Elena estaba desesperada. La jaula de oro en la que la tenía Bastian comenzaba a hacerle perder la cabeza. Se paseaba por la habitación con ansiedad, sintiendo que el encierro la estaba asfixiando. — Dios mío, me voy a volver loca… — Susurró, pasándose las manos por el rostro. — Tengo ganas de llorar, de gritar, de... de algo. No sé qué hago aquí. — Se dejó caer en el sofá, mirando al techo como si ahí estuviera la respuesta a su vida. — Me quiero ir ya. Me quiero ir ya. Bastian es un loco. ¿Cómo se le ocurre encerrarme aquí y largarse? ¿Esto qué es? ¿Una jaula de oro? — La frustración la estaba carcomiendo. Se mordió el labio, cruzó las piernas, se abrazó a sí misma y luego se levantó de golpe. — Honestamente… pensé que mi vida adulta traería más sexo. Y mínimo, si un tipo me secuestra,

