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Ariel se sentó en uno de los taburetes frente a la barra, mientras esperaba su pedido. Sus pies dolían un montón, la noche estaba transcurriendo como lo había imaginado. Muchas personas entrando y saliendo de la pista de baile. Cuerpos pegados y sudados, al punto que a veces le daba un poquito de repelús. Aunque a ellos parecía no importarle o se acercaban a propósito. Lo peor de todo eso era que todavía faltaba cuarenta minutos, para que el artista se presentara en el escenario. Sin embargo, el DJ tenía muy buena aceptación y su música retumbaba las paredes, y tenía a todos bailando eufóricos. Daba por hecho que las propinas serían buenísimas, ya que había incluido en la jarra más de seis billetes de veinte dólares, y todavía era temprano.
Miró a Matthew, y frunció el ceño. Puesto que tenía mucho rato que no veía a Rebecca. Quien había tomado su descanso de quince minutos, pero ya había pasado más de media hora, y los clientes que estaban a su cargo, comenzaban a sentirse un poco ansiosos por el retraso de sus bebidas.
—¿Sabes en dónde está? —Ariel le preguntó por encima del sonido de la música.
—No, aunque creo que debe estar afuera fumándose un cigarro —Matthew al responder arrugó la nariz del disgusto.
—Esto puede complicarse, si no hacemos algo —inquirió Ariel—. Dame su pedido, yo lo llevaré.
Ella era capaz de tomar más trabajo, solo para que los clientes no se quejaran. Por ser área VIP, la mayoría eran amigos del dueño. Lo que a veces les generaba conflicto, ya que hacían la crítica de manera directa, y cero propinas.
Tenía más de un año trabajando en ese lugar, por eso era diestra llevando dos bandejas al mismo tiempo. Se acercó primero a su mesa, y luego iría a la de Rebeca.
—Tengo más de media hora que pedí un trago, ¿qué clase de servicio es este? —le dijo a Ariel, uno de los clientes de la mesa VIP.
Era un hombre de alrededor de unos treinta y cinco años, alto, con el cuerpo fornido. Su piel bronceada y el cabello con reflejos, le recordó a un surfista. No es que tuviera algo en contra del deporte, pero la mayoría eran cabezas huecas. Creían que se merecían atención inmediata, solo por ser guapos y dominar las olas en el mar. Sin embargo, tomó una respiración profunda, y cuadro los hombros, dándole estabilidad a la bandeja que llevaba en las manos, debía ser cuidadosa al momento de tratar con él. Lo menos que quería era que fuera a llorarle al dueño.
—Disculpe, caballero, por el retraso —Ariel le dio una sonrisa cordial, y usando un tono de voz más alto por la música agregó: —Mi compañera estará en unos momentos con ustedes, por esa razón le traje sus bebidas. Mientras ella no está, si desea yo puedo atenderle.
—¡Muy bien! —dijo el hombre mirándola de arriba a abajo con lujuria, y acercándose a ella, añadió: —¡¿Qué tal si te quedas conmigo un rato, nena?!
Su aliento a alcohol hizo que Ariel diera un paso hacia atrás. Aunque el hombre estaba completamente borracho, la agarró por el brazo de manera brusca e hizo que se sentara en su regazo.
—¡La respuesta es no! —manifestó con voz sería, al mismo tiempo que se levantaba rápidamente, y con todo el esfuerzo del mundo por tratar de ser cordial le dijo: —¡Por favor, compórtese!
—No tienes por qué ser tan arisca, como una gata —intervino uno de los acompañantes de este, y la agarró del cabello—. Eso es todavía más excitante, estamos en el área VIP como ves —se acercó a su oído y le dijo muy bajito: —Además, somos amigos de Andrey.
«¡Vaya mierda de casualidad!»
Los abusadores eran amigos del dueño del local, trataba de mirar a los lados en busca de ayuda. Pero los presentes parecían absortos en sus cosas, se sintió invisible. Su desesperación creció al darse cuenta de que tampoco Rebeca hacía acto de presencia.
«¡Dios mío! ¡Esto no me puede estar pasando!»
—Eso no importa, señor. Usted puede ser amigo del dueño, pero este comportamiento de igual forma no está permitido, son las reglas del club —fue lo único que se le ocurrió decir.
Ariel trató de soltarse de su agarre, pero el hombre le jaló del cabello más fuerte. Y en el momento en que sintió que el que la había abordado se le acercaba, se puso nerviosa. Todo sucedió en cámara lenta, tomó la bandeja que llevaba en una de las manos y se la estrelló en la nariz. Cuando el otro hombre la soltó asombrado, tomó la hielera y el líquido frío que estaba dentro se lo echó en la cara.
No contaba con que un tercero se levantara y le diera una bofetada, tan fuerte que la hizo caer al suelo.
