Capitulo 2

1540 Palabras
—¡Deja que me vaya Dereck! ¡Te dejaré libre, no volverás a saber de mí, ya no tendrás que seguir sosteniendo esta farsa! —Suplicó entre gimoteos mientras intentaba escapar de su brusco agarre. No podía creer como su amado príncipe de cuentos de hadas se había transformado en un horrible monstruo, uno digno de una sanguinaria película de terror. —¿A si? Tú discurso me resulta bastante bueno y melodramático Valentina, pero ahora piensa con tu puta cabeza, claro, si es que hay algo allí dentro con lo que puedas pensar. —Comienza a dar bofetadas en su cabeza, despeinando a la joven quién trataba inútilmente de escapar. Cada golpe se tornaba más violento que el anterior. —¿Con qué piensas sobrevivir? Ganas un salario de mierda que con suerte te alcanzará para cubrir la renta de un apartamento de mala muerte. ¿Con qué pagarás los impuestos? ¿Con qué comerás? ¿Cómo piensas costear los gastos médicos de Aylin? ¿Habías pensado en eso? Yo creo que no, por que no estás diseñada para pensar, tu única función en la vida es abrir las piernas. —Arrojó aquello con una mezcla de burla, desprecio y desdén. —Me las apañaré yo sola, no te necesito. Ni Aylin ni yo te necesitamos, Dereck. —El rostro de Dereck, era solo una imagen difusa a causa de las lágrimas. Necesitaba tomar a su hija y salir de ahí cuanto antes. —Vete con tu esposa inteligente y exitosa... A nosotras déjanos en paz. —¿Cómo lo harás? ¡No sirves para nada, Valentina! ¡Ni siquiera pudiste darme un hijo digno de portar mi apellido! ¡No sólo pariste a una estúpida niña, más encima nació retrasada! —Gritó fuera de sí al momento que azotaba el cuerpo de la mujer contra la pared. —¡Aylin, no está enferma, tampoco es ninguna retrasada. Simplemente tiene una condición diferente y como sus padres debemos de apoyarla! —Las palabras de Dereck se encajaron en su corazón, ¿cómo había podido llegar a amar tanto a ese hombre? ¿Cómo no pudo darse cuenta la clase de basura que era? —¿Quieres irte, maldita zorra? ¡Entonces vete, pero a mi hija la dejas en casa. De seguro Marietta será mejor madre que tú! —Enredó sus gruesos dedos en el sedoso cabello de Valentina y arrastró a la joven mujer hasta la puerta de entrada. —¡No me iré sin mi hija! —Gritaba desesperada, sintiéndose aún más angustiada ante el desgarrador llanto de Aylin, quién se había escondido detrás del sillón. El primer golpe la tomó desprevenida, fue tal el impacto del puñetazo propinado por Dereck, que su cuerpo cayó al piso, azotandose la cabeza contra el piso. Por un momento, Valentina se sintió aturdida, todo se tornó borroso y la sangre escurría de su boca abundantemente. Dereck, no conforme con eso, pateó el abdomen de la mujer, provocando que gritara a causa del dolor. La pequeña niña, estaba sentada tras el sillón, mientras cubría sus oídos con sus manos y se balanceaba cada vez más rápidamente. Su llanto desconsolado se tornó de un momento a otro en gritos desgarradores. Valentina, quiso suplicar que se detuviera, ya no daba más, estaba entre el limbo de la conciencia e inconciencia, aferrándose a la primera opción solo por Aylin. —¡Sin mí no eres nada, Valentina! ¡Nunca lograrás ser nada por que eres estúpida! —Gritó histérico. —Si tanto quieres irte, entonces vete, toma todas tus mugres y a la retrasada de tu hija y se largan de mi casa. Valentina, hizo un esfuerzo sobrehumano para poder ponerse de pie. Las costillas le dolían por el solo hecho de respirar y sentía su cara hinchada y deformada. Dereck, aún fuera de si, tomó el equipaje de la mujer y lo aventó por la ventana, deleitándose al ver cómo las maletas se estrellaba en el concreto del piso. —¡Largo de mi casa, ahora! —Gritó iracundo —si no te largas ahora mismo, te mataré a golpes. —El hombre apretó los dientes y arrastró las palabras de advertencia con rabia. La joven no se hizo de rogar, caminó encorvada hasta donde su pequeña hija se mecía y gritaba, la tomó entre sus brazos y con pasos lentos abandonó el departamento que por años fue su hogar. Descender las escaleras con su pequeña en brazos fue todo un desafío, principalmente cuando sus piernas temblaban, su abdomen dolía por el simple esfuerzo de caminar y uno de sus ojos estaba tan inflamado que apenas podía ver. Aún así, logró llegar a la calle. —Todo estará bien bebé, no llores más mi hermosa niña —susurraba