El rey pico de tordo 2

4940 Palabras
Tom tomó un profundo respiro de aire fresco de primavera mientras se acercaba al lago, lamentando no haber traído su laúd; Era el día perfecto para sentarse a la orilla del lago y tocar un poco de música. Su confiado caballo trotaba lentamente a través de la espesura del bosque, pronto fue capaz de ver el brillo del lago a través de los árboles. Cuando llegaron a la orilla del bosque, Tom se desmontó y dejó su caballo pastando en el pequeño prado, mientras él se acercaba al lago, en busca de un buen sitio en la sombra donde podía sentarse y leer un poco. En el mismo momento que había encontrado el lugar perfecto, unas salpicaduras del lago llamaron su atención y buscó la superficie en donde se encontró el alboroto. Fue entonces cuando se fijó en él, a pocos pies de la orilla: el hombre más bello que jamás había visto en su vida. Su brillante cabello n***o caía sobre hombros pálidos y perfectos como porcelana, envolviendo a la delicada curva de su cuello disfrutado cual estaba suavemente inclinado hacia atrás, mientras sus ojos estaban cerrados contra el brillo del sol. La imagen era tan serena que Tom tuvo que parpadear un par de veces para asegurarse a sí mismo de que no estaba bajo un hechizo. Estaba completamente cautivado por el bello muchacho el cual no había notado su presencia y flotaba sin rumbo en las aguas cristalinas que le daban el aspecto de un ángel. Apenas capaz de respirar, Tom se agachó detrás de unos arbustos cuando el hombre levantó la cabeza un poco y abrió los ojos. Esos hermosos, profundos ojos marrones que estaban decorados con un toque de maquillaje, hechizando todos los sentidos de Tom. En ese momento estaba seguro de que había encontrado el amor de su vida. La belleza desconocida se acercó a la orilla, subiendo a unas rocas y acostándose al sol para secarse, mientras que Tom admiraba lo poco de su cuerpo que era capaz de ver desde su escondite. El resto de su piel era tan pálida y sin defectos como su rostro, y sus largas, delgadas extremidades extendidas en las rocas parecían casi surrealistas contra la superficie oscura. Fueron unos minutos más tarde - que parecían segundos a Tom - cuando el muchacho se sentó lentamente, girando un lirio de agua entre los dedos mientras tarareaba una suave melodía que Tom nunca había oído antes. Mientras Tom se enamoraba más y más del desconocido, éste de pronto comenzó a cantar con la voz más deliciosa que Tom jamás había tenido el placer de escuchar. Apenas podía prestar atención a las palabras - algo acerca de mil océanos - lo único que entendía era que este hombre estaba cantando sobre el amor y el deseo. Algo sobre lo que Tom sabía más que suficiente, habiendo estado en su búsqueda durante toda su vida, sin éxito. — ¡Su Alteza! — Una voz desde el otro lado del lago de repente los interrumpió, y Tom se escondió aún más, por miedo a ser visto. —Su alteza, ¡usted está en suelo de Begonia! ¡Por favor regresa aquí, príncipe William! —Un hombre llamo de la orilla de Geraneia. — ¿Príncipe William? — Tom susurró con incredulidad, viendo como el hombre se lanzó al lago y nadó lentamente hacia la otra orilla. Tom se quedó mirando el lago sin ser capaz de comprender lo que había sucedido, incluso mucho después de que el príncipe había desaparecido en la otra orilla. ¿Realmente eso había sido el príncipe William? ¿El príncipe de Geraneia, que se supone que Tom debía cortar mañana? Apenas podía creerlo, ¡pero tenía que ser! ¿Cuántos otros príncipes llamados William podrían posiblemente tener Geraneia? En una prisa por llegar a casa, Tom galopó casi todo el camino de vuelta al castillo y luego subió las escaleras hacia el salón donde Georg estaba diciéndole al sastre que podía ir a casa de nuevo. — ¡Espera, espera, espera! — Gritó Tom, irrumpiendo en la habitación