ÓRDENES POR ESCRITO:

1684 Palabras
═══════ •☎️• ════════ —Tienes que ir al médico, esto no es bueno —insistió Steve con tono de voz preocupado. En realidad, le daba vergüenza admitir que el hormigueo, la sensación de ardor y debilidad muscular en las manos, brazos, y piernas lo traían de los nervios. Pero su amigo tenía toda la razón. Además, que no se sentía seguro en el puesto delantero del vehículo. Esperaba que esa sensación pasara rápido. Se estaba cansando del cabestrillo y del jodido bastón, le hacía sentir como un lisiado. —Lo haré en cualquier momento —asintió con la cabeza. —No —Steve usó un tono de voz que no permitía discusión—, llamaré al doctor hoy mismo para que te dé la cita para mañana —le palmeó el hombro—. La salud no es un juego Farrell. Él solo asintió, cuando se le metía algo en la cabeza era muy difícil sacárselo, al menos de que la otra persona con prueba tuviera razón. Tampoco se sentía muy bien, como para comenzar una discusión. Steve era el mayor de los dos, pero solo por cinco meses, y se había tomado en serio su papel de hermano protector. —Deberíamos irnos, se nos está haciendo tarde —manifestó Farrell para cambiar el tema. —Está bien —Steve le tendió la mano, para ayudarlo a levantarse, su pierna no estaba del todo recuperada—, pero insistiré en que vayas al doctor. Ambos hombres se montaron en el auto, esa vez Farrell fue adelante en el lado del copiloto. Le pidió a Steve bajar el vidrio, para no sentirse tan encerrado. Sin embargo; miraba de vez en cuando la caja de velocidades y se ponía nervioso. Pero que lo mataran si se lo decía a su amigo, porque era capaz de devolverse e internarlo en un hospital hasta que lo examinaran de nuevo y el médico dijera que estaba en perfecto estado. Así que controlando sus respiraciones continuaron su camino, el cual se le hizo más largo de lo normal. En la casa de sus padres había tenido una infancia normal, sus tíos habían hecho todo lo posible porque así fuera. El problema era que no se sentía como si fuera su hogar realmente. Y cuando vislumbró a lo lejos la cerca de la mansión O’Donnell, la sensación se hizo más profunda. Por fuera todo se veía igual, se preguntó en ese instante si por dentro sería lo mismo. Si la hermana de su madre ya habría hecho cambios. Las puertas se abrieron, y los hombres de seguridad le saludaron con una inclinación de cabeza. —Bienvenido, señor Farrell —le dijo el más antiguo de los empleados. Ahí residía su tía Martina, con su hija Lucy. Ambas habían llegado ahí, después de que el esposo de esta la dejara por una becaria que había llegado a su empresa, doce años menor que él. Desde entonces se convirtió en una mujer amargada. Recordó que siempre buscaba la forma en que su madre le regañara, como si quisiera pagar su despecho con él, solo por ser hombre. Pero como Alice la conocía, no le hacía caso. Con el pasar de los años, su relación con su tía concluyó solo a un saludo, y a cruzar palabras con ella en los escasos eventos familiares a los que podía asistir por causa de su madre. No obstante, desde que su madre, le había entregado el control de las empresas. Hacían unos años atrás, Martina actuaba de manera diferente, siempre con una sonrisa perfecta que a Farrell le causa desconfianza. Sobre todo porque siempre quería emparejarlo con Lucy, lo cual le parecía fastidioso. Porque ella era una chica mimada, y la veía como una hermana menor molesta. —Bienvenido, cariño —dijo Martina dándole un beso en cada una de las mejillas. —Es bueno saber que estás bien —Lucy se abalanzó sobre él, rozando sus labios pintados de color carmín muy cerca de su boca. «¡Vaya incitadora!», se dijo Farrell, arrugó la nariz, ya que su perfume lo mareó por un momento. —Sí, estoy mejorando —manifestó, aclarándose la garganta, y mirando incómodamente a los lados, agregó: —Gracias a las dos por el recibimiento. —Si no es porque hoy se leerá la última voluntad de mi querida hermana Alice —Martina de manera dramática elevó los ojos al cielo—, no vinieras a visitarnos. —Debiste quedarte aquí cuando saliste del hospital, Farrel —inquirió Lucy—. No nos dejaste cuidar de ti. «¡Ni de coña haría eso!», pensó. —Oh, por Dios —Farrell soltó una risita, porque aquello se notaba tan falso que juraba que estuviera ensayado—. No sean exageradas, saben bien que el vivo relativamente cerca de la oficina, y aunque esté convaleciente el trabajo no me permite venir muy seguido. Anteriormente, iba tres veces a la semana a visitar a su madre. Cuando estaba en la ciudad, y cuando se encontraba de viajes de negocios, la llamaba todos los días. En realidad, Alice O’Donnell le había dado amor maternal, y eso él lo agradecía. Siempre