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Una esposa a la fuerza

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Descripción

Sofia Burgess ha soportado las malas acciones de su familia desde que tiene uso de razón, pero ahora en sus manos tiene la posibilidad de alejarse de todo ese tormento y comenzar a formar un hogar feliz con el hombre que considera el amor de su vida. Marcus Jones es todo lo que ella necesita.

Pero sus sueños se derrumban al encontrar a su prometido con su hermana y cada esperanza, de una vida feliz después de tantas malas acciones, se esfuma.

Se ve obligada a casarse con un hombre que no conoce para satisfacer a esa familia que no es tan cercana. Por un escaso día llega a creer que quizás eso no sea una tortura, porque Ethan O’ Brien demuestra ser un hombre que puede ganarse su corazón en el futuro.

Sin embargo, la noticia de la boda más esperada del año es tendencia a nivel internacional y ese magnífico joven que estaba mostrando ser alguien especial, desaparece.

Una serie de eventos llevan a Sofia a enfrentar miedos y a demostrarse a sí misma que no es tan débil como cree. Pero esa noche eterna escucha unas palabras que la destrozan, aunque ese desconocido no tiene derecho a hacerle daño: ella me da lástima. Además de que descubre un secreto que la hace verlo todo desde otra perspectiva.

Lo que comienza como un matrimonio a conveniencia, termina siendo una verdadera locura.

Un acuerdo puede mejorarlo todo.

Verdades a medias pueden ser contadas.

Una atracción que está latente, pero que no se atreven a dejar fluir.

Y cuando comienza a confiar, una vez más, su vida da un vuelco.

Pero ahora es el momento de hacer la pregunta que puede cambiarlo todo: ¿el tiempo transcurrido en esa isla alejada de todos será suficiente?