y llamando la atención de todos sobre él. Rápidamente aclaró su garganta, tratando de comportarse con un poco más de serenidad. —Maestro Levitt, mi ropa, si es tan amable— solicitó al sastre, asintiendo a Georg quien levantó una curiosa ceja. El sastre y su ayudante lo vitieron con las prendas elaboradas que quedaron bastante bien según él, pero al parecer necesitaban unos pocos cambios menores antes de que los llevaba mañana. — ¿Qué pasó en el lago, mi rey? — Georg rió una vez que todos los demás habían dejado y se dirigieron a la habitación de Tom, junto con Gustav. Obviamente ambos habían notado el cambio de estado de ánimo de Tom. — ¡Me encontré con él!— Tom sonriendo estúpidamente. — ¿Con quién, Majestad? —Gustav preguntó con paciencia. — ¡Deja de llamarme así! ¡Me encontré con el príncipe William! En el lago— Tom susurró entusiasmado, tratando de mantener la conversación privada mientras pasaban por varios sirvientes de palacio. - ¡¿What?! — ambos escuderos preguntaron con incredulidad. — ¡Ah, él es increíble! —Tom casi bailaba por el pasillo. — Deberían haberle visto... con esa cara - ¡como un ángel! Georg y Gustav intercambiaron una mirada extraña; Obviamente los dos pensaban que se había vuelto loco. —¡Y esa voz! —Tom continuó alegremente. —¡Es la criatura más bella, encantadora y fantástica que jamás haya visto! —Oh-kay... — dijo Georg lentamente, ahora mirando francamente asustado. —Tienen que acompañarme a Geraneia mañana. Deben verlo, o no van a entender de lo que estoy hablando— Tom insistió cuando entraron a su habitación. —Así que vamos entonces...? —Preguntó Gustav, cuidadosamente optimista. -¡Si! —Tom dijo alegremente. —Ahora... Necesito un regalo. ¿Qué diablos llevan otros pretendientes a tales ocasiones? —preguntó lentamente; no tenía ni idea de cómo se hacía algo como eso. Era la primera vez que pedía la mano de alguien, después de todo. —Joyas son un muy buen regalo para una ocasión así, Señor— Gustav avanzando, sabiendo siempre de etiqueta. -¡Muy bien! ¡Tráiganme el collar más caro en el reino! — dijo Tom brillante, antes de cambiar su mente sólo un segundo más tarde. —¡Esperan! Gustav estaba a punto de salir para ir a la misión, pero se detuvo en la puerta, luciendo un poco angustiado. —Olvida el collar... probablemente obtendrá un millón de collares de todos los demás... Necesito algo más especial...— Tom murmuró lentamente, paseando arriba y abajo. — ¿Qué tal una pulsera entonces?— Sugirió Gustav. —No, no, no, no, no— Tom negó con la cabeza. —Algo más personal... —Sí eh... eso puede ser difícil, su majestad, dado que no sabemos nada acerca de este príncipe— Georg lo trató amablemente. —Oh... sí... maldición ~ * ~ —¡Buenos días, alteza! Bill gruñó contra el brillo cuando la sirvienta abrió las cortinas; otro día. Maravilloso. —Estoy enfermo, tengo que permanecer en la cama hoy— Bill dijo con voz áspera, tosiendo un poco pero en buena medida. —¡Pero, su alteza! Príncipes y princesas de todas las tierras han recorrido un largo camino para ver el día de hoy! —Dijo la criada felizmente. —Fuera— Bill gruñó oscuramente, tambaleándose de la cama. La sirvienta salió rápidamente, y Bill cerró la puerta detrás de ella, colocando una silla enfrente sólo para estar seguro, antes de regresar a su cama, sintiéndose miserable. No había manera de que se casara con un desconocido sólo porque sus padres estaban hartos de él y lo querían ocupados con otra persona. Nunca se habían tomado la molestia de pasar mucho tiempo con él de todos los modos, ya que siempre estaban demasiado ocupados con toda su basura política, y las batallas sobre ese lago ridículo. Bueno, talvez el lago no era ridículo - era el lugar favorito de Bill - pero las peleas entre su reino y el reino vecino de Begonia eran más que ridículas, y odiaba a sus padres por ello. A veces