Dafne estaba en su alcoba, revisando algunos documentos del consejo, cuando una de sus doncellas tocó suavemente la puerta y entró con la cabeza gacha. —Mi reina —dijo en voz baja—, su padre ha llegado. Está esperando en el salón principal. El corazón de Dafne dio un vuelco. Las manos le temblaron por un breve momento antes de apretarlas con fuerza sobre su vientre. Sabía que su padre no venía por una simple visita de cortesía. Cada encuentro con él traía consigo una sombra de inseguridad, una sensación de nunca ser suficiente. Dorian jamás había visto en ella la perfección que exigía de su hija, y ahora, con su distanciamiento con Enzo, sabía que las palabras de su padre serían más afiladas que nunca. Respiró hondo, tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón. No podía perm

