—Y ¿Cómo te ha ido últimamente Erina?
—Del asco.
Víctor esboza una sonrisa socarrona, me mira como si supiera cada detalle de todo lo que ha pasado en los últimos días, eso sólo provoca un escalofrío en todo mi cuerpo.
—¿Y ya solucionaste tu dilema sentimental?
Miró a otro lado, no quería hablar de ello. Pero este hombre, además de ser mi profesor de economía, se comportaba muy en parte como un psicólogo.
—¿Erina? —el tono con el que pronuncia mi nombre me irrita.
—Cada vez estoy peor.
—¿El asunto del Primer Ministro empeoró todo? —dice, levantando una de sus frondosas cejas.
—¡Pues si! ¿Qué más pudo hacerlo? —trato de sonar lo más despreocupada posible.
—Lo que más alterada te tiene es que Levi a pesar de todo, no te trata como la mierda que tú crees ser ¿No es así? —Sus palabras escuecen en mi como ácido.
Este hombre me recuerda siempre que soy un libro abierto y que por más que lo intentó, no logró en más mínimo disimular mis emociones.
Quiero ser honesta. Él me ha dado muy buenos consejos, escondidos en su acento inglés y frases complicadas, pero al menos, logró entenderlos.
—Él quiere tomar la responsabilidad de lo que fue mi culpa —mi cuerpo se tensa— Y no quiero que lo haga, no deseo verlo humillarse más.
—Es complicado Erina —pasa una mano por su cabello-—Levi es alguien realmente obstinado y, sobre todo, muy orgulloso; aunque eso debes de saberlo de sobre manera —sus labios se curvan— Él está completamente consiente de que fue una gran falta de respeto retar la autoridad del Primer Ministro, sin embargo, no creo que se arrepienta de nada.
—Eso tú no lo sabes —digo con un tono algo grosero.
—¿Ah no? —suelta una carcajada sonora- Levi trata en lo más posible enmendar su error y a la vez, protegerte de lo hiriente que puede ser este mundo. Por ello, el que tu hallas accedido a cambiar lo que eres, fue como un fracaso para él, por ende, el pidió ser la persona que te convierta en una dama.
—Solo quiere volverme un estereotipo —digo, tratando de negar las palabras de Víctor.
—¿Puedes por una vez en tu vida dejar de negar lo evidente? -pone sus ojos en blanco.
—¡Es que no hay nada evidente! -me altero— Él no quiere nada conmigo, simplemente trata de aprovechar la situación.
—Eres increíblemente majadera.
—Solo digo la realidad.
—Tu realidad Erina -esas palabras caen en mi como un balde de agua fría.
Y es que es cierto. No quiero creer nada de lo que pasa porque lo único que deseo es protegerme yo misma y no halló ninguna otra forma más que encerrándome en una burbuja que niega lo que pasa realmente, repele lo evidente.
—Solo no quiero sentirme peor —soy sincera.
—Te haces más daño del que piensas.
—¿Podemos dejar esta conversación aquí? —digo, encarándolo.
—¿Tanto te molesta que te muestre la realidad?
—¡Ya basta maldita sea! —grito histérica, me pongo de pie, con la ira a flor de piel- ¡No quiero seguir con esto! ¡Levi no se preocupa por mí, el me odia y yo lo odio, así son las cosas!
—Reiteró, sólo quieres negar lo evidente.
—Esta conversación no está yendo a ninguna parte -frunzo mi ceño.
—No voy a complacerte Erina —su sonrisa egocéntrica hace que quiera pegarle un puñetazo- Siéntate y comportarte como alguien madura o al menos trata de disimular tu inmadurez —dice, acomodándose los lentes.
La sangre me hierve ¿Cómo mierda pasamos de hablar sobre el precio del euro a mi vida inestable? No tengo ni la más mínima idea, pero no me gusta en lo absoluto, porque este hombre, sólo deja al descubierto los sentimientos que no hacen más que una fiesta en mí.
Le dedico una última mirada, empiezo a caminar en dirección a la puerta con pasos firmes.
—La clase de hoy fue realmente interesante —dice, trató en lo más posible hacer oídos sordos— Espero para la próxima, hablar con una seriedad mayor; cuídate Erina.
Fue lo último que escuché antes de salir del salón blanco.
No me fije por donde iba caminando y, de no haber sido porque choque contra el cuerpo de Ian, quien sabe a dónde hubiera llegado a parar.
—Cálmate fiera ¿Sucedió algo? —dice, levantando una ceja.