estuvo ahí, para ayudar en cualquier necesidad que tuviese. No solo en lo monetario, se comportó como una madre en todos los sentidos. Los tres se miraron, y obvio que estaban incómodos e impacientes en la sala de aquella mansión, Farrell porque se sentía agobiado físicamente, y más por el episodio durante el camino. Su tía y su prima, obviamente por saber que les había dejado su madre. A los pocos minutos llegó el abogado de su abuela durante años, Casper Murphy. Un hombre que era también amigo de la familia. —Pasemos al estudio —sugirió Martina con un tono de voz que denotaba ansiedad. Su tía era la perfecta anfitriona, se había encargado de todo. Había una mesa con café, té y galletas. Aunque era un tema serio, la elegancia resaltaba. Sin embargo, el abogado no le hizo mucho caso, solo la miró de arriba hasta abajo. —Leeremos la última voluntad de Alice O’Donnell —miró a Martina de soslayo—. Cuando terminemos aquí, podremos tomar té y galletas. El silencio se hizo presente de una manera, que Farrell creyó que era espeso. Más cuando Casper Murphy se aclaró la garganta y comenzó a leer. A su lado se encontraba un notario, y la asistente de este y la suya como testigos. —Yo, Alice Margaret O’Donnell, en mis perfectas capacidades físicas y mentales, expreso mi última voluntad a través de esta carta notariada, que podría también llamarse mi testamento. Me gusta más de esta forma, porque es personal, más directo y más práctico y sobre todo confiable, porque está escrito de mi puño y letra. Así ninguno perderá minutos de su valioso tiempo. El abogado hizo una pausa, y miró a cada uno de los presentes. —A mi única hermana, Martina, le dejo mis joyas, a excepción de mi Alianza Triduo, y el del Mundo. Mis obras de arte, los cuadros: La Montaña, y El sol sale a medianoche. Porque sé que le gustan mucho, y sabrá apreciarlas. También queda a su disposición, la casa en Los Hamptons, y el ático de Palm Beach. Así como una manutención de quinientos mil dólares anuales, a partir de la lectura de esta carta. Se escuchó un jadeo de indignación, que muy fácilmente pudo pasar uno de asombro. —Para mi querida sobrina Lucy, será la nueva dueña del ático en Kensington-Chelsea, la zona más lujosa de Londres. Sé que le encantaba quedarse cuando era una adolescente. Pero como los jóvenes cambian de gustos tan fácilmente, si no es de su agrado, puede venderlo, añado los autos Ford Mustang Shelby GT500, y el Audi A5 Sportback. »Está de más decir que puede hacer también lo que quiera, conservarlos o venderlos. No gozará de una manutención como su madre Martina, ya que es joven, hermosa e inteligente. Estoy segura de que puede labrarse su propio futuro. Sin embargo; podrá hacer el reclamo de su fideicomiso cuando cumpla la edad de treinta años. —¡Oh, por Dios! —se quejó alguien. Casper se aclaró la garganta en señal de desaprobación por la interrupción. —Este fideicomiso ha sido adquirido desde que Lucy cumplió dieciséis años, está valorado en ocho millones de dólares. De nuevo el silencio reinó. —Ahora lo que todos ya sabían, pero que es necesario confirmarlo, le dejo toda la fortuna O’Donnell, así como el conglomerado, propiedades alrededor del mundo, que incluye las más importantes como el castillete Saoradh en Escocia, la torre empresarial en Seúl, y el ático de Dubai a mi sobrino, al que amo como a un hijo: Farrell Austin O’Donnell. Ya que le pertenece por derecho de legitimidad, por el hecho de que su padre Ferguson era el heredero universal por ser el mayor de los hermanos O’Donnell, y al morir mi esposo Harper, quien era el segundo en la línea. De manera automática, vuelve a la línea original. Además de que Farrell ha estado al frente de nuestra familia desde algún tiempo, y lo ha hecho de una manera que me hace sentir muy orgullosa. —Le dije que no lo hiciera —dijo Martina, aunque fue en voz baja, todos los presentes la escucharon. —Sin embargo, hay una condición para que Farrell pueda tomar disposición completa de todos los bienes. Aunque continuará a cargo de la empresa. —¿Y esa es? —fue Lucy quien preguntó curiosa. Farrell entrecerró los ojos hacia ella, el abogado se aclaró la garganta. —Tiene que estar casado para su cumpleaños número treinta y dos, con un hogar estable y consolidado. Sobre todo viviendo esta casa, Farrell tiene que entender que la familia es más importante que el trabajo. Para que se cumpla mi última voluntad dejó a cargo a mi abogado y amigo de juventud Casper Murphy. De no ser así, toda la fortuna O’Donnell será entregada al fisco nacional. Porque prefiero eso, antes de que la soledad consuma a mi hijo.
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