se sintió como si ese maldito lago hubiera destruido toda su infancia; una vez que él fuera rey iba a... hacer algo al respecto. Por supuesto que no tenía idea de qué, pero algo haría. Lamentablemente su paz no duró mucho tiempo antes de que un fuerte golpe de la puerta resonara a través de todo su cuarto, junto con la voz de Andreas la cual llamaba para que abriera la puerta. Bill decidió ignorarlo, tapándose los oídos con las manos. Al menos hasta que la voz chillona de su madre podía oírse a través de la puerta. -¡Factura! ¡Cariño! ¡Abre la puerta o tu madre va a estar muy molesta! —Arabella llamo desde afuera. El príncipe le dejó quejarse, sin saber si tenía miedo de la ira de su madre o no. Finalmente rodó los ojos y decidió que no podía ser peor que tener que casarse con un desconocido, por lo que decidió ignorarlo una vez más. Al menos hasta que la voz de su otra madre se podía oír gritando a través de la puerta. -¡Factura! ¡Abre la puerta en este instante! ¡Hay más de 20 pretendientes para ti aquí, y los vas a ver a todos! Bill imitaba la voz de su madre bajo las sábanas, negándose a abrir la puerta; ¿Qué iba a hacer de todos modos, romper la puerta? —¡Abra la puerta en este instante o juro que los guardias la romperán!— Elena gritó con rabia. Oh, eso era malo. Por un momento contempló abrir la puerta, pero su madre probablemente sólo estaba faroleando de todos modos, y en realidad no se sintió muy dispuesta, así que se quedó inmóvil. Pasaron unos minutos en silencio y Bill casi se sintió victorioso de que su madre hubiera renunciado, cuando repentinamente un fuerte golpe sacudió toda su habitación. Horrorizado, Bill se sentó en posición vertical, mirando a su alrededor, el siguiente golpe cayó tan fuerte contra la puerta que casi se abrió. ¡¿En verdad su madre estaba tratando de romper su puerta?! —¡Hey espera!— Bill gritó horrorizado, tropezándose fuera de la cama. —¡Deja mi puerta en paz! Pero antes de que lograra salvar la situación, las bisagras se quebraron y la puerta se abrió de golpe, casi cayendo sobre Bill. —¡AH! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Estás loca?! —Bill gritó, mirando con horror su puerta rota; Allí se fue la poca privacidad que tenía. —El sastre está aquí para que te vistas— dijo fríamente la reina Elena, pasando por encima de la puerta rota e indicando al sastre que estaba detrás de ella, luciendo un poco pálido. —¡Ah! ¡Has destruido mi puerta! —Bill gritó a su madre, ignorando al sastre ya su ayudante, a Andreas y los otros dos sirvientes que estaban en la habitación. —Te lo advertí. ¡He tenido suficiente de su comportamiento imposible, Bill! ¡Eso va a parar hoy! Vas a vestirte y atender a todos nuestros huéspedes. ¡Vas a saludar a cada pretendiente, y luego vas a elegir uno y casarte con el! — Terminó con rabia, saliendo en la misma forma que había entrado. Bill parpadeó un par de veces, un poco sorprendido de que su madre de repente fuera tan consecuente; por lo general nunca fue seria con sus amenazas... Oh, bueno, lo que sea. Con desespero, Bill se dejó vestir, odiando a su madre por haber roto su puerta. ¿Cómo se atrevía? ~*~ —Deja de ser tan paranoico, Gusti— Tom gruñó a su escudero que saltaba el menor de los sonidos. —Estamos en territorio enemigo, Señor. Es de nuestro beneficio ser cautelosos —Gustav susurró, mirando a escondidas alrededor de una esquina. —Tenemos una invitación— Georg agitó el pergamino delante de la cara de Gustav. —Aún así hay que tener cuidado. Nuestra gente ha estado en guerra durante más de 200 años —Gustav les recordó con amargura. —Gritamos palabras sucias por un lago... No creo que eso se puede considerar una guerra— Tom se rió en voz baja. —Y ¿dónde estamos de todos modos? Gustav, nos perdimos. Realmente no creo que el salón real es por aquí en algún lugar — agregado en voz baja, mirando hacia arriba y hacia abajo del pasillo. —Lo siento mucho, Majestad, pero me temo que es la primera vez que me escabullo en el castillo enemigo— Gustav siseo. —Caminemos por las puertas delanteras que están abiertas, Gusti— señaló Georg. —Shh!