Dudo seriamente en si contarle mis problemas emocionales, más que todo porque los recuerdos que tengo con él y las advertencias de Levi son lo que me hace más que dudar.
—No... Nada.
Me mira sin creerse mis palabras, sin embargo, no insiste.
Un silencio incomodo se roba la atención del momento. No sé si irme, hablar de algo más o simplemente quedarme aquí, apreciando la vista tan perfecta que su anatomía me brinda.
Abre su boca, pero las palabras no le salen, se rasca la nuca y habla.
—Hoy en la noche iré a un bar con unos amigos -se toma unos segundos para seguir hablando— ¿No te gustaría venir?
Su invitación me toma por sorpresa, las palabras se me van de la boca, por lo que en un intento de no dejarlo mirándome con inseguridad, muevo mi cabeza, asintiendo.
—¡Perfecto! Paso por ti a las siete, ponte más bonita de lo que ya estas —dice con una sonrisa inmensa, deposita un beso en mi frente y se va caminando por el pasillo.
Me quedo unos momentos inmersa en mis pensamientos.
¿Qué mierda hice? ¡A mí no me gustan los bares, ni el alcohol, ni las personas! Y justo a ese lugar iba a ir en las próximas horas.
Pero lo que más llega a asustarme y era una pregunta que pensé nunca hacerme ¿Que me iba a poner? Trato de pensar lo más rápido que mi mente me lo permite y, tengo solo dos opciones: La reina Giselle y la plástica. Corro rápidamente a la habitación de Camille, me tragaría mi orgullo de una puta vez.
Cuando llego a la puerta de la estancia, sin cuidado alguno, abro la puerta y creo que lo mejor en este caso, hubiera sido tocar.
Camille tiene el cabello enmarañado y envuelto en una toalla, solo viste una bata de baño, su rostro está lleno de una mascarilla verde -que la hace parecer como si un gnomo la hubiera vomitado- hacia maromas para logara pintar las uñas de sus pies y el ceño fruncido, adjunto a la mirada de odio que me dedicaba me hacía pensar que esto no fue más que una mala idea.
—¿Qué quieres?
—Ah... Este... Yo —por alguna razón inexplicable, las palabras no me salen, más que todo porque estoy reprimiendo las ganas de reír a mas no poder.
—¡Habla!
—Me gustaría que me ayudaras en algo importante.
Suelta una risa sonora, trato en lo más posible tragarme mis insultos y aguantar su mirada socarrona.
—¿Y porque debería ayudarte? Te odio y lo que menos deseo en esta vida es favorecerte.
—Es algo importante.
—Con más razón.
Muerdo el interior de mi mejilla, lo más seguro me arrepentiría de lo que voy a hacer.
—Por favor Camille, es algo que realmente me interesa.
Me mira durante unos segundos, se pone de pie y camina hasta su tocador, se mira al espejo y a golpecitos tantea la mascarilla para ver si ya está seca.
—¿Y eso sería? —dice, demostrando desinterés.
—Que me ayudes con algo que ponerme.
—¿Me dejaras hacerte lo que yo quiera?
Chasqueo mi lengua, esto era una total mierda.
—Si... -digo resignada, aceptando mi propio destino.
—¡Perfecto! -la emoción la inunda— Solo necesitaba saber eso.
Estoy realmente confundida ¿Tan feliz la hacía verme humillarme frente a ella? ¿Tan alegre la ponía saber que le daba el lujo de torturarme?
—Dame veinte minutos y empezamos —dice, metiéndose al baño de su estancia.
Parpadeo varias veces, esto era una porquería ¿Tan bajo caí como para aceptar que esta mujer hiciera de mi apariencia física lo que le complaciera?
Pasaron los minutos, rápidamente Camille estaba lista, ambas fuimos hasta mi habitación. Donde yo me senté en la silla frente al espejo.
—Lo primero que haré será arreglar este desastre —dice, mientras tomaba los mechones de mi cabello.
—Pero si está bien —digo, mirándola de reojo.
—No, esta echo nudos —lo peina con brusquedad.
—¡Eso es lo que lo hace perfecto!
—¿quieres que te ayude o no Erina?
La vena en mi cien palpita, talvez haber escogido a la reina y su seguro interrogatorio de mierda, no me parece tan mala idea en este momento.
Decido no responder, ante mi silencio, Camille esboza una sonrisa sínica. Empieza a cepillar mi cabello, desenreda con cuidado los nudos y poco a poco, las marañas van desapareciendo, pasa la brocha con maquillaje por mi rostro, rebusca entre mi ropa algo decente que ponerme y, al cabo de unas horas, se supone que ya estoy lista.
