Lo más extraño de todo el asunto, fue que Beatrice no se sintió sorprendida en lo más mínimo al escuchar aquella revelación. Si lo pensaba con detenimiento, podía darse cuenta de que aquello de la conexión entre ella y Amadi venía mucho antes de que éste usara en ella la flor del corazón. La conexión había comenzado, de hecho, desde el primer momento en que se habían visto, cuando había quedado más que claro que apartar los ojos del otro era una tarea mucho más difícil de lo que parecía en un principio. No obstante, ahora que tenían la flor de por medio, quería saber exactamente qué podía pasar a continuación con esa extraña y poderosa energía que fluía entre ellos.
—Amadi, ¿y eso de estar conectados qué significa, exactamente?—preguntó Beatrice—. ¿Qué podría pasar?
—En realidad no lo sé—contestó—. Todos los casos son diferentes. He escuchado de algunos que incluso pueden llegar a saber cuando el otro está triste o en peligro, pero bien podríamos solo llevarnos un poco mejor que ahora, supongo.
Sin pretenderlo, Beatrice captó de manera directa la mirada de Amadi, y como siempre, se quedó más que embobada mirando sus ojos, perdida en el profundo y vibrante color que en ellos se arremolinaba. Siempre le había parecido que su tono era casi exacto al de los pétalos de la flor, y como ahora tenía la oportunidad de descubrirlo, decidió aprovecharla:
—Amadi, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Claro que sí—respondió él—. La que usted quiera.
—¿Por qué sus ojos son... así?
Mientras hacía la pregunta en voz alta, Beatrice había tenido que pelear fieramente con el temor de que Amadi, al creer invadida su privacidad, se molestara con ella. Por eso mismo, fue que se sintió bastante sorprendida (y un tanto desconcertada) al notar que el esclavo sonreía con tantas ganas.
—¿Qué pasa?—inquirió—. ¿Por qué sonríe de esa forma?
Sin dejar que su enorme sonrisa menguara ni un poco, Amadi contestó:
—Es que nunca antes nadie había preguntado por esa historia. Nunca había podido contarla.
—¿Cómo es que nadie había preguntado nunca?
—Cuando yo no había nacido todavía pero estaba a punto, mi mama se puso muy enferma—comenzó diciendo el esclavo—. Todos pensaban que yo no iba a poder nacer vivo, hasta que a alguien se le ocurrió la idea de darle a beber una infusión de flor del corazón, y por suerte funcionó. Cuando nací, vieron que tenía los ojos muy parecidos a los pétalos de la flor que me había salvado la vida. Nunca había podido contar la historia, porque todos ya se la sabían incluso antes que yo.
Y ahí estaba, por fin, la gran respuesta de aquella pregunta que le había estado carcomiendo la cabeza desde que llegara a la hacienda. Por su puesto, ella había resultado ser mucho más mágica de lo que jamás hubiera pensado, pero no por ello era menos cautivadora. De hecho, si lo pensaba bien, pudiera ser que explicara también el gran interés que Amadi le había despertado con solo una mirada. Sin duda, era cuestión de magia.
—Ya es tarde—dijo Amadi—. Debería volver a su cama.
Tras contemplar el cielo y darse cuenta de que, en efecto, en él se auguraba un próximo amanecer, Beatrice suspiró profundamente y respondió:
—Sí, creo que es mejor que vuelva ya.
—Permítame acompañarla, por favor.
—No hace falta, yo puedo volver sola.
—Pero ya vino hasta aquí por sí sola. Lo menos que puedo hacer es acompañarla.
—No, de verdad no...
—Por favor, concédame el honor de pasar unos minutos más en su presencia.
El tirón en la boca de su estómago fue tan fuerte, que Beatrice no pudo sino sonreír y terminar aceptando la petición de Amadi; de hecho, si era completamente sincera consigo misma, tenía que admitir que a ella también le emocionaba la idea de poder pasar unos minutos extra junto a él. Pese a que había ido hasta aquel lugar para desentrañar todos los secretos de la flor del corazón, no podía negar que gran parte de la magia de aquella escena había sido gracias a Amadi, quien sin dudarlo había decidido mostrarle con gran detalle una parte de su mundo, compartiendo con ella algo que nunca antes había compartido con nadie más que no fuera de su gente, de su pueblo.
