Me detuve un instante en lo alto de la gran escalera de mi casa. Damián Lexington me esperaba. Tenía miedo. Para él yo no era más que una mercancía, un producto más de todos los que poseía. Comencé a bajar lento, no quería verlo. Llegué al salón, había una gran fiesta para hacer efectivo nuestro compromiso. Aquella noche sería, oficialmente, la “prometida de Damián Lexington”. Miré a todos en general, la mayoría eran rostros conocidos, vecinos del lugar. En un rincón conversaba el hombre que me encerró en su calabozo, al Benjamín de mis sueños, me miraba con rostro sombrío. Creí que me desmayaría cuando lo vi avanzar hacia mí y tuve que afirmarme de la pared para no caer. Mi padre llegó a mi lado y me tomó del brazo con poca delicadeza. ―Ven, hija, te presentare a tu prometido. Salimos