—¡Perra estúpida! —gritó.
—¿Quién crees que eres? —cuestionó el hombre con la nariz reventada—. ¡Pagarás por esto! Ahora mismo sabrás cuál es tu lugar, y luego llamaré a Andrey para que te eche como la mierda de aquí.
Pensó que sería su fin, y que sucedería algo muy malo. Cuando notó que los dos hombres se le venían encima. Quedó completamente inmóvil, al darse cuenta de que un tercero se acercaba tan rápido que para ella fue como un borrón.
El recién llegado tomó a uno de estos por las solapas del costoso traje, y lo golpeó. Luego se acercaron dos hombres más. Se encendieron las luces del área VIP, los presentes miraron a los lados, puesto que no se habían dado cuenta de lo que sucedía en la mesa número cuatro.
—¿Estás bien? —inquirió Robert, uno de los hombres de seguridad del club, poniéndose de cuclillas frente a ella.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó una voz femenina
Detrás de él, estaba Rebeca. Quien le dijo con la mirada que comprendía perfectamente lo que estaba sintiendo. A ella no le pasó desapercibido que su compañera a veces cascarrabias tenía el labio inferior partido.
—¡Encárguense de estos idiotas! —espetó furioso Matthew.
—¡Esto no se quedará así! —espetó el que había abofeteado a Ariel.
—¡Llamaré a Andrey ahora mismo! —agregó el que le jaló de los cabellos.
—¡Haré que los despidan a todos, imbéciles! —concluyó el que había iniciado todo con su comportamiento impertinente.
—Deberían de ser más cuidadosos con la integridad de sus empleados —dijo una voz que en ese momento le pareció familiar—. Ellos son la prioridad, están por encima de amigos problemáticos.
Ariel enseguida alzó la vista, era el hombre que fue a visitarla a su casa en horas tempranas.
—¿Usted? —ella miró a los lados sorprendida, Ariel no supo el porqué se sintió aliviada.
Steve le dio una sonrisa y se encogió de hombros, pensaba preguntarle si la estaba siguiendo. Pero la verdad era que no podía reclamarle nada por estar en el club, ya que era un evento que se había promocionado durante tres meses. Aun así, algo le decía que no era casualidad.
—¡¿Qué carajo hiciste, niñata?! —quiso saber un hombre acercándose a ella de manera amenazante.
—¿Andrey? —susurró Rebecca.
Y este entrecerró los ojos hacia ella de una manera que la hizo salir del área.
—¿Sabes lo que has ocasionado? —continuó cuestionando el dueño del club, tomándola fuertemente del brazo.
—Esos hombres intentaron abusar de mí —respondió Ariel con voz quebrada.
—Son personas muy influyentes…
Al escucharle decir aquello, Ariel sintió como la furia calentaba su cuerpo.
—Quieres decir que porque son personas con dinero, tengo que dejar que me golpeen y abusen de mí —chilló ella—. Son importantes para ti, no para mí.
—Por algo estaban en el área VIP —le soltó Andrey con los dientes apretados, tratando de contener su enojo, y zarandeando un poco.
—Lo que ocurrió aquí, no tiene justificación —intervino Steve, que podía observarse que tenía los puños apretados a sus lados.
Andrey cuadro los hombros, y se puso frente a él. Lo miró de arriba a abajo, pero obviamente presintió que debajo de aquel traje tan elegante, hecho a la medida, había un hombre que cualquiera pensaría dos veces antes de tratar de mosquear. No le quedó de otra que darle la espalda, y continuar la descarga con su empleada.
—Ponte a trabajar, cuando termines tu turno te largas de mi club —la señaló con el dedo índice—. ¡No quiero verte nunca más! ¡¿Entendiste?!
—¡Eres un grandísimo, idiota! —exclamó Ariel—. ¡Eres tan abusador como tus amigos! No voy a trabajar toda la noche, para que al final me eches.
—¡Insolente! —la agarró del brazo— ¡No eres quién para gritarme!
De manera automática, con la mano libre, Ariel tomó la hielera de la mesa de al lado, y todo lo que tenía adentro se lo echó en la cara al hombre que fue su jefe. Quien se quedó inmóvil por el asombro de que se hubiera atrevido a tal cosa, fue como si la viera por primera vez.
—¡No eres nadie para ponerme una mano encima! —Ariel exclamó, y fue su momento de preguntarle: —¡¿Entendiste?!
El hombre hizo el intento de alzar la mano, pero había muchos ojos observándolo. Así que soltó de su agarre, Ariel aprovechó ese instante, para salir disparada a buscar sus cosas e irse inmediatamente del lugar antes de que todo se fuera verdaderamente a la mierda.
«¡Genial, ahora si estoy jodida!», pensó mientras iba caminando por el pasillo.