Me miro al espejo y por primera vez en mi vida, me siento cómoda.
Un vestido n***o pegado a mi anatomía, la diferencia de este es que, si me deja respirar, llega más arriba de mis rodillas, con manga larga y un escote no muy pronunciado. Llevo un maquillaje de noche, pero ligero, mi cabello esta suelto con ondulaciones y los tacones que escogió -que por suerte no son muy altos- no molestan, todo eso, en conjunto con una gabardina color crema, que llega más abajo de mis rodillas, es lo que le da un toque de yo.
—¿Te gusta?
—Extrañamente... Si.
Una sonrisa feliz se asoma.
—Esos zapatos te va a hacer tropezar.
—Gracias por las buenas vibras —digo con sarcasmo. Ella suelta una risa.
—Me debes una Erina.
Yo asiento divertida, me dedica una última mirada y se retira de la estancia. Doy un respiro hondo, no fue tan malo después de todo; miro el reloj, falta media hora para las siete.
Decido bajar a la cocina a buscar algo de comer, lo que nunca me paso por la mente fue ve a Levi asaltando el refrigerador.
Mi corazón se acelera, los colores suben a mis mejillas y las manos me empiezan a sudar frio, más que todo, porque esta con ese buzo gris que tan bien se le ve y sin camisa, tiene cara de somnoliento, el cabello desordenado y aun así, no dejaba de verse terriblemente sexy.
—¿A dónde vas vestida así? —sus palabras me sacan de la burbuja en la que solo me encontraba yo y su inmaculado cuerpo esculpido por los dioses.
Trato de respirar lo más profundo que puedo, calmarme y mantener la compostura. Quiero comportarme de la manera más despreocupada que mis nervios me lo permiten, no quiero que note en absoluto que verlo así de tentativo provoca que salga de mis cabales.
Me acerco a la alacena y saco una caja de cereal, la abro y empiezo a comer.
-—Voy a salir —agradezco a mi voz no traicionarme.
—¿A dónde?
—Que te importa —meto un puñado de las pelotitas sabor fruta a mi boca.
—Eres mi prometida, obviamente me importa a dónde vas —dice, mientras le da un trago al galón de leche chocolatada que se encontró en el refrigerador.
—No necesito tu permiso para salir.
—No te estoy imponiendo nada, solo quiero saber a dónde vas -se empieza a acercar peligrosamente.
El corazón se me va a salir del pecho, mi cuerpo tiembla, sudo frio y dejo de respirar justo cuando lo tengo al frente de mí, con una de sus manos apoyada en la encimera y la otra en uno de los muebles aéreos.
Su respiración choca contra mi rostro, sus ojos intensos me miran con una chispa de deseo y frialdad, su cuerpo esta tan cerca de mí que la tentación de trazar cada uno de sus marcados músculos con mis dedos me esta dominando, pero más que todo, era esas ansias de besarlo, de volver a probar esa exquisita sensación que me provoca un beso del hombre que está al frente de mí.
—Yo... Yo voy para un bar —la voz se me quiebra
—¿A sí? ¿Y con quién?
La voz se me va, más que todo porque sus labios están tan cerca de los míos, que lo único que los separa son unos pocos centímetros.
—Erina, ya nos vamos —la voz de Ian hace que respire.
Levi gira su mirada y encara a Ian, su ceño se frunce de sobremanera, su cuerpo se tensa y empieza a irradiar una ira intimidante. Se separa de mí y observa de arriba hacia abajo a Ian, tiene los puños apretados al igual que su mandíbula y la vena en su frente palpita.
Ian, por otro lado, se muestra sumamente despreocupado y relajado. Su mirada es socarrona y la comisura de su labio tiembla, evidenciando que aguanta en lo más posible, reírse de Levi.
Escapo de la esquina en donde Levi me tenía arrinconada hace tan solo unos segundos y empiezo a caminar en dirección de Ian, evitando en lo más posible la mirada de furia de Levi.
—Erina —su voz ronca me inunda por completo, haciendo que un escalofrió recorra mi espalda.
—Yo... —giro mi rostro por sobre encima de mi hombro, pero soy completamente incapaz de sostenerle la mirada— Debo irme —camino en dirección al umbral, huyendo de las ganas de quedarme a su lado y terminar lo que empezamos.
#LeccionDeVida
Hay veces que necesitas ayuda de tu peor enemigo.