El sonido del reloj en la pared era lo único que rompía el silencio después de que Rey y Adriano se retiraran. Bastian exhaló el humo de su cigarro con fastidio y se reclinó en su sillón de cuero. Estaba agotado, pero aún quedaban asuntos que atender. Levantó la vista y vio que Damián seguía ahí, firme, observándolo con una expresión neutra. — ¿Qué haces ahí parado? — Bastian arqueó una ceja, molesto por su presencia. — ¿Necesitas algo o solo estás decorando mi oficina? – Damián no se inmutó. Dio un paso adelante y apoyó ambas manos sobre el escritorio. — Quiero comentarte algo. — Bastian giró su silla ligeramente, señalándole que hablara. — Clarissa — Continuó Damián con voz firme. — Hay dos maneras de manejar esto. La primera, desaparece. La sacamos de la ecuación y la enterramos en

