NUEVO EMPLEO:

1751 Palabras
═══════ •☎️• ════════ Dos días después… Farrell se encontraba en su oficina a primera hora de la mañana, chequeando algunos documentos. Aunque todavía no estaba del todo recuperado, decidió ir, quería ver por sí mismo que las cosas marcharan bien. Desde que había tomado el control de la empresa familiar, las cosas eran diferente. Podía notarse en la manera en que la misma se había expandido. En la actualidad, estaba incursionando en el mercado asiático. Algo que para muchos era una inversión de alto riesgo, pero con eso se había ganado el respeto del gremio que enseguida lo catalogaron como uno de los grandes en los negocios. Steve tocó suavemente la puerta y entró, lo miró entrecerrando los ojos. Porque al parecer su jefe y amigo no sabía la palabra: descanso. —¿Ya la ubicaste? —preguntó él sin apartar los ojos de la pantalla de su ordenador. —Sí, será a asistente de Caleb Haggard —respondió el recién llegado. Al escuchar el nombre de su gerente de mercadeo, Farrell dejo de teclear y lo miró fijamente. —¿No pudiste enviarla a otro lado? —cuestionó chasqueando los dientes. No le gustaba la idea, ya que había comentarios en la empresa no muy buenos sobre el gerente de marketing. Uno de ellos era que le gustaba tener muchas horas extras con sus asistentes. Pero hasta ese momento no se le había comprobado nada, y las supuestamente afectadas se marcharon de la empresa. Supuestamente por problemas personales, cosa que Farrell no creía para nada. —¿Qué querías? —Steve inquirió enarcando una ceja— Es un buen puesto de trabajo, y bien remunerado, además está disponible, —Ya sabes la reputación de Caleb —manifestó apretando los puños para controlar su enojo—, ese hombre no me gusta ni un poquito, sino fuera bueno en lo que hace ya tendría mucho tiempo fuera de la empresa. —¡Vamos, hombre! Si gustas puedes encerrarla —Steve soltó una risita—. ¿Quieres que la reubiqué en archivos? —se encogió de hombros de manera inocente—. Pero estaríamos desmejorando su contrato laboral. —¡Serás cabrón! —exclamó Farrell, reclinándose en su asiento. —Sí, para eso me pagas —soltó una carcajada—. Y muy bien, aunque a veces tengo mis quejas. Steve fue su amigo desde siempre, hijo del chofer de sus tíos, quienes se convirtieron en sus padres adoptivos, después de la muerte de los suyos. Eran de la misma edad, la única persona que tenía para jugar en aquella casa tan grande, y fría. Pero cuando cumplieron la mayoría de edad, Steve se había enrolado en el ejército y Farrell se fue a la universidad. Cuando Harper O’Donnell murió, Steve fue dado de baja por una lesión en su hombro. Fue cuando retomaron su amistad, y Farrell le ofreció el trabajo de jefe de seguridad. Dado a su experiencia como oficial del ejército. —Sabes que Ariel es una chica muy especial —expresó Farrell, dando un suspiro —Yo diría que única, por no llamarla rara —Steve se sentó en el sillón de frente a él, y negó con la cabeza—. No puedo creer que haya desperdiciado la oportunidad de obtener veinticinco mil dólares, de una manera tan fácil. Al parecer es una de esas chicas criada a la antigua, tiene buenos valores. La mente de Farrell le jugó una pasada. —Mañana mismo tendrás en tu cuenta veinticinco mil dólares —le había dicho Farrell con un tono casual, mientras se inclinaba para darle un mordisco a la hamburguesa de ella. Con Ariel se sentía relajado, no tenía que tener puesta la máscara que siempre tenía puesta, al final era un simple mortal… El accidente se lo había comprobado. —¡¿Es qué te has vuelto loco?! —chilló Ariel levantándose de golpe de la mesa—. No soy una oportunista, ¿sabías eso? —se estaba molestando—. Aunque todo en esta vida tiene un precio, muchas veces no es con el dinero con que puedes pagar. Farrell puso su mano sobre la de ella, con ese gestó le pedía que se calmara un poco. Pero lo cierto era que le gustaba su contacto, la suavidad de su piel. —Por favor, siéntate —le pidió, y luego de que Ariel lo hizo, continuó diciendo: —No pretendía ofenderte, tampoco disgustarte —hizo una pausa—. Dime cómo puedo agradecerte, entonces. Porque sabes que estoy en deuda contigo. Ariel se le quedó mirando durante unos minutos, ante aquellas palabras sinceras. —¿Cuántos favores te han cobrado en la vida, Farrell? Él parpadeó un par de veces, porque aquella pregunta lo tomó con la guardia baja. La mayoría de las veces las personas se le acercaban para tener un pedazo de él. Un ejemplo de eso era Lucy, que había dado declaraciones sobre su estado de salud como si fueran algo más que parientes. Fue el turno de Ariel, dándole golpecitos en la mano para volverlo a la realidad. —¿Puedes darme una carta de recomendación? —quiso