Los zapatos del italiano se movían de un lado a otro con frenesí. Estaba preso de la preocupación y su estabilidad emocional dependía de que Leisel despertara antes de que sus nervios pagarán las consecuencias. Gabrielle y Benedetto miraban a su señor ir y venir pensando seriamente en que tal debían instarlo a regresar a casa y a distraer la mente. —No debe de preocuparse, pienso que tal vez debería dormir un poco. —Eso es imposible, no puedo siquiera cerrar los ojos. —Señor, considero prudente que… —¡Basta! ¡Basta, maldita sea! —gritó con exasperación—. No voy a irme, voy a quedarme hasta que ella despierte y el médico me asegure que estará bien. No voy a moverme de aquí mientras eso pase. Hoy, en este momento, lo único que me importa es que ella despierte. Gabrielle miró a Benedetto

