Capitulo 9

1348 Palabras
Dante Han pasado tres semanas desde que Lucía llegó a la casa. Tres semanas y todavía no logro descifrarla. La pantalla frente a mí muestra el jardín trasero. Lucía está sentada en uno de los sillones de hierro blanco, con una taza entre las manos. Lleva un suéter claro y el cabello suelto cayéndole por los hombros. Desde esta distancia parece tranquila. Pero sé que no lo está. He visto suficiente de ella estas semanas para reconocer cuando su mente está trabajando. Se levanta. Camina lentamente por el jardín, como si solo estuviera disfrutando el aire fresco… pero sus ojos no se quedan quietos. Miden distancias. Observan la reja. Los guardias. Las cámaras. Sonrío apenas. —Siempre mira el mismo punto —dice Marco detrás de mí. No volteo. —¿Cuál? —La salida norte. Lo observo unos segundos más en la pantalla. Tiene razón. Lucía vuelve a detenerse cerca del sendero de piedra y mira hacia la reja por tercera vez en menos de dos minutos. —Está pensando en escapar —concluye Marco. —No —respondo con calma—. Está pensando si podría hacerlo. Marco suelta una pequeña risa. —¿Y podría? Ahora sí giro la cabeza para verlo. —No. La respuesta es simple. No hay forma. Hay demasiados hombres afuera, demasiadas cámaras, demasiados muros. Pero aun así no aparto la mirada del monitor. Lucía vuelve a caminar. Esta vez más despacio. Sus brazos se cruzan sobre el pecho como si el aire fuera más frío de lo que realmente es. Hay algo en su forma de moverse que me irrita. No sé exactamente qué. Tal vez la forma en que parece estar constantemente buscando una salida. Tal vez el hecho de que cada vez que pienso que está empezando a adaptarse… vuelve a mirar las rejas. O tal vez el problema soy yo. Porque paso demasiado tiempo mirándola. Mucho más del que debería. Mi teléfono vibra sobre el escritorio. No necesito mirar para saber quién es. El padre de Lucía. Otra vez. Ya perdí la cuenta de cuántas llamadas lleva. —¿Vas a contestar? —pregunta Marco. Lo tomo en la mano, observo el nombre en la pantalla y luego lo dejo de nuevo sobre el escritorio. —No. —Está desesperado. —Está endeudado —corrijo. Marco se recarga contra la pared. —Dice que pagará lo que sea para recuperarla. Eso me hace soltar una risa corta. —¿Con qué dinero? Silencio. En la pantalla, Lucía vuelve a sentarse. Esta vez no mira las rejas. Mira el cielo. Parece cansada. Algo en mi pecho se aprieta de una forma que no me gusta. —Deberías dejar de mirarla tanto —dice Marco. Levanto una ceja. —¿Perdón? —Solo digo que… llevas media hora viendo la misma cámara. —Estoy vigilando la propiedad. Marco se encoge de hombros. —Claro. Lo ignoro. Lucía se levanta otra vez. Camina hasta una de las esquinas del jardín, cerca de los rosales. Se agacha. Por un segundo desaparece del ángulo de la cámara. Me inclino un poco hacia la pantalla. —¿Qué está haciendo? —murmura Marco. Lucía vuelve a aparecer… y ahora tiene algo en la mano. Una piedra pequeña. La sostiene unos segundos, mirando hacia la reja. Ah. Interesante. Se acerca un poco más al límite del jardín y lanza la piedra hacia el césped exterior. No llega muy lejos. Pero uno de los guardias inmediatamente gira la cabeza hacia el ruido. Lucía se queda quieta. Observando. Midiendo la reacción. Marco suelta una carcajada. —Está probando el perímetro. Apoyo los codos sobre el escritorio. Lucía mira hacia la casa. Directamente hacia la cámara. Como si supiera que la estoy viendo. Y por un segundo… lo siento. Esa pequeña chispa. Desafío. —Voy a salir —digo levantándome. Marco frunce el ceño. —¿Para qué? —Para recordarle que no está sola en esta casa. --- Lucía está caminando de vuelta hacia la terraza