Esa noche me metí en la ducha y el agua caliente recorrió mi piel, tratando de calmar el torbellino que tenía dentro. Cuando salí, me miré al espejo con una mezcla de ansiedad y duda. Mis ojos recorrían cada curva, cada línea de mi cuerpo, y no pude evitar sentirme insegura. ¿Estaría a la altura? ¿Podría estar a la altura de Michael? Él, con ese cuerpo perfecto, de músculos marcados y piel tersa, el hombre que me había hecho arder con solo una mirada. Sentí que mi corazón latía con fuerza, y el nudo en el estómago crecía mientras me preguntaba cómo sería estar con él, entregarme sin reservas. Entonces sonó mi móvil. Miré la pantalla y apareció su nombre. Un mensaje corto, directo. Estoy en la esquina. O vienes o voy por ti. Una sonrisa traviesa y a la vez nerviosa se dibujó en mis lab

