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El hombre mayor levantó la vista.
—Martina y Lucy, espero que puedan comprender, que solo fui la persona que tenía que resguardar el patrimonio de Farrell, y a ti mi querido hijo siempre fuiste mi alegría, mi motivo para sonreír. Por eso quiero que seas feliz, que conozcas el amor, y por su puesto que lo vivas y lo disfrutes al máximo. Todo esto queda en vigencia desde la lectura de esta carta, llévenme en su corazón, con amor Alice O’Donnell.
—¿Eso ha sido todo? —quiso saber Martina.
—Sí —contestó Casper de manera alegre—, creo que ahora podemos tomarnos un descanso y disfrutar de una rica taza de café con galletas.
Farrell continuaba sentado en el sofá, su madre se había salido con la suya. Durante el último año lo había presionado con la cosa del matrimonio, al punto que a veces los sacaba de sus casillas y terminaban discutiendo. Pero en ese instante, ya lo veía como que era un hecho, dio una respiración profunda.
«¡¿Matrimonio?!»
La palabra resonaba en su cabeza una y otra vez, al punto que se imaginaba la voz de su madre pronunciando las palabras. No era que le tuviera miedo al matrimonio, solo que hasta el momento no había tenido tiempo en buscar a la mujer adecuada. Aunque sí buscaba amantes para calentar su cama, aunque últimamente en los viajes de trabajos seguidos no le daban mucha oportunidad.
«¡¿Por qué me has hecho esto, mamá?!»
—No hay duda de que Alice te quería mucho, Farrell —Murphy lo sacó de sus pensamientos—. Estaba muy orgullosa de ti, si estuviera viva, no le hubiese sentado muy bien lo de tu accidente. Creo que se hubiera enfermado de la angustia, ya que tú eras su mundo.
—Lo sé —él no supo el porqué esas palabras le hicieron un nudo en la garganta—, es una suerte que esté vivo que para contarlo.
—Tienes mucho por hacer, muchacho —le palmeó el hombro, y sacó un sobre de su chaqueta: —Toma, esto lo dejó tu madre para ti. Ahora la responsabilidad el continuar con el apellido O’Donnell recae sobre ti.
—Gracias, lo haré lo mejor que pueda —lo tomó, y le dio un asentimiento de cabeza.
—Debemos ponernos al día con muchas cosas, pero hoy no será. Estaré en tu oficina la semana próxima —luego de informarle aquello, se marchó.
Se levantó del sillón en donde estaba, necesitaba un trago. Todavía no había procesado el requerimiento de su madre.
—Farrell…
La voz de Martina lo detuvo, él se giró.
—¿Tienes un minuto?
Él nunca vio a su tía tan nerviosa.
—Sí, claro.
—Entiendo que ya no puedo estar aquí… —comenzó diciendo Martina.
—Tía, por ahora no tienes por qué mudarte de esta casa —la cortó.
—Pero… Alice…
—En ningún momento dijo que te fueras, solo te cedió las propiedades que sabía que te encantaba, y que está de más decirte que puedes hacer con ellas lo que gustes.
—Mi Alice, mi dulce hermana. Siempre tan pendiente de los demás, ayudando sin esperar nada a cambio.
Su tía hizo un gesto que no sabía si era de verdad que lo sentía o estaba actuando. Pero si era lo último se merecía un premio de la academia.
—Realmente no tengo apuro en que te vayas, como tú bien sabes, no vivo aquí y tampoco está en mis planes hacerlo —le puso las manos sobre los hombros—. Esta es la casa de mi madre, también es tu hogar —Farrell miró a los lados—. Aquí has vivido por más de diez años. No pretendo sacarte, me gustaría que se conservara y la única manera de hacerlo es que alguien se ocupe, y no se me ocurre otra persona que no seas tú
—Gracias, Farrell este gesto es muy generoso de tu parte —Martina le sonrió sinceramente, porque no se lo esperaba—, pero me preocupa otra cosa.
Farrel funciona el ceño, porque no entendía que aparte de la preocupación por salir de la casa. Alguna otra cosa perturbara al témpano de hielo de su tía.
—Dime, por favor.
—¿Qué pasará con Lucy? —Martina estaba angustiada.
—No te preocupes por eso —él le dio una sonrisa—, ella también puede quedarse el tiempo que desee.
—Gracias por eso —se escuchó una voz en su espalda—, pero yo también quiero pedirte algo.
A Farrell le incomodaba cuando se aferraba a su brazo, en los últimos meses Lucy no perdía oportunidad de cuando estaban juntos, acercarse de esa manera y a veces, para tomarse fotos con él, aquella actitud le crispaba los nervios.
—¿Qué podrá ser? —inquirió él soltándose disimuladamente de su agarre.
—Dado que la tía Alice no me dejó alguna asignación para mis gastos…
—Pero tienes un fideicomiso, una pequeña fortuna si la sabes administrar —replicó Farrell—. Más de ocho millones de dólares, que generan miles en ganancias por intereses.
—Lo sé —Lucy entornó los ojos—, pero no podré disponer de ese dinero hasta dentro de tres años.
