Capítulo 3. Una jaula de Cristal

1280 Palabras
Ha pasado una semana y todo parece volver a la normalidad. Al menos para Nino, él se ocupa de los negocios y pendientes que ha dejado mi padre. En su defensa, el mundo no puede detenerse, no hay tiempo para el duelo. Menos, cuando los responsables de la muerte de mi padre, siguen respirando. —Voy a mancharme a Roma —pronuncio, abriendo la puerta, interrumpiendo lo que sea que esté haciendo. —Déjanos solos —le ordena al hombre sentado en la silla frente a él. El tipo se levanta y hace una reverencia antes de abandonar la habitación. —¿A Roma? —Sí, no tiene sentido que me encierre en las cuatro paredes de mi habitación. Tú mismo has dicho que la vida debe continuar, pues bien, es lo que deseo hacer. Volveré a Roma y me quedaré allí permanentemente —digo. Tengo que encontrar a Franco, he estado intentando comunicarme con él sin ningún éxito, eso me preocupa. Él prometió llamarme y no lo hizo. No quiero pensar de más, pero la fatalidad llega cuando menos lo esperas. La muerte de mi padre es una prueba de ello. —¿Por qué? —No puedo quedarme en Palermo, mi vida está en Roma —alego, pero él niega mientras se levanta de la silla que antes ocupó mi padre. —No puedo dejar que te vayas, Cara. Me tenso ante su negativa, pero está muy equivocado si cree que puede detenerme. He tomado una decisión y sin mi padre, no tiene sentido quedarme en una casa que está llena de recuerdos. Necesito distraerme, sacar todo este peso que llevo dentro. —No te estoy pidiendo permiso, Nino, te estoy informando que volveré a Roma. Tú no me necesitas aquí. —Lo que no necesito es correr riesgos, Cara. Eres la hija de Dante Basile, ¿tienes idea de lo que nuestros enemigos te harán si llegan a ponerte las manos encima? Si su intención es asustarme, no va a conseguirlo. —He vivido como una persona común y corriente todo este tiempo, Nino, nada va a cambiar. Mi perfil es bajo, y… ­—¡No dejarás Palermo! No voy a darle ninguna maldita oportunidad a nuestros enemigos de llegar a mí. Mis dientes se hunden en la carne blanda de mi mejilla, y el hierro de mi sangre se mezcla con mi saliva. Esto no se trata de mí, sino de él, de su seguridad. «Qué tonta soy» —No puedes obligarme a vivir en un sitio que no quiero, Nino. Mi padre me ha dado libertad para tomar mis propias decisiones. —¡Nuestro padre ya no está! —grita. Se acerca a mí tan rápido que no lo veo venir, sus manos se cierran sobre mis hombros y me sacude con fuerza—. Nuestro padre está muerto, tú y yo somos los únicos que quedamos vivos de la familia, Cara. No voy a dejar que te conviertas en un punto ciego. ¡Me niego a que seas mi talón de Aquiles! —Me lastimas —pronuncio, intentando liberarme de su agarre. Los dedos de Nino son como un grillete sobre mi piel. —No te irás —insiste—. El testamento de nuestro padre va a abrirse el fin de semana. Dos días, Cara, solo quédate dos días antes de que decidas cualquier cosa, ¿puedes hacerlo en memoria de nuestro padre? Sus dedos dejan de presionar mi carne, me aparto de él y me niego a tocar el área herida. No voy a mostrarme débil delante de él. —Quiero estar entre mis pinturas y pinceles, puedo volver en dos días. —No. —Nino. —Hay una habitación en el ala sur, mandé instalar un taller con todo lo que necesitas para que no eches de menos Roma. —¿Qué? ¿Mandaste gente a Roma por mis cosas? ¡¿Entraste a mi apartamento?! —grito, temiendo lo peor. El miedo a que descubra la existencia de Franco me hiela la sangre. —Claro que no, no ha sido necesario. Mandé a instalar un nuevo taller, si quieres, hasta puedo comprarte un par de galerías para tu uso personal. Lo que sea, pero no dejarás Palermo. —No soy una prisionera, Nino, no puedes decidir mi vida —insisto, aunque sé que no sirve de nada. Lo peor vendrá cuando tome la posición de líder después del testamento. Se convertirá en el amo y señor de Sicilia y así como se está comportando posiblemente hasta de mi vida. —¿Qué parte no te ha quedado clara, Cara? Estamos en guerra y si tú no colaboras por las buenas, lo harás por las malas. ¡Es mi última palabra! —sentencia. Su rostro es una máscara fría, sus ojos brillan con peligro. Sé que no cederá. Me siento enojada y tan frustrada que no soy capaz de responder, giro sobre mis pies y salgo de la misma manera intempestiva con la que llegué. Apresuro mis pasos cuando siento que alguien camina detrás de mí, dudo que se trate de Nino, él no va a perder su tiempo persiguiéndome por toda la casa, menos cuando ya ha dictado su sentencia. —¿Qué haces? —pregunto, deteniéndome en el quinto escalón, giro y me encuentro con Carlo, el hombre de confianza de Nino. —Tengo órdenes de no perderla de vista, señorita Basile. —Su rostro es tan serio que me hace dudar si conoce lo que es sonreír. No es mi maldito problema si lo hace o no. —No necesito un niñero, Carlo —respondo apretando el puño con fuerza. —Son órdenes del señor Basile, no puedo desobedecer —responde tajante. Maldigo y continúo caminando hacia el ala sur. Soy consciente de la presencia de Carlo, pero no vuelvo a prestarle atención. Giro en la última esquina y abro las dos enormes puertas de madera finamente barnizadas. La respiración se me corta al entrar a la habitación, tiene una excelente iluminación y una vista que inspiraría a cualquier artista. Es perfecta, pero no puedo evitar sentirme dentro de una jaula de cristal. —Vete —le ordeno a Carlo sin verlo. —Señorita… —No tengo intención de dejar esta habitación en los próximos dos días, es asunto tuyo si quieres hacer guardia en el pasillo —camino hasta las lujosas puertas invitándolo a salir y apenas pone un pie afuera, las cierro para tener mi tan ansiada y necesaria privacidad. Solo entonces permito que los muros se derrumben dentro de mí. Un sollozo lastimero abandona mi garganta, me sostengo de una mesa y trato de buscar aire. La presión en mi pecho es asfixiante y el dolor se hace insoportable. He perdido a mi padre y sé que nada volverá a ser igual en mi vida. Lo que hace unos días creí sería mi libertad, se convirtió en todo lo contrario. No sé cuánto tiempo me llevará recuperar la serenidad, mi vista está clavada en el horizonte. Cuando mis lágrimas se han secado, vuelvo y cojo uno de los nuevos pinceles, lo empapo entre la pintura roja. Un rojo sangre y lanzo el primer pincelazo. No pienso en lo que hago, dejo que el dolor se adueñe de mí, pero esta vez lo expreso a través del arte. Durante la noche y luego de negarme a reunirme con Nino en el comedor, elijo un nuevo lienzo. El primer trazo del carbón es delicado y con cuidado voy dibujando el rostro de mi padre. No me detengo hasta que termino el cuadro mientras mi corazón no deja de doler olvidándome de todo lo que me rodeaba.
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