Nos habíamos entregado al placer de conocer la ciudad, dejándonos llevar por la magia de cada rincón, de cada calle, de cada aroma. Las festividades en esta ciudad nos habían brindado un respiro inesperado, permitiéndonos vivir momentos de alegría y complicidad que tanto necesitábamos. Enzo y yo paseábamos de la mano, disfrutando del bullicio del mercado, de las sonrisas de los niños corriendo entre los puestos, de la música que llenaba el aire. En esos días, nos permitimos ser simplemente nosotros, dejando atrás el peso de la corona y las responsabilidades que conllevaba. —Dafne, ¿recuerdas aquel puesto de flores cerca de la plaza? —me preguntó Enzo, señalando hacia un rincón colorido y lleno de vida. —Creo que nunca he visto tantas flores juntas en un solo lugar—. —Sí, fue impresiona