En ese aspecto, Lucy tenía razón.
—¿Qué es lo que quieres hacer? —cuestionó alzando una ceja hacia ella.
—Como la misma tía Alice dijo en su carta —les sonrió—, soy inteligente…
—Niña, ve al grano —le pidió Martina con un tono de voz exasperado.
—Quiero que me des trabajo en la empresa —los miró seria—. Necesito ganar mi propio dinero.
—Cuenta con eso —Farrell respondió, puesto que era válido su requerimiento, era una chica joven que debía hacer algo productivo con su vida—, veré en donde puedo ubicarte.
Lucy de manera efusiva saltó sobre él, y lo besó por toda el rostro.
—La verdad que Lucy y tú hacen una bonita pareja —soltó Martina de golpe—, se ven muy guapos en las fotos juntos en las r************* .
Aquello fue como una cubeta de agua fría que le aclaró de golpe la mente, y le recordó las palabras de Ariel de que Lucy en cada publicación daba a entender de que tenía algún tipo de relación más allá del parentesco por parte de su madre.
—Simplemente, son especulaciones de la gente —manifestó firmemente—. Algo que tiene que acabarse, esos comentarios solo son cotilleos de mal gusto.
—Bueno, en muchos artículos se habla de una relación entre ustedes —su tía soltó una risita de complicidad—. Lo cual sería lo más normal, ya que ambos se conocen desde muy jóvenes.
—¡Jamás! ¡Eso no va a suceder! —Farrell exclamó tajante.
Ambas mujeres abrieron mucho los ojos al darse cuenta de la ferocidad en sus palabras, eran como si le hubieran nombrado al mismo demonio.
—¿Eres gay? —Lucy preguntó con curiosidad, y comenzó a burlarse: —No me digas que todos escándalos amorosos tuyos con esas chicas solo fueron distracción.
—¡Lucy, por Dios! —Martina tenía la mano en el pecho de la indignación por la imprudencia de su hija.
—Eso no es cierto —él apretó los dientes.
La verdad era otra muy diferente, los escándalos ocurrían cuando él daba por terminada la relación, y las damas en cuestión no lo tomaban de buena manera.
—No hay nada de malo en eso —su prima continuaba con el tema—, ser gay es lo más común… Y ahora que mi tía Alice no está, pues es más fácil la aceptación… Ya sabes, por eso, de que quería un nieto.
—Lucy… quieres callarte de una vez por todas —su madre le dijo con los dientes apretados, le estaba haciendo pasar vergüenza.
—Les recuerdo que el tema de mi sexualidad, es un tema privado y solo a mí me concierne —las fulminó con la mirada—. En mis relaciones sentimentales, me gusta tener la iniciativa, y no que me lleven a rastras.
—Sí, eso se dice mucho en los clubes de sexo que frecuentas —Lucy continuaba atacándolo.
«¡Por todos los cielos! ¡¿Acaso la mujer no sabía cuando mantener la boca cerrada?!»
Se estaba molestando, incluso lo estaba tentando el deseo de verlas fuera de su casa. Porque el lugar era suyo, por legitimidad.
—De acuerdo, disculpa si te ofendimos —Martina trató de ser cordial, pero no lo logró—. Pero sabes que tienes que casarte, yo solo pretendía ayudarte.
—Gracias por preocuparte por mí, pero creo que es innecesario —se acercó a ellas y se despidió de ambas, salió disparado, totalmente ofendido por aquella conversación tan absurda.
Al montarse en el vehículo lo primero que hizo fue deshacerse de la chaqueta, y lanzarla al asiento trasero, se estaba cansando del cabestrillo. Necesitaba y quería salir de ahí de una vez por todas.
—¡Esto es una mierda! —exclamó furioso—. ¿Cómo a mi madre se le ocurrió hacer tal cosa?
—Tal vez, ella solamente quería que no estuvieras solo —contestó Steve mirándolo por el espejo retrovisor, él también había estado presente en la lectura de la carta de su madre.
—¡Soy feliz! —espetó Farrell todavía furioso.
—De igual manera tenías que casarte…
—Sí, pero era mi opción —negó con la cabeza.
—Tienes la solución en tus manos.
—¿Me estás jodiendo? —se reclinó en el asiento—. La única manera que me case, tan rápido como mamá quería, es que le pague a una mujer para que lo haga en cinco meses cumplo años.
—Esa sería la solución perfecta, de esa manera no tendrás complicaciones. Una completa extraña, que ni siquiera tú conozcas.
—¡Estás de mente!
—No, tienes que actuar rápido —maniobró el volante—. Aquí lo que importa es que no puedes perder tu herencia, es obvio que tu tía Martina y Lucy lo desean y con lo del fisco… ellas pueden apelar…
—En este preciso momento, no estoy saliendo con nadie.
—Tal vez, la chica indicada está en donde menos te imaginas.
Farrell dio un largo suspiro, y miró hacia la ventana.
«Tienes que hacer una familia, Farrell, tienes derecho a sonreír. La vida es hermosa y acompañado lo es aún».
Aquellas palabras de su madre, le tenían la cabeza dando vueltas.