Resignada con el hecho de que en aquella casa se hacía, principalmente, lo que el Coronel decía, la madre de Beatrice dispuso que su hija recibiera a su inesperado visitante en el balcón, dónde justamente había estado recibiendo su clase antes de que fuera interrumpida. Vigilada de cerca por la institutriz, quien se había quedado relegada en una esquina con cara de pocos amigos y los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, Beatrice se sentó en la silla que había estado ocupando antes, mientras que Jhon, visiblemente incómodo y avergonzado, ocupó la que antes había sido la silla de la profesora.
—Ah, por cierto, le he traído este pequeño detalle. Espero que le guste.
Con manos torpes y temblorosas, Jhon le tendió a Beatrice el ramo que había llevado consigo. Gratamente sorprendida, ella recibió el presente y hundió su nariz entre los pétalos, aspirando profundamente el embriagador aroma que despedían las flores. Luego de contemplarlas un poco más, las dejó a un lado y se concentró en el muchacho frente a ella.
—Si le soy sincera, debo decirle que me ha sorprendido bastante con esta visita tan...inesperada—admitió Beatrice.
—Creame que yo mismo me sorprendí cuando encontré el valor necesario para venir hasta acá y buscarla—respondió el joven, muy risueño.
—Oh, ¿es que tan desagradable resulto que debe reunir todo su valor tan sólo para venir a visitarme?
Beatrice lo dijo tan seria y segura de sus palabras, que el joven frente a ella se lo creyó al instante. Azorado, intentó disculparse y enmendar lo que había hecho al elegir mal sus palabras, pero desistió de ello cuando notó que Beatrice se reía.
—Por Dios santo, no se preocupe—le dijo Beatrice, para tranquilizarlo—. Solo era una broma, nada más.
Riendo nerviosamente, el chico replicó:
—Pues déjeme decirle que es muy buena actriz. Me lo he creído completamente.
—Muchas gracias por el cumplido—dijo Beatrice—. Ahora, si gusta, podría decirme la verdadera razón de por qué le costó tanto venir a buscarme.
Tras echar una rápida mirada a la institutriz para asegurarse de que había mudado su atención al tejido a medio hacer entre sus manos, Jhon se inclinó hacia delante, y en un susurro bajo, contestó:
—Si me lo permite y no le molesta, temía venir hasta acá por su madre.
—¿Por mi madre?—inquirió Beatrice a quien, sin conocer el contexto, ya se le hacía una razón más que válida—. ¿Qué pasa con ella?
—Pues...bueno, como le dije esa vez en mi casa, pude notar que es una mujer sumamente autoritaria, además de que sin querer dejó más que claro que mi familia y yo no fuimos de su agrado. Algo que, si me lo permite, fue más que evidente para mí hace un momento, cuando intentó negarme que la viera.
Mortalmente avergonzada, Beatrice sintió la necesidad, una vez más, de disculparse por el comportamiento tan cuestionable de su madre aquella vez. No obstante, apenas había abierto la boca cuando Jhon, con una sonrisa y un gesto rápido de la mano, la interrumpió:
—No se preocupe, no tiene por qué disculparse. No fue su culpa, además, no es la primera vez que alguien reacciona de esa forma con nosotros, y seguramente no será la última.
—Sí, pero, aún así...
—Aun así, estoy aquí, logré venir a verla y eso es lo que importa—la interrumpió él, dando por terminada aquella parte tan incómoda de la conversación.
—De acuerdo, se lo concedo. Y solo lo hago porque deseo saber cuál es la verdadera razón de su visita.
Mucho más animado, y con una sonrisa más grande, abierta y sincera que antes, Jhon se sentó más erguido antes de contestar:
—Quise venir a verla para invitarla personalmente a una fiesta.
Durante un momento, Beatrice pensó que, como venganza por su pequeña broma de antes, Jhon le estaba tomando el pelo. Sin embargo, cuando se dió cuenta de la seriedad que parecía cubrir su rostro, terminó por confirmar todo lo contrario, y es que el chico hablaba muy en serio.
—¿Una fiesta?—repitió Beatrice—. ¿Cómo que una fiesta?
—Así cómo lo ha escuchado—dijo el joven muchacho—. Pasa que, dentro de poco más de un mes, mi madre cumplirá años, y como todos los años, está organizando un baile en el que invitará a todos nuestros amigos y familiares de la ciudad; por su puesto a su familia también, pues son nuestros vecinos. Quise venir a hablar con usted antes de enviar las invitaciones, porque quiero pedirle formalmente que asista como mi pareja.
De golpe, Beatrice recordó todo lo que había estado hablando con la institutriz sobre los maridos y su próxima entrada al mercado matrimonial. Al borde de un ataque de pánico, tuvo que hacer un esfuerzo por recordar que para eso todavía faltaban un buen par de meses, y que por lo tanto la invitación de Jhon no era más que un gesto amistoso, seguramente para animarla un poco por el mal rato que su madre los había hecho pasar a todos.
—Vaya, yo...gracias—fue lo primero que atinó a decir—. Me halaga muchísimo con su invitación, pero estoy en la obligación de preguntarle si de verdad se siente seguro sobre la decisión de invitar a mi familia. Ya pudo ver usted mismo la forma en la que mi madre puede comportarse.
—¡Por supuesto que queremos invitarlos a ustedes!—afirmó el chico