— Tom llevó la mano sobre la boca de Gustav quien estaba a punto de discutir con Georg, porque una puerta al final del pasillo de repente se abrió de golpe, revelando su amado príncipe que parecía algo nervioso. —¡Allí está!— Tom susurró con entusiasmo, escondiéndose detrás de uno de los grandes pilares de piedra, junto con sus escuderos. —Fuera de mi camino, ¡paquete inútil de roedores!— Príncipe William gruñó con ojo a los sirvientes que aún estaban tratando de arreglar su ropa. Georg y Gustav intercambiaron una mirada. —Oh, sí, él es encantador...—susurró Georg. —Muy— Gustav estuvo de acuerdo, en estado de shock. —Sólo está un poco estresado. ¿Cómo te sentirías tú si estuvieras obligado a casarte con un desconocido? —Tom defendió al amor de su vida del cual estaba seguro que solo tenía un mal día. —¡Aaah!— Príncipe Bill se relajó de repente después de dar un paso. —¡¿Quién diablos acaba de pisar en mi manto?!— preguntó airadamente, mirando a los pocos hombres detrás de él, los cuales dieron un paso atrás. —Fue un accidente, mi príncipe, que no volverá a suceder— uno de los hombres tartamudeó con miedo. —Seguro que no. ¡Andrés! —Gruñó el príncipe. —¡Échales afuera a estas sabandijas inútiles y consígueme algo nuevo para vestir! ¡Tengo que cambiarme de inmediato! —¡Pero, su alteza, los pretendientes ya están esperando!— dijo Andreas con urgencia. —¡Entonces que esperen!— Y con eso, el príncipe William regreso de donde había venido. Una vez que todos se habían ido y ellos se quedaron solos en la sala de nuevo, Georg y Gustav se miraron con expresiones de desaliento. —Tal vez deberíamos ir a casa—dijo Georg y Gustav lentamente avanzando. —No seas ridículo. Estoy seguro de que en el fondo es un gran hombre —Tom sacudió la cabeza con determinación, convencido de que su príncipe sólo estaba un poco estresado debido a su boda. —Muy en el fondo— Gustav murmuró en voz baja. Tom suspir por dentro, esperando que sus amigos estuvieran equivocados sobre el prncipe. No era posible que alguien tan hermoso y encantador en realidad fuera tan desagradable, ¿verdad? No claro que no. Bill simplemente estaba teniendo un mal día. No pasó mucho tiempo antes de que Tom encontrara su camino al salón real que ya estaba lleno de realeza de todos los rincones de la tierra, todos esperando mientras el príncipe se cambiaba a una nueva túnica. —Bueno, ¿dónde está?— Se quejó un príncipe joven vestido con batas azules. —¡No me harán esperar así! — Dijo en voz alta, ganando varios movimientos de cabeza y murmullos por todo el pasillo. —En ese caso puede irse ya - la persona que se case conmigo va a tener que soportar tales esperas a menudo— Príncipe Bill anunció su entrada en voz alta. —¡Qué impertinencia!— Dijo el príncipe indignado, mientras que William se sentaba en el trono junto a sus madres, riendo. —¡Una broma! Por supuesto! —Reina Arabella rió, aunque Tom no estaba del todo convencido de que el príncipe había estado bromeando. —No es demasiado tarde aún, su Majestad, todavía puede salir ileso— Gustav susurró con urgencia pero Tom lo hizo callar. —Bueno, ¿qué estamos esperando? Adelante —Príncipe William suspiró lánguidamente con un movimiento perezoso con la mano. —Por supuesto— el heraldo murmuró rápidamente, anunciando el primer príncipe en línea. —Su alteza el Príncipe de Etelberto Galrein. Señor de los bosques de abetos orientales y portador del escudo escarlata! —Su Alteza— el príncipe y sus portadores de ofrendas se inclinaron ante las reinas y su hijo. —He oído hablar de su encanto a lo largo de las tierras, aunque siento que no han hecho justicia a su belleza, la cual es simplemente incomparable. —Qué palabras halagadoras me da— el príncipe sonrió con dulzura. —Usted también es agradable a la vista. Venga, dese la vuelta para que lo pueda admirar de todos los lados —. Prince Etelberto sonrió feliz, girando lentamente así Bill podía mirarlo. —¡Buen chico! ¡Ahora hazte el muerto!