saber—. Eres una persona con muchos contactos y muy influyente. Estoy segura de que eso me ayudará cuando comience a buscar empleo. —¿De verdad prefieres eso al dinero que te estoy ofreciendo? —La confusión estaba en cada una de sus palabras. Cada minuto que Farrell pasaba al lado de la joven era un soplo de aire fresco. Su naturalidad y espontaneidad lo atraía como la miel a las moscas, además de su belleza. Tenía que comer papitas fritas para evitar no atraerla hacia su cuerpo y probar sus labios. —Sí —sonrió tímidamente—, porque el dinero se acaba, y de igual manera estaré desempleada. —Si es trabajo lo que quieres —Farrell le sonrió mostrando todos sus dientes—, no hablemos más del asunto, yo me encargaré de eso. —¿Cómo lo harás? —inquirió Ariel esperanzada. —Desde el lunes tendrás empleo, trabajarás para mí. Al ver como el rostro se le iluminó con aquella sonrisa tan natural, supo que Ariel no era como las chicas que había conocido antes. —¿Escuchaste lo que te dije, Farrell? —preguntó Steve trayéndolo de nuevo al presente. —Lo siento, no —contestó el aludido removiéndose en su silla de manera incómoda. Su amigo lo miró con sospecha, pero continuó diciendo: —La chica necesita dinero, tiene algunas deudas. —¿De qué clase? —enarcó una ceja. —En una casa de electrodomésticos, en realidad nada del otro mundo, dos máquinas de coser —Steve hizo gesto con la boca, porque le era un poco extraño—. Pero si no tiene como pagarlas, puede que se complique un poco. —Paga sus todas deudas, cuando digo todas, me refiero a que no quede ninguna pendiente— ordenó Farrell. —¿No crees que podría molestarse si haces eso? —le cuestionó a su jefe. Steve tenía un muy buen punto y en los pocos días que había tratado con Ariel, sabía que era muy cabezota, y que le gustaba hacer las cosas a modo. —Entonces no puede enterarse de que lo hicimos —resolvió Farrell—, no se dejaría ayudar. —De acuerdo —Steve se levantó y se arregló el traje—, me pondré en ello ahora mismo. A Farrell no le pasó por desapercibido, la manera en que su jefe de seguridad lo miró de nuevo. —¡¿Qué sucede?! —preguntó con exasperación por su escrutinio. —Te gusta Ariel —Steve no preguntó, lo afirmó. Por fracciones de segundo quedó inmóvil, se estaban malinterpretando las cosas. —Le estoy muy agradecido… —Pero no me vas a negar que es hermosa —lo estaba molestando—, tiene un culo de infarto… —¡Ya basta! —le dio un golpe a la mesa. Steve soltó una carcajada, porque su molestia lo delataba. —Dentro de unos minutos paso por ti, para llevarte a la lectura del testamento de tu madre —cambió el tema, tratando de dejar de reírse. —Terminaré con esto, y luego nos iremos. En el instante en que Steve cerró la puerta, por alguna razón extraña quería saber si Ariel estaba cómoda, y sobre todo si no pasaba nada fuera de lo normal con Harper. Ya que si eso sucedía, sería la excusa perfecta para poder despedirlo, tomó su teléfono celular para enviarle un mensaje de texto. Farrell: ¿Cómo va tu primer día de trabajo? ¿Todo bien? ¿Estás conforme? De nuevo se sumergió en su trabajo, prefería eso a los malos recuerdos del accidente. Más de un par de veces se había despertado en la madrugada, con el cuerpo empapado de sudor por las pesadillas que todavía le causaban. No supo cuánto tiempo había pasado, cuando de nuevo Steve hizo acto de presencia en su oficina. —¿Estás listo? —Sí, lo estoy —respondió recogiendo su escritorio, y cerrando su ordenador. Cuando tomó su teléfono celular, frunció el ceño al darse cuenta de que había pasado más de tres horas, y Ariel no le había contestado el mensaje. Farrell: ¿Todo bien? No pudo evitar escribirle, si no fuera porque tenía el tiempo justo para llegar a casa de sus padres, pasaría un momento por el área de mercadeo. Solo para preguntarle el porqué no le había contestado. Sin embargo, luego de la lectura del testamento le llamaría para saber de ella. La distancia entre la empresa y la casa de sus padres era de cuarenta minutos. Minutos después, mientras iba por la carretera, y veía el paisaje, comenzó a respirar de manera irregular. Pues los recuerdos de ese día lo asaltaron de golpe, el olor a cable quemado y gasolina, la opresión en el pecho. —¡Para! —ordenó a Steve—. ¡Joder, para! En el momento en que el vehículo se detuvo a orilla de la carretera, abrió la puerta de golpe y salió lo más rápido que pudo para vomitar. De manera inmediata, Steve estuvo a su lado. —No estás bien, hermano —le dijo palmeando su hombro, él conocía esos síntomas muy bien, tenían que ver con el accidente. —No es nada… ya está pasando —Farrell cerró los ojos, al mismo tiempo que daba un par de respiraciones.
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