BASTIAN Mi tarde de negocios terminó cuando la llamada de Damián se hizo presente, anunciando que tenía todo arreglado y que el pez había mordido el anzuelo. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Solté el lápiz en mi mano, me levanté de la silla, tomé mi saco y salí de la oficina directo al punto de encuentro. El camino fue silencioso. La ciudad se extendía ante mí como un tablero de ajedrez donde cada pieza tenía su papel. Y esta noche, Elías estaba en jaque. Al llegar, el aire olía a metal y humedad. Un almacén viejo, abandonado, en las afueras. Perfecto. Bajé del auto, ajusté el cuello de mi camisa y avancé con pasos tranquilos. Adentro, solo el sonido de mis zapatos contra el concreto. No tardó en aparecer. Elías llegó puntual, como el perro fiel que cree que aún tiene dueño. — ¿D