— rio Bill. —Usted es igual que un perro amaestrado, haciendo todo lo que digo. ¡Váyase! — —Pero- — Príncipe Etelberto tartamudeó y varias personas en la multitud susurraron escandalizados. —¡Guau guau! Grrrr! —William se echó a reír más, haciendo ladridos mientras la multitud murmuraba indignidad. Príncipe Etelberto le dio una mirada enojada a William antes de alejarse, pero el príncipe solo le retornó una sonrisa dulce. Tom escuchó a Georg gimiendo en voz baja mientras el heraldo anunció el siguiente pretendiente. —Su alteza real, Hildred de Lanson. ¡Dama de la rosa púrpura y señora de los ciervos! — —Para usted, mi príncipe— la princesa se inclinó junto a su sirvienta quien le indicaba al príncipe un hermoso collar sobre una almohada de terciopelo con bordes dorados. —Lo más precioso, para el más precioso— sonrió suavemente. El príncipe jadeó en sorpresa, inclinándose un poco hacia delante en su trono para echar un vistazo más de cerca al collar de plata con las piedras de esmeraldas. —¿Estoy soñando? ¿Es esto real?— Preguntó con asombro. —¿Es la doncella más perfecta que he visto, quien me ofrece el regalo más perfecto que he visto? ¿Y con las palabras más perfectamente escogidas? — —¡No, no, querido, todo es real!— Reina Arabella dijo rápidamente, sonriendo a la Princesa Hildred. —Oh, qué triste. La perfección me aburre. —El príncipe se inclinó de regreso en su trono, bostezando aburridamente y haciendo un movimiento desdeñoso con su mano. Princesa Hildred jadeó ofendida, caminando lejos con la cabeza bien alta. —Mi rey— Georg susurró en voz baja mientras la princesa pasó a un lado de ellos. —¿Seguro que quiere hacerse esto?— —Eso no va a pasarme a mí— Tom susurro. —Es el amor de mi vida. Estamos destinados a estar juntos... Debe sentirlo también! — insistió, sin poder creer que su príncipe lo rechazaría tan cruelmente. —Espérenme donde están los caballos. Esto es algo que debo hacer por mi cuenta —dijo en voz baja, despidiendo a sus escuderos; a pesar de que no creía que el príncipe lo rechazaría, en realidad no necesitaba que los Gs sostuvieran su mano en este momento. ~ * ~ —¡Eso es suficiente, Bill!— Su madre Elena susurró con rabia. —Entonces para con esto y ¡déjame en paz!— Bill siseo. —Demasiado tarde para eso— dijo enfadada. —¿Oh, sí?— Bill respondió colérico, levantándose de su trono; podía terminar esto muy rápidamente. —¡Espera!— Arabella susurró desesperadamente pero Bill no le hizo caso, caminando por los pretendientes para examinarlos de cerca. Miró arriba y abajo al primer príncipe, pensando su juicio. —Demasiado alto y delgado... Se ve muy débil— sonrió con frialdad, continuando hacia la próxima princesa. —Pequeña y gorda... Nunca tocaría eso— le dirigió una mirada de disgusto antes de seguir adelante y jadear con horror. —¡Demasiado pálido! ¿Qué te pasa, estás enfermo? —Bill se burló con diversión mientras que los murmullos indignados se hicieron más fuertes. Se acercó a través de la fila de pretendientes, dando a cada uno un insulto en particular antes de que finalmente se detuviera en la última princesa que le dio una mirada temerosa. —Y déjame adivinar— dijo con dulzura. —Tú eres muy inteligente, ¿verdad?