Capitulo 10

1177 Palabras
Lucía La primera noche que pasé en esta casa no dormí casi nada. Ahora, tres semanas después, sigo despertándome varias veces durante la madrugada, como si mi cuerpo todavía no terminara de aceptar que este lugar es… real. No sé exactamente cómo describirlo. No es una prisión en el sentido normal. Nadie me encierra en una habitación. Puedo caminar por la casa, salir al jardín, incluso sentarme en la terraza cuando el sol empieza a caer. Pero cada rincón tiene algo que me recuerda que no soy libre. Las cámaras. Los hombres armados. Las miradas que me siguen demasiado tiempo. Y él. Dante. Me siento en uno de los sillones del jardín con una taza de café que ya está casi frío entre mis manos, se ha vuelto mi rutina últimamente. El aire de la mañana es fresco, y las hojas de los árboles se mueven suavemente con el viento. A simple vista, todo parece tranquilo. Pero yo sé lo que hay detrás. Al principio pensé que exageraba, que tal vez estaba paranoica… pero no tardé mucho en darme cuenta de que no lo estaba. Los hombres que vigilan la propiedad no son simples guardias. Caminan como soldados. Hablan poco. Siempre llevan armas. Y Dante… Dante es el centro de todo. Lo supe el día que escuché una conversación que no estaba destinada para mí. Había bajado a la cocina muy temprano, antes de que el resto de la casa estuviera despierta. Pensé que podría salir al jardín sin que nadie me siguiera, solo para probar hasta dónde podía llegar. Pero cuando pasé cerca del despacho escuché su voz. No estaba gritando, pero hablaba con una calma tan fría que me hizo detenerme. —Si vuelve a pasar algo así, no quiero excusas —dijo—. Quiero soluciones. Hubo silencio. Luego alguien respondió algo que no logré entender. Y Dante contestó algo que todavía se me queda dando vueltas en la cabeza. —Entonces encárgate de que no vuelva a respirar. En ese momento mi estómago se encogió. No fue la frase. Fue la naturalidad con la que la dijo. Como si ordenar algo así fuera tan normal como pedir un café. Ese fue el momento en que lo entendí. Dante no es solo un hombre rico con demasiados guardias. Dante es un mafioso. Desde ese día todo empezó a tener más sentido. Las llamadas constantes. Las reuniones a puerta cerrada. Las miradas de respeto… y de miedo que le tienen los hombres que trabajan para él. Aprieto un poco más la taza entre mis manos. Si realmente quisiera escapar… debería intentarlo. He pensado en eso muchas veces. Cuando camino por el jardín trato de memorizar dónde están los guardias. Cuántos cambian turno. Qué puertas están cerradas. Qué ventanas no tienen rejas. Mi mente analiza todo automáticamente, como si estuviera preparando un plan. Pero cada vez que llego a ese punto… algo dentro de mí se detiene. Porque también hay otra voz. Una que no entiendo. Una que me dice que aquí estoy segura. Y eso es lo que más me confunde. Porque no debería sentir eso. Dante fue quien me trajo aquí. Contra mi voluntad. Y aun así… Nunca me ha tocado. Nunca me ha amenazado directamente. Nunca me ha hablado con violencia. Siempre mantiene cierta distancia, como si no quisiera asustarme más de lo que ya estoy. Eso no tiene sentido. Nada de esto lo tiene. Dejo la taza sobre la mesa y me levanto para caminar un poco por el jardín. Los guardias siguen en sus lugares habituales. Uno cerca del portón principal, otro caminando cerca del perímetro. Ni siquiera me miran. O tal vez sí… solo que disimulan mejor que antes. Respiro hondo. Si quisiera correr ahora mismo… probablemente no llegaría ni a la reja. Y aun si lo hiciera, no sabría a dónde ir. Escucho pasos detrás de mí. No necesito voltear para saber quién es. Hay algo en la forma en que camina… firme, tranquilo… que ya reconozco. Dante Hace varios días ha venido a encontrarme siempre en el jardín mientras me tomo mi café. Ya siento su presencia antes de verlo. —¿No duermes? —dice su voz detrás de mí. Es grave, tranquila. Me giro lentamente. Camisa negra, mangas arremangadas hasta los antebrazos, el cabello ligeramente despeinado como si también hubiera dormido poco. Por un momento nos quedamos en silencio. Sus ojos se detienen en mí con una intensidad que me incomoda un poco. —Dormí —respondo finalmente. No es del todo mentira. Solo que no fue mucho. Dante asiente ligeramente, como si aceptara la respuesta aunque sepa que no es completa. —El café se enfría rápido aquí afuera —dice mirando la taza que dejé en la mesa. No sé por qué, pero eso me hace fruncir un poco el ceño. —¿Me sigues vigilando? La pregunta sale antes de que pueda detenerla. Dante no parece sorprendido. De hecho… casi parece divertido. Debería sentir miedo. Pero en lugar de eso… siento algo extraño. Algo parecido a tranquilidad. Lo cual es completamente absurdo. —Podrías intentar disimular un poco —murmuro. Dante da un paso más cerca. No demasiado. Solo lo suficiente para que la distancia entre nosotros se sienta… diferente. —Si intentara disimular —dice— probablemente confiarías menos. Lo miro. Intento encontrar algo en su expresión. Alguna señal de mentira. Pero su rostro sigue igual de tranquilo. Mis ojos bajan por un segundo sin que pueda evitarlo. Su mandíbula marcada. Las mangas arremangadas. Las manos grandes, relajadas a los lados. Es atractivo. Ridículamente atractivo. Me di cuenta de eso desde el primer día, aunque me haya negado a pensarlo demasiado. Levanto la mirada rápidamente otra vez. —Sigues pensando en escapar —dice de pronto. La frase me toma por sorpresa. Se acerca un poco más. Ahora está lo suficientemente cerca como para que tenga que inclinar ligeramente la cabeza para mirarlo. —Es lo que haría cualquiera en tu lugar. No sé si eso era un intento de tranquilizarme. Pero lo logra. Un poco. Dante se endereza ligeramente. —Deberías desayunar —dice con calma—. El chef ya debe estar despierto. Y así, como si nada, comienza a alejarse. Da dos pasos. Luego se detiene. Sin voltear completamente, dice: —Lucía. —¿Sí? Su mirada se cruza con la mía por encima del hombro. —Si alguna vez decides correr… avísame primero. Frunzo el ceño. —¿Para qué? Una sombra de sonrisa vuelve a aparecer en su rostro. —Para asegurarme de que nadie te dispare por accidente. Y luego se va. Me quedo ahí, en medio del jardín, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. No sé si debería sentirme más asustada. Pero la verdad es otra. Mientras lo veo desaparecer dentro de la casa, un pensamiento incómodo aparece en mi cabeza. Tal vez el verdadero problema… no es que quiera escapar. Tal vez el verdadero problema es que una parte de mí ya no está tan segura de querer hacerlo.
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