Capítulo Veintidós Ahora que lo tengo a unos centímetros, me lo como con los ojos. Este tío es el equivalente visual del cristal de anfetamina apara los ovarios. —¿Te he dicho lo fabulosa que estás esta noche? —murmura, devolviéndome la mirada con avidez. El calor se apodera de mi piel mientras me acerco, envalentonada tanto por el alcohol como por el obvio deseo de esa mirada azul celeste. —Es posible que haya surgido el tema. Su voz se vuelve ronca. —También hueles deliciosamente. —No tanto como tú. —Me inclino y respiro descaradamente el apetitoso aroma a té que me ha estado volviendo loca toda la noche. Me agarra por la barbilla para levantarme la cabeza y mirarme a los ojos. Pierdo mi lucha contra mi autocontrol y alargo la mano para domar su rebelde cabello, que resulta ser

