—Señorita, ¿me está escuchando?
Por suerte para Beatrice, pudo reaccionar justo a tiempo para apartar las manos de la trayectoria de la varita de castigo de la señorita López. El arma no golpeó su mano, pero aún así logró estrellarse con el reposabrazos de su silla, produciendo un estallido que resonó con fuerza por todo el lugar, algo realmente sorprendente si se tomaba en cuenta que estaba en el balcón, en un lugar abierto en el que, por lógica, un sonido no debía tener tanto alcance.
Le hubiera gustado poder decir que aquel regaño de su institutriz era por completo infundado, pero la verdad es que llevaba por lo menos media hora haciendo caso omiso de la lección del día, pues solo tenía fuerzas para concentrarse en mirar hacia el vacío mientras, en su interior, cultivaba el deseo imposible e irracional de que Amadi apareciera allá abajo, entre el sembradío tal cómo lo había hecho el primer día, y la rescatara de aquel pequeño gran infierno.
Habían pasado nada menos que cuatro días desde que tuviera aquella noche mágica con Amadi, y aunque tenía muy en claro que el esclavo no la buscaría inmediatamente después de eso, conforme el tiempo iba pasando, ella empezaba a pensar que tal vez se le estaba haciendo muy tarde. Inevitablemente, las dudas habían empezado a atacarla sin piedad. ¿Y si él ya no volvía? ¿Y sí ella no había sido tan agradable después de todo? O la peor y más terrible de todas las posibilidades...¿y si la gente de Amadi había descubierto su traición y lo habían sacrificado? ¿Irían, acaso, por ella también?
—¡Señorita Beatrice, preste atención por favor!
En aquella ocasión, no pudo quitar sus manos de la zona de peligro, por lo que la varilla de la señorita López se estrelló contra ellas fuertemente, produciéndole un escozor tremendo que sí la hizo despertar del todo y volver al presente. Estaba en su clase de tejido, y no ganaba nada con alborotar la antipatía de su malvada institutriz; ya luego podría perderse en las profundas aguas de sus mortificaciones cuando estuviera a salvo en su recámara.
—Mis disculpas, señorita López—se excusó Beatrice, sobándose las manos ahí donde la varilla le había pegado con fuerza—. Estoy un poco...
—¡Distraída! ¡Desconcentrada!—la interrumpió la mujer, tan molesta que casi despedía humo por las orejas—. De verdad no sé qué tenga usted en la cabeza, pero si no presta atención a mis clases, cuando por fin entre en el mercado matrimonial la próxima temporada, nadie querrá desposarla y terminará siendo una...una florero.
Sin saberlo, la señorita López acababa de desbloquear uno de los peores temores a los que Beatrice jamás se había tenido que enfrentar. Y no, no se trataba de la posibilidad de no conseguir marido y quedarse como lo que los estirados de la sociedad llaman "una florero" sino todo lo contrario. Lo que más miedo le daba era justamente que un hombre se interesara en ella, pidiera su mano y se viera obligada a casarse, tener hijos y perder la poca libertad de la que había podido gozar en su vida. ¿Lo más extraño de todo? Que nunca había reparado en lo terrible de la situación sino hasta que había llegado a aquel lugar al que, irónicamente, en un principio no quería ir. Y es que ahí había descubierto un nuevo mundo, además de comprobar que la magia sí que existía, después de todo.
—De nuevo le ofrezco mis disculpas, señorita López—dijo Beatrice, molesta al tener que disculparse por segunda vez con aquella arpía—. Le prometo que de ahora en adelante le prestaré a su clase toda la atención que se merece.
Con una mueca de lo más desagradable, y un gesto tosco y cargado de antipatía, la mujer desechó sus disculpas antes de replicar:
—No haga promesas que no piensa cumplir, señorita Montés. Más bien preocúpese por convertirse en una esposa más o menos decente, a ver si con ello logra retribuirle a su madre todos los quebraderos de cabeza que le ha dado.
