El almuerzo fue mucho más entretenido y relajado que de costumbre. Se contaron historias graciosas de la oficina, de Verónica. Todos reíamos, incluso Benjamín y yo. De hecho Benjamín condujo la velada. Aunque a mí me ignoró por completo. ―Te espero a la salida, vamos a tomarnos un café juntas ―me dijo Verónica después del almuerzo. ―¿Ya? ―Me extrañé. ―Tenemos que hablar. ―¿De qué? ―Después lo hablaremos, este no es el momento ni el lugar ―me explicó mirando a su alrededor. ―Bueno ―contesté de mala gana, yo sabía que tenía que ver con que Benjamín y yo nos ignoramos durante todo el almuerzo. ―Te voy a buscar. ―Está bien. Por la tarde tuvimos un par de reuniones cortas y me dediqué de inmediato a traspasar los puntos para enviarles a los participantes una copia de los asuntos

