—Eso también ha sido un incidente —murmuró Razumov— sumamente grato… para mí. —¡Déjelo ya! —exclamó Sophia Antonovna—. Nadie presta atención a los ladridos de Nikita. Lo hace sin maldad. Escuche lo que tengo que decirle. Tal vez le aclare algunas cosas. Había en San Petersburgo una especie de campesino urbano, un hombre que tenía caballos. Llegó allí hace unos años para trabajar como conductor al servicio de algunos conocidos, y terminó haciéndose propietario de un par de coches de caballos. Bien pudo haberse ahorrado el ligero esfuerzo que hizo para decir «¡Espere!», puesto que Razumov no tenía intención de abrir la boca; por nada del mundo habría interrumpido en ese momento, ni siquiera para salvar la vida. Contrajo involuntariamente los músculos faciales, no más allá de una leve tensi