— La ridiculizó con una sonrisa de satisfacción. La princesa se dio la vuelta y salió corriendo de la sala, llorando, pero la atención de Bill ya estaba en otro lado - con alguien que no había notado antes. Un hombre de pie detrás de la línea de pretendientes acompañados por los portadores de las ofrendas; ¿era un pretendiente...? Estaba solo... ¿Era un sirviente? Pero estaba vestido demasiado bien para eso... —¿Tienes acaso un olor corporal tan terrible que tienes miedo que me vaya corriendo? ¿por qué te escondes ahí atrás?— Bill rio en lo que esperaba fuera una manera casual; estaba un poco sorprendido por el guapo desconocido que parecía tan diferente de todos los reales elegantemente vestidos. Llevaba ropas sencillas, pero de buen gusto, que más se parecían a las de un artesano que las de alguien que pedía su mano en matrimonio. Sin embargo, le quedaba bastante bien - con el pelo ligeramente desordenado, que pesaba sobre sus hombros, dándole una apariencia algo picaresca. —Yo nunca ocultaría algo de ti, mi príncipe— dijo suavemente, empujándose de la pared y extendiendo su mano hacia él. El estómago de Bill hizo una voltereta cuando vio el regalo en la mano del hombre; no estaba hecho de oro o diamantes, o cualquier otra cosa que pueda ser digno para otra persona, pero para él era más precioso que todos los demás obsequios que había visto. Sin embargo, en el momento que Bill extendió su mano para aceptar el regalo, y con ello, la propuesta de matrimonio, la voz aguda de su madre le interrumpió; —¡Su Majestad!— Gritó de alegría, casi corriendo por el pasillo hacia ellos. —Bill, querido, ¡este es Thomas Trümper, el rey de Begonia!— tenía una sonrisa radiante hacia el hombre. —Su Majestad, es un honor darle la bienvenida aquí— se inclinó profundamente, y el rey le devolvió el saludo. Toda la anterior emoción de Bill desapareció por completo y fue reemplazada por odio hacia sus madres; por supuesto que era el rey de Begonia - ¡¿quién más?! Cómo se atrevían a tratar de tenderle una trampa con él sólo para resolver sus patéticos problemas del lago. Bill comenzó a hervir en su interior; de ninguna manera en el infierno se casaría con ese hombre, no importaba lo mucho que le había gustado a primera vista. —Bill— susurró su madre con entusiasmo —¡Una oferta de paz!— El rey se inclinó ante él, pero Bill ni siquiera podía mirarlo más porque estaba completamente cegado por la ira hacia sus padres. —Incluso peor que un perro amaestrado es uno que ruega por paz— se rio con frialdad. —¡Mi amor! Estás hablando con el rey —su madre le susurró con urgencia. —¡Ja!— Bill soltó una risa fría. —Un rey con barba que se parece al pico de un tordo! Deberíamos llamarlo el Rey Pico de Tordo! —se burló ácidamente, recibiendo otra ronda de fuertes murmullos y susurros de los otros huéspedes. —¿Qué clase de reina es usted?— Una princesa se volvió hacia Reina Elena. —Deja que su propio hijo se burle de todo el mundo, ¡incluyendo de usted!— Dijo con indignación antes de dar vuelta y marcharse por las puertas de la gran sala. Bill continuó riendo. —¡Adiós!— Saludó alegremente detrás de ella, mientras que los otros huéspedes expresaron su indignación. —Eso es suficiente!— Reina Elena gritó sobre la fuerte conmoción, inmediatamente silenciando toda la sala, incluyendo a Bill. —¡Esto va a terminar en este momento, Bill!— Dijo enfadada. —Que Dios y todos ustedes sean testimonio de mí! El príncipe William se casará con la siguiente persona que pida su mano, incluso si se trata de un mendigo que viene al palacio pidiendo restos de comida! ¡Fin de la historia! Y con eso, Reina Elena se precipitó fuera de la sala, dejando a Bill con los invitados, algunos de los que empezaron a reír. Bill miró a su alrededor con horror a todas las personas que lo miraban; ¿Cómo se atrevía su madre a humillarlo delante de todo su país? Sin decir una palabra, Bill corrió a su torre con la intención de encerrarse allí, sólo para recordar que su puerta estaba rota. Hoy había sido oficialmente el peor día de su vida entera. ~ * ~ Tom observó al joven príncipe huyendo, y a pesar de todas las crueldades que había dicho, él sentía pena por él. Mientras lentamente se dirigió fuera del palacio junto con todos los demás pretendientes rechazados, oyó varias personas susurrando ese horrible apodo; ojala que pronto fuese olvidado. —Hola, Rey Pico de Tordo— dijo Georg con simpatía una vez que Tom llegó a sus caballos; Gustav le dio un golpe en el brazo. —Así que has oído, ¿eh?