Bastian. Abrí la puerta de un golpe, sin importarme el estruendo que hizo al chocar contra la pared. Me quité la chaqueta y la lancé sobre el sofá sin siquiera mirar. El ceño fruncido, los dientes apretados. Sentía el peso de la resaca, pero eso era lo de menos. Lo que realmente me carcomía era la humillación. Clarisa. La maldita de Clarisa. Me había tomado por un imbécil. Se había acostado con otro hombre en mi propia casa, embarazada, fingiendo que esos niños eran míos. Y yo… Yo había sido tan jodidamente ingenuo. Durante meses, había imaginado lo que sería ser padre. Me había permitido ilusionarme con la idea de una familia, algo real. Algo mío. Y ahora, ¿Qué tenía? Rabia. Un vacío en el pecho que no podía llenar con nada. Mis ojos recorrieron la habitación y la vi. Elena estaba