cuando salgo por la puerta trasera. Se detiene en seco al verme. Hay algo casi cómico en la forma en que intenta disimular. —Buenos días —digo con tranquilidad. Ella tarda un segundo en responder. —Buenos días. Sus ojos bajan brevemente hacia mis manos, como comprobando si llevo algo. Armas. Cualquier cosa. No llevo nada. —Bonito lanzamiento —añado. Lucía parpadea. —¿Qué? —La piedra. Sus mejillas se tensan apenas. —No sé de qué hablas. Camino unos pasos hacia ella. —La cámara del rosal tiene muy buen ángulo. Ahora sí se da cuenta. Su mirada va hacia la casa… hacia la ventana donde está mi oficina. —¿Me estás vigilando todo el tiempo? —La casa tiene cámaras —respondo—. No es algo personal. Lucía cruza los brazos. —Claro que no. La observo unos segundos. Tiene el ceño fruncido, pero no parece asustada. No como antes. Eso es… nuevo. —¿Querías saber cuánto tardaban en reaccionar los guardias? —pregunto. Silencio. Lucía no responde. Pero tampoco lo niega. —Tres segundos —añado—. Ese fue el tiempo. Sus ojos se entrecierran. —¿Cronometraste eso? —Sí. La frustración aparece claramente en su cara. —Estás enfermo. Sonrío levemente. —Probablemente. Lucía pasa una mano por su cabello, exasperada. —¿Y qué ibas a hacer si intentaba escapar? Me encojo de hombros. —Depende. —¿De qué? La miro directamente. —De si lo lograrías. Ella suelta una pequeña risa incrédula. —Qué considerado. Hay un momento de silencio. El viento mueve ligeramente su cabello. Y por primera vez desde que llegó… no se aparta inmediatamente cuando estoy cerca. —No lo lograrías —añado con calma. Lucía levanta la barbilla. —Tal vez. —No. —No puedes saberlo. Me acerco un paso más. Ahora estamos lo suficientemente cerca como para que note cómo su respiración se vuelve un poco más corta. —Lucía. Su nombre sale más bajo de lo que esperaba. —Si intentaras cruzar esa reja —digo señalando el portón— uno de mis hombres te detendría antes de que llegaras a la mitad del jardín. Ella no aparta la mirada. —¿Disparándome? —No. —¿Entonces? La observo un momento. —Cargándote de vuelta. Su expresión cambia ligeramente. No esperaba esa respuesta. —Qué humillante —murmura. —Para ambos. El silencio vuelve. Esta vez más pesado. Lucía mira hacia la casa… luego hacia los guardias… y finalmente vuelve a mí. —Entonces ¿por qué no me encierras en una habitación y ya? La pregunta es directa. Honesta. La miro unos segundos antes de responder. —Porque no eres una prisionera. Lucía suelta una risa seca. —Eso suena muy bonito considerando que no puedo irme. Tiene razón. Pero no digo nada. Ella suspira y se deja caer nuevamente en el sillón del jardín. —Esto es absurdo. Me quedo de pie frente a ella. —¿Qué cosa? —Todo. Hace un gesto amplio con la mano señalando la casa, los guardias, los muros. —Tú. La palabra queda flotando entre nosotros. —¿Yo? —Sí. Me inclino un poco hacia ella. —¿Qué tengo yo de absurdo? Lucía me mira. Directamente. Y por un momento parece dudar en decirlo. —No actúas como esperaba. —¿Cómo esperabas que actuara? Silencio. Luego dice, más bajo: —Peor. Algo dentro de mí se tensa ligeramente. —Tal vez todavía no me conoces lo suficiente. Lucía se queda quieta unos segundos. Luego baja la mirada. —Tal vez. El viento mueve otra vez las hojas de los árboles. Finalmente me enderezo. —Deberías desayunar. Ella suspira. —Sí. Doy un paso hacia la casa… pero antes de entrar me detengo. —Lucía. Ella levanta la mirada. —La próxima vez que quieras probar el perímetro… Sus cejas se levantan ligeramente. —Lanza algo más grande. —¿Por qué? Una pequeña sonrisa se forma en mi boca. —Será más interesante de ver.
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