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Capítulo 1| Mi realidad.
Narra Sofia Burgess. —Qué bien se siente estar en casa al fin —exclamo, emocionada, cuando la inmensa mansión donde mi prometido me espera aparece en mi campo de visión. —Bienvenida de vuelta, señorita Burgess —responde con amabilidad el chofer que me hizo el favor de buscarme al aeropuerto sin decirle a nadie de mi llegada—. El señor Jones no sabe de su regreso y me alegra formar parte de esta sorpresa. Le sonrío a través del espejo retrovisor al señor canoso que es de los trabajadores más antiguos de la familia de mi futuro esposo. Miro por la ventanilla una vez más y siento el cosquilleo emocionado en mi estómago. Después de dos años estudiando en el extranjero, de viajes esporádicos para visitar a mi novio Marcus, estar de regreso y comenzar mi vida junto a él, se siente como la mayor expresión de felicidad. Nunca imaginé que podría ser posible que yo viviera en este estado de satisfacción constante. Ciertamente, no después de todos los desplantes que siempre ha tenido mi familia conmigo. O lo que llamo familia, pero que no es nada parecido a una. Encontrar al hombre de mi vida a pesar de todo y que él quiera pasar el resto de su vida conmigo, lo considero una bendición. Las ansias me comen y mis manos tiemblan con la anticipación, cuando el auto rodea la fuente frente a las escaleras que dan paso a la puerta principal. Me ayuda a bajar y mientras él saca mis maletas del maletero, yo subo los escalones y entro a la casa. El enorme salón se extiende frente a mí, lo atravieso con rapidez y me dirijo directamente al despacho de Marcus, donde me dijo que estaría trabajando hoy por algún motivo que no pudo explicarme Siento el sonido de mis tacones resonando en el piso pulcro y casi que ando de puntillas para no descubrirme. El pasillo iluminado se siente frío cuando me adentro en él y a medida que me acerco, los latidos de mi corazón se vuelven frenéticos. Escucho un murmullo, primero, cuando estoy a poco menos de dos metros de la puerta. La sonrisa en mis labios se tambalea, pienso que tal vez Marcus tiene algún negocio entre manos y no quiero interrumpirlo. Incluso tengo la intención de dar un paso atrás, cuando una voz que reconozco llega a mí. Y no son palabras lo que escucho. Son gemidos. Gemidos fuertes, femeninos. Deshago la distancia sabiendo que lo que voy a ver no me hará bien. En algún punto mi cerebro considera enviar a mis pies la orden de alejarse. Pero no lo logro. La otra parte de mí, la que confía en él y se imagina una vida a su lado, me pide que me asegure antes de pensar lo que no es. Es entonces cuando me doy de bruces contra la realidad. La puerta entreabierta no me deja margen de dudas. Marcus está de espaldas a mí, con su pantalón hecho girones a sus pies, sus caderas moviéndose a una velocidad feroz y unas piernas largas y bronceadas aferradas a ellas. Me quedo congelada en el lugar, asimilando la imagen frente a mí. Alzo la mirada con una lentitud que debería considerarse tortura, porque duele cada gramo de mi cuerpo al ver esto. Y cuando me encuentro con los ojos maliciosos de mi hermana, mirándome desde su posición sobre el escritorio, grito. —¡Marcus! ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que está pasando aquí? El escenario cambia en cuestión de una fracción de segundo. Y la mueca de fastidio de Rebecca por interrumpirlos, hace arder mis pulmones con sentimientos oscuros que me niego a experimentar. —Sofi… Marcus se voltea como puede, no lo hace del todo y agradezco no tener que ver la forma en que se folla a mi hermana delante de mí. —Sofi, una mierda, Marcus —replico, entre gritos. Lo señalo con una mano temblorosa que todavía no sé si es de rabia o de dolor—. ¿Así es cómo pasas el rato mientras yo estoy fuera? Un sollozo se me escapa cuando él niega insistentemente con la cabeza, pero la mirada calculadora de Rebecca me confirma lo que ya presentía. —¿Desde cuando me ves la cara de idiota? Marcus trata de subirse el pantalón y yo me volteo, con un dolor insoportable en el pecho, para no ver su entrepierna todavía activa. Cierro mis ojos y trato de controlar mi respiración. —Sofi, por favor…esto no es lo que crees. La ironía del siglo. Suelto una carcajada que me sorprende hasta a mí. —¿Ah, no? —Me suelto de malos modos cuando él llega a mí e intenta tocarme. —No es cómo crees, esto nunca antes había pasado, lo juro —habla acelerado, como si de verdad tuviera la esperanza de que yo escuche sus justificaciones—. Solo fue…solo me dejé llevar… La bofetada que le suelto resuena en todo el espacio. Mi mano pica y por unos segundos, todo se queda en silencio. Marcus mueve su mandíbula y asiente con su cabeza, aceptando su culpa. Me da asco su actitud. Y aunque me gustaría quedarme y demostrar ante estos dos que soy una mujer fuerte, la verdad es que me siento destruida. Doy media vuelta y salgo corriendo. Detrás de mí escucho el grito desesperado de Marcus intentando detenerme y es como si me abriera una herida profunda. ¿Qué espera que yo haga?, ¿aceptar su maldita traición y fingir que nada sucede? Puede que esté sola en el mundo y que no tenga lugar a donde ir, pero él no va a seguir limpiando el piso con mi dignidad. ------ La alta música retumba a mi alrededor, mi cabeza da vueltas después de la última copa y todavía puedo mantenerme