Aquello, por su puesto, la hizo enojar bastante. ¿Que ella le había dado quebraderos de cabeza a su madre? ¿Cómo se atrevía a hablar aquella mujer sobre algo de lo que no tenía ni la más mínima idea? Beatrice siempre había sido, dentro de lo posible, la hija perfecta. Había sido educada, obediente y sumisa, y si se había salido un poco de ese riguroso protocolo auto impuesto últimamente, era solo porque al llegar a la hacienda había terminado por encontrar una realidad muy diferente a la que había vivido en la ciudad. Se había reventado su burbuja, y se había dado cuenta de que en realidad nunca había sido ni auténtica ni libre. Era como un pajarito encerrado en una jaula enorme hecha de oro; un lugar precioso y muy amplio que, pese a todo, no dejaba de ser una cárcel.
—Escuche, señorita López, yo creo...
—Ya le he dicho, joven, que mi hija no está disponible ahora mismo.
Justo cuando Beatrice estaba a punto de soltarle la mayor réplica a su institutriz, con la que seguramente terminaría ganándose un castigo ejemplar, fue interrumpida por nada menos que la voz de su madre, quien parecía estar a la mitad de una discusión con alguien en la puerta de entrada. La curiosidad que sintió fue tan grande, que se levantó de su asiento, y aunque la señorita López intentó llamar su atención para que se quedara y pudieran continuar con su clase, Beatrice pasó de ella, y luego de tomar sus faldas, entró en la casa dispuesta a averiguar de qué se trataba todo aquel alboroto.
—Madre, ¿qué sucede?
—Por Dios santo, mujer, ¿se puede saber qué es todo ese escándalo aquí abajo?
Al mismo tiempo que Beatrice había hecho su pregunta, el coronel había formulado la suya desde las escaleras, donde bajaba lentamente ayudado por su bastón. La madre de Beatrice, con una mano en la puerta de entrada a medio cerrar, les dedicó a ambos una mirada de lo más agria antes de responder:
—No pasa nada. Es solo una visita inoportuna que se ha empeñado en buscar a Beatrice, pese a que le he dejado muy en claro que está ocupada con sus clases y no puede atender a nadie ahora mismo.
—¿Me buscan a mí?—preguntó Beatrice, cuyo primer e irracional instinto fue pensar que se trataba de Amadi.
—¿Y quién la busca?—preguntó su padre.
—¿Señor Montés? ¿Es usted, señor Montés? Soy...soy Jhon, Jhon Winter.
Derrotada y visiblemente más molesta que antes, la madre de Beatrice soltó un bufido de lo más fuerte antes de, resignada, terminar de abrir la puerta. Y, en efecto, parado al otro lado con un ramo de rosas blancas en la mano y cara de susto e incomodidad, estaba la visita más inesperada de todas: Jhon Winter, el vecino al que ella había visto una sola vez, y con quién no había cruzado más que unas cuantas palabras y una que otra risa.
—Buenas tardes—dijo el muchacho, visiblemente apenado—. Primero que nada, quisiera pedir disculpas por...por las molestias que sin querer les causé.
—¿De qué hablas, muchacho? Tu no molestas—aseguró el coronel, invitándolo a que terminara de pasar con un gesto de la mano—. Es solo que llegaste en un momento un poco complicado, pero seguro que Beatrice puede tomarse un pequeño descanso de sus clases para atenderte.
—Por supuesto que no—replicó de inmediato la madre de Beatrice, fuera de sí e indignada a más no poder—. Querido, tal vez deba recordarte que nuestra hija está muy atrasada con sus clases, por lo que no sería buena idea que...
—He dicho que Beatrice se tomará un pequeño descanso de sus clases, y así lo hará—repitió el coronel, golpeando el suelo con su bastón para acentuar aún más lo irrrevocable de sus órdenes, de sus mandatos—. Atenderá a su visita con la supervisión de su chaperona, y ya luego podrá seguir con su rutina como si nada hubiera pasado, ¿entendido?
Como nadie replicó ni dijo nada, el Coronel se dió por bien servido. Luego de dar un último golpe al suelo con su bastón, regresó lentamente escaleras arriba, dejando a su mujer con una rabia inmensa por dentro, y a su hija con una visita inesperada y un tanto incómoda a la que no tenía la más mínima idea de cómo atender luego de semejante espectáculo de tan mal gusto.