— Tom suspiró con fuerza, enterrando la cara en el crin de su caballo. —Se propaga más rápido que el fuego— Georg asintió. —¿Qué pasó ahí?— Preguntó preocupado. —Tenías razón... Fue horrible— Tom murmuró con desaliento. —Vamos a casa. Por desgracia, el apodo, efectivamente, se extendió como un reguero de pólvora y en menos de una semana después, todo el reino estaba riéndose de él. Tom no podía creer que había llegado a esto; ¿cómo podría Príncipe Bill hacerle esto? Dejando a un lado la burla y la humillación, Tom estaba completamente destrozado; por primera vez se había sentido como si realmente perteneciera a alguien, y ese alguien había convertido toda su vida en un infierno. Apenas se atrevía a abandonar la seguridad de su palacio porque no importaba dónde fuera, oía susurrar el nombre que Bill le dio. —Mi Rey?— La voz tranquila de Georg trajo a Tom de sus pensamientos y levantó la vista del libro que realmente no había estado leyendo. —Hay varios deberes reales que no ha asistido en los últimos tiempos, su Majestad— Gustav dijo cortésmente, siempre pensando en el trabajo. —Lo que Gusti está tratando de decir es que todos estamos preocupados por usted. Tal vez deberíamos ir fuera un poco para alejar su mente de las cosas. ¿Paseo el lago, tal vez? —Sugirió Georg. Tom gimió. —El lago...— Ahí es donde había visto a Bill por primera vez... —Vamos, mi rey, no puede dejar que un bobo, arrogante arruine toda su vida! Mire el lado bueno: tal vez sus padres ya le casaron con algún mendigo ¡y recibió lo que se merece! —Georg rio, tratando de animarlo. Tom le dio una mirada de soslayo. —¿De verdad crees que harían eso? —Por supuesto que no— Gustav meneó la cabeza. —Pero el pequeño bastardo se lo merecería— Georg rio entre dientes. —Reina Elena dijo que lo casaría con el primer mendigo que apareciera...— Tom recordaba —¿No es por lo general una mujer de palabra? —No creo que ese tipo de palabras cuenten, Majestad— Gustav dijo razonablemente —Ninguna reina obligaría a su único hijo a casarse con un mendigo - eso es ridículo. —Pero sería muy divertido— Georg seguía riendo al azar. —¿Qué pasaría si ella realmente lo hiciese?— Tom dijo pensativo. —Entonces ese demonio probaría un poco de su propia medicina y todos viviríamos felices para siempre— dijo Georg brillantemente mientras que Gustav rodó los ojos con una sonrisa. Tom se quedó mirando su libro, la idea loca formándose lentamente en su cabeza. —Llama al barbero. Necesito un afeitado —él tomó la decisión, cerrando el libro y levantándose. —¿Qué?— Georg y Gustav preguntaron en unisón. —Y búscame los trapos más sucios, más antiguos que se pueden encontrar— instruyó a sus escuderos. —P-pero, su Majestad ¿qué piensa hacer?— Preguntó Gustav con los ojos abiertos, obviamente ya temiendo algo. —Voy a averiguar si Reina Elena es fiel a su palabra— Tom sonrió lentamente, su mente llenándose de un millón de planes de cómo conseguir a ese maldito príncipe que había estado volviéndolo loco desde el momento que su vista cayó sobre él. —¡Pero, su Majestad! !No puede hacer algo así!— Gustav dijo en ultraje, mientras que Georg lucía totalmente excitado y divertido. —Soy el rey - creo que estoy autorizado a vestir como un mendigo si quiero— Tom sonrió entre dientes. —Sí, ¡vamos a hacerlo!— Georg asintió con entusiasmo mientras Gustav se veía absolutamente horrorizado.
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