recta sobre la banqueta por algún motivo desconocido. Ahogo mis penas de la única forma que encuentro. Tengo claro que después de esta noche todo cambiará para mí y necesito sentir que soy dueña de algo, así sea unas pocas horas de mi propia vida. Por más que trato de olvidar lo que me trajo hasta aquí, no lo logro. Sigo viendo esa horrenda escena en la que el hombre que amo con todas mis fuerzas estaba teniendo sexo con mi propia familia, mi media hermana. Cada vez, el recuerdo se vuelve más oscuro y más doloroso. Y me obliga a beber otro trago que me lleve a la inconsciencia y me saque de esta miseria. Siento muchas miradas sobre mí. Hombres para los que aparento ser presa fácil. Bien que podría irme a la cama con uno de ellos, ¡total!, ¿de qué sirve mantenerse virgen si para quien guardabas tu inocencia decidió saciar sus ganas con otra mujer? —¡Arggg! ¡Maldito! ¡Hijo de puta! ¿Cómo pudo hacerme esto? —sollozo, estampando el vaso de cristal contra la madera de la barra, queriendo realmente lanzarlo del otro lado y sentir cómo se hace añicos contra la pared. Así como mi corazón. —Señorita, ¿por qué mejor no se va a casa? El chico que me mira del otro lado de la barra tiene dos cabezas. Y se mueve mucho. Inclino la mía hacia un lado y entrecierro mis ojos para intentar enfocar mi mirada. —Porque no tengo casa, ¿sabes lo que se siente que te pongan los cuernos a solo unos meses de celebrar la boda de tus sueños? No sé si grito, lloro o solo susurro. Lo único que tengo claro es que, con cada segundo, mis brazos resbalan por la madera y termino con mi cabeza apoyada sobre la barra. Con ganas de dormir. Creo que cierro los ojos. Voces a mi alrededor me arrullan hasta que mis ojos pesan y ya no puedo abrirlos. Pero de repente unos brazos me rodean y me obligan a levantarme. Lucho contra la persona que trata de alejarme de mi sueño, donde continúo viviendo con una felicidad que ya no existe, pero fracaso estrepitosamente. Me sacan a trompicones del bar donde estaba bebiendo hasta no decir basta y aunque creo reconocer una dulce fragancia, no soy capaz de identificarla. No es hasta que salimos al silencio de un recibidor, que la voz de mi amiga Merlyn llega fuerte y clara. —Sofia, ¿qué crees que estás haciendo? —¿Merlyn? Levanto mi cabeza y veo sus ojos verdes, decepcionados, mientras me arrastra hasta el baño más cercano. —¿Puedes explicarme qué significa todo esto? ¿No se supone que estás en el extranjero? Niego con la cabeza y no puedo evitar el llanto que llega de repente. Justo a tiempo, entramos al baño y las ganas de vomitar que me embargan me llevan hasta el primer escusado. Devuelvo todo lo que tengo en el estómago, que básicamente es solo alcohol. Merlyn me sostiene el cabello y me ayuda, a pesar de que no tiene idea de lo que pasa. Cuando me incorporo, un poco menos mareada que minutos antes, busco sus ojos y ya no dejo de llorar. Le cuento entre sollozos crudos todo lo que pasó y terminamos llorando juntas, maldiciendo al imbécil que me demostró lo poco que yo significaba para él. —¿Dónde te estás quedando? —pregunta, cuando el silencio del baño pesa sobre nuestros hombros derrotados. Sentadas en el piso, miro la pared frente a mí. Me siento mejor, aunque sigo igual de destruida. —Me hospedé en este mismo hotel esta noche. No tenía ninguna intención de llegar a casa de mi familia y encontrarme con la cara de satisfacción de Rebecca. —Esa perra —gruñe mi amiga, furiosa. —Creo que necesito dormir, mañana no será un buen día. Mi voz suena cansada y la calma momentánea comienza a desaparecer. —¿Te acompaño a tu habitación? Niego. —No, no es necesario. Ya me siento mejor, puedo ir sola. Me levanto y me tambaleo, pero logro sostenerse de la pared. Mi amiga me mira con duda, pero me alejo de ella. Ahora mismo solo veo lástima en sus ojos y no es lo que necesito. —Gracias por ayudarme. Siento sus pasos detrás de mí hasta que el ascensor se abre y yo entro. Vagamente veo que hay alguien más dentro. Cuando me volteo, le dedico una sonrisa a mi amiga y me despido con un gesto de mi mano. Las paredes de metal me abruman en cuanto se cierran. Lo poco que había mejorado, va en reversa en cuanto el ascensor comienza a subir. Para cuando vuelven a abrirse, mis piernas ceden y salgo dando tumbos por el pasillo. Las puertas de las habitaciones son todas iguales y miro los números tratando de dar con la mía. Y cuando escucho una voz detrás de mí, salto en el lugar, porque no tenía idea que estaba acompañada. —Creo que esta es su habitación, señorita. Me giro a tiempo de ver un hombre de traje, pero no distingo bien su rostro, la luz amarillenta del pasillo hace doler mi cabeza. —Gra...gracias —tartamudeo una respuesta y sigo el camino que me señala. Saco la tarjeta que abre la puerta y cuando intento ponerla, que no puedo, ese mismo señor me ofrece su ayuda. —Permítame. Me dejo hacer porque estoy al borde de un desmayo. Ni siquiera pienso en nada más que no sea acostarme a dormir y olvidar todo por unas horas. —Listo. La puerta suena con un suave clic, agradezco y entro, cerrando la puerta detrás de mí. Avanzo solo unos pasos cuando me encuentro de frente con una cama y me dejo caer. En medio de mi aturdimiento, me parece escuchar un ruido proveniente del baño, pero no hago caso y cierro los ojos al fin.

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