Abrí los ojos, estaba acostada en el sillón y Benjamín estaba a mi lado, me miraba preocupado y culpable. ―¿Qué pasó? ―pregunté confundida. ―No debí preguntar acerca de ese tipo. ―Oh. ―Lo siento. ―¿Cómo sabes de él? ―El viernes, cuando estabas… rara… Estabas medio dormida y dijiste que yo era él ―me dijo en tono suave. Cerré los ojos, ¿habría dicho algo más? ―Te lastimó. ―No sonó a pregunta. ―No ―contesté con la garganta seca y me senté. Benjamín se apartó y se sentó en el sillón frente a mí. Me refregué la cara, ¿cómo explicarle que Damián Lexington pertenecía a un sueño?, ¿que era el tormento de mis noches? ―¿Por qué no confías en mí? ―me preguntó dolido al rato. ―No es eso. ―Vamos, Carolina, no confías en mí, no confías en que lo que siento por ti es sincero; no confía

