—Tienes que despertar—musitaba Lucían con la mano de Leisel entre las suyas, sus labios deseaban su mano cálidamente mientras intentaba conversar la calma tanto como su desesperación se lo permitió—. Por amor a dios. Verla de esa forma le arrebataba el aliento, solo deseaba despertar para que le dijera que era un idiota y que se había comportando como tal, sus ojos ansiaban mirarla abrir los ojos y detectar esa tormenta gris a como diera lugar. Escuchó la puerta abrir y una mujer ingresó a la habitación. —Lamento interrumpirlo, pero tengo que comprobar los goteros—informó Gabriella haciendo que el italiano asintiera. La chica no pudo evitar observar la desesperación en sus ojos y el vacío que ahora opacaba sus intensos ojos azules. Depositó en la mesita de al lado de la camilla un frasco

