La lista de aceptados para posibles aspirantes al cargo de institutriz ya estaba disponible. Sólo eran 10 cupos para entrar al palacio, lugar donde residía la princesa Malena, pero muy bien sabía que sólo quien encabezaba la lista sería la institutriz real.
Leyó varias veces la lista. Había quedado de segunda en el listado. Emily Pears era quién encabezaba la lista, la mujer era una de las hijas del secretario del ministro de asuntos internos.
Franchesca salió de la multitud que afanosamente buscaba su nombre en el papel. ¿Qué había pasado? No había quedado en primer lugar ¿Qué diferencia hay entre éste y el último? Debía pensar en algo.
Su mirada se concentró en la hija del ministro y se acercó para felicitarla por el logro.
—Felicidades, señorita Pears.
—Gracias señorita Peters. La felicito fue segunda. —La muchacha sonrío triunfal
—Gracias señorita —respondió con simpleza ante el parloteo prepotente de la mujer.
Franchesca solo sonrío.
—Seremos compañeras en el palacio, le daré un consejo, la primera impresión es la que más repercusiones deja. Traté de usar sus mejores ropas después de todo se presentará ante la mismísima la realeza. Si tiene oro, plata, diamantes, esmeraldas cualquier cosa de valor uselas.
—¿Es eso cierto?
—Sí, señorita Pears
—Si es así seguiré su consejo. —Franchesca sonrío medianamente al ver que la muchacha había caído en su trampa.
Franchesca sabía que las supervisoras del palacio se escandalizarian al ver a la mujer luciendo tan excéntrica. Era simplemente negativo, ese era un lujo que estaba permitido a pocos. Una simple institutriz no era lo suficiente elevada como para llevar ropas lujosas.
La reacción por parte de las supervisoras del palacio fue la esperada por Franchesca. La señorita Peters fue sacada a rastras del palacio una vez se presentó. Ahora, siendo ella la segunda tras la señorita, la buscarían para ser su reemplazo.
—Señorita Peters, por favor entre con nosotras —las mujeres llegaron a su habitación y se la llevaron—. Por ser usted la segunda en la lista, será quien ocupará el lugar de la señorita Pears.
—Sí.
Franchesca siguió a las mujeres y en poco tiempo entró en el palacio de la princesa Malena, su también medio hermana. Pero en ese momento solo era su ama. Franchesca sonrío burlona ante el pensamiento, una niña era su jefe. ¡Que ridículo! Sin embargo, nada podía hacer, porque su identidad era de una simple sirvienta.
Las puertas del la sala se abrieron y al final del corredor Franchesca logró ver a la pequeña Malena. Una niña de ojos verdes y cabellos castaños.
—Saludos a su alteza, la princesa Malena.
—Levantate —la dulce voz de la niña dictó una orden.
—Gracias.
Pronto las otras mujeres abandonaron la sala, aunque no sin antes haberle dejado instrucciones.
—Dime, qué cosas sabes. La mujer que me enseñe debe saber muchas cosas —el tono dulce de la niña desapareció y en su lugar escuchó las formas de una mujer adulta. Aquello se le hizo gracioso. Una niña queriendo ser mujer.
—Alteza, se sorprendería de todo lo que sé.
—¿Sabes tomar el té? —preguntó curiosa
—¡Por supuesto! ¡Me sería un honor compartir el té con su alteza!
La niña sonrío pero casi de manera inmediata dejó de hacerlo y miró con seriedad a Franchesca. El porte de la niña era como el de una señorita que recién debutaba.
Franchesca no pudo encontrar ninguna similitud entre la reina y la princesa Malena, eran como agua y aceite. La niña resultaba refrescante con sus ocurrencias y tierna con sus caprichos. La mujer no recordaba la última vez que había compartido un buen momento con alguien en los últimos meses.