—¿Qué podría suceder si alguien se entera que me ha contado todo sobre la flor del corazón?
La pregunta había salido por sí sola, sin ningún permiso, seguramente impulsada por su propia e irrefrenable curiosidad. No obstante, en cuanto lo hubo dicho, se dió cuenta que era una interrogante demasiado grande como para no haberle prestado atención antes.
—Eso sería terrible, terrible—respondió Amadi, visiblemente asustado con la simple posibilidad de que aquello pudiera llegar a ocurrir—. Mi gente es muy protectora con sus secretos, y si se llegara a saber que le he contado sobre el secreto mas importante de todos...podrían llegar a sacrificarme.
—¡¿Podrían matarlo?!
El grito de Beatrice resonó con fuerza en medio de la quietud que empapaba cada rincón de aquella tranquila noche. Aterrada con lo que acababa de escuchar, y todavía sin poder creérselo, se llevó una mano al pecho para sentir los desbocados latidos de su corazón.
—Sí, y lo harían con toda razón—respondió Amadi, mucho más tranquilo de lo que tal vez debería—. De cierta forma los traicioné al contarle su secreto mas importante a alguien más, a un blanco.
—Pero eso es...es...¡Inhumano! ¡Es una completa locura!
—Es parte de nuestra tradición. Con esa amenaza nos aseguramos de que nadie va a romper las reglas, de que nadie va a poner en peligro los últimos tesoros de nuestra cultura.
—¿Y si sabía que podían llegar a matarlo por qué me lo contó todo? ¿Por qué usó conmigo la flor y me contó todos sus secretos?
—Por la misma razón por la que las nubes lloran hasta quedarse secas...porque es parte de mi naturaleza. Usted es mi ama, yo su esclavo, y siempre voy a estar dispuesto a cuidarla y complacerla aunque eso me cueste la vida.
De nuevo, como lo había hecho tantas otras veces, Amadi acababa de hacer gala una vez más de su curiosa habilidad para soltar frases profundas y sentidas a diestra y siniestra, de un momento a otro. A Beatrice le hubiera gustado poder decir que no le agradaban, pero la verdad es que cada vez que Amadi abría la boca, ella ansiaba con locura que soltase una de sus frases y la dejase aún más encantada con su talento para las palabras.
—Amadi, yo...
Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, habían llegado por fin a la casona, dentro de la cual comenzaban a escucharse los primeros sonidos de un despertar temprano, seguramente ocasionado por los criados, quienes debían levantarse mucho antes que sus patrones para tenerlo todo listo de ante mano. Al sentir tan cerca su despedida, Beatrice miró a Amadi y le preguntó:
—¿Cuando podré volver a verlo?
—Ya le he contado todo sobre la flor del corazón—fue la respuesta del esclavo.
—No lo digo por eso, solo...solo quiero verlo, hablar con usted y nada más.
Aunque se había sorprendido a sí misma al revelar una verdad tan poderosa como aquella de buenas a primeras, no fue nada comparado con la sorpresa que se reflejó en el rostro del esclavo, quien seguramente había pensado que aquella sería la última vez que tendrían la oportunidad de estar cerca el uno del otro.
—Yo la buscaré—dijo Amadi después de un rato, haciéndole insistentes señas para que por fin entrara en la casa antes de que alguien los descubriera—. Cuando confirme que es seguro, la buscaré y podremos hablar de lo que usted quiera, pero ahora entre, por favor, antes de que alguien nos vea.
A regañadientes, Beatrice le dedicó un último y rápido gesto de despedida antes de entrar por fin en la casona. Una vez ahí, tuvo que usar toda su sutileza para subir a su habitación sin que nadie la escuchara. Ahí, se quitó la bata y se metió entre las sábanas para intentar dormir, pero lo único en lo que pudo pensar fue en la noche tan mágica e interesante que había pasado, junto al esclavo, Amadi, que parecía haberse agenciado un lugar mucho más relevante en su vida de lo que ella hubiera esperado.