Valentina, mientras con esfuerzo arrullaba a su pequeña entre sus brazos. —Mamá está aquí, jamás permitiré que nada malo te pase... —No pudo seguir hablando, se ahogó con sus propias lágrimas. Comenzó a caminar lentamente hasta donde estaba su equipaje, necesitaba tomar sus cosas, en su situación, no podía permitirse perder lo poco que tenían. "Un paso a la vez" se repetía mentalmente mientras avanzaba, sus temblorosas manos aferrándose al suéter azul que llevaba puesto Aylin, quién por cierto, había dejado de llorar, hundiendo su afligido rostro en la curvatura del cuello de su madre. De pronto, su cuerpo no resistió más, todo comenzó a girar a su alrededor y de un momento a otro, todo era oscuridad... No sabía dónde estaba, ni cuánto tiempo había transcurrido, quería abrir los ojos y reaccionar, pero su cuerpo no respondía, solo escuchaba frases sueltas que en ese momento no parecían tener coherencia para ella. "El señor Schumacher viene viajando." "Él podrá ayudarla, pobre mujer." "Si, él sabrá que hacer." ¿Quién demonios era el tal señor Schumacher? ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba pasando? Pero antes de poder seguir pensando, todo se volvió oscuridad una vez más... ••• Thomás Schumacher, era un hombre inmensamente rico, aunque no siempre fue de ese modo. Durante su infancia y parte de su adolescencia le tocó presenciar el maltrato tanto físico como psicológico que su padre ejercía tanto el él como en su madre. Su padre, era un hombre poderoso y cuando el cáncer lo atacó violentamente, no resistió más de tres meses. Su madre y él, en ese momento fueron libres por primera vez. Pese a la gran fortuna que heredaron, él decidió estudiar medicina, inclinándose por el campo de la psiquiatría. Gracias a su dinero en influencias, creo un centro de apoyo para mujeres víctimas de maltrato, donde serían protegidas, tratadas tanto física como psicológicamente, para luego brindarles las herramientas para valerse por sí mismas y reinsertarce en la sociedad una vez más. Fue ahí donde conoció a Alexandra Sanchez, una hermosa doctora que ejercía en su centro de rehabilitación. Alexandra, era una mujer hermosa, alta, de cabello largo y sedoso, de un hermoso color caramelo que hacía resaltar aún más sus brillantes ojos azules. Thomás, cayó en sus encantos nada más conocerla y rápidamente se embarcaron en una apasionada relación. Tom, estaba perdidamente enamorado de Alexandra. Quería compartir toda su vida junto a ella, que fuera la madre de sus hijos y esforzarse día tras día con tal de hacerla feliz. Pero todos sus planes se desmoronaron aquella tarde, cuando en el turno que correspondía a Alexandra, un hombre le disparó directamente en la cabeza. No pudo despedirse, ella perdió la vida instantáneamente y una parte de su alma se fue con ella. Pero, lo que terminó de romperlo fue el momento en que la familia de Alexandra llegó a identificar el cuerpo, un hombre de mediana edad, con dos niños, estaba en la sala de espera con lágrimas en los ojos. Sus miradas reflejaban el dolor de la pérdida y Tom, quiso acercarse a la familia de la mujer que tanto amaba. —Te aconsejo que no te acerques, Tom —Loiuse, su mejor amigo y colega lo tomó del antebrazo con firmeza. —Son familiares de Alexandra, quiero darles mis condolencias... —Observó a su amigo confundido. —Se que no es el momento, Tom, pero ese hombre es el esposo de Alexandra y esos niños son sus hijos. —Tom parpadeó un par de veces, incrédulo. —Eso no es verdad... Ella iba a ser mi esposa —retrocedió un par de pasos, alejándose del agarre de su amigo y sin importar lo que este le dijo se acercó al otro hombre. —Buenas tardes, mi más sentido pésame. —Gracias... —Respondió el hombre con voz entrecortada. —Mi esposa era tan joven, hoy cuando salió en la mañana acordamos ir a cenar, su madre cuidaría a los niños... Pero mi Alexandra ya no está, no podrá ver a sus hijos crecer... —El hombre, sin poder contenerse rompió en llanto. Thomás, sintió que todo se desmoronaba a su alrededor. Su relación habia sido una mentira, los sentimientos que Alexandra le profesaba eran mentira, el amor en sí, era una maldita mentira. Sin poder decir nada, se dió la media vuelta y se alejó de aquella sala de espera con pasos rápidos, el corazón roto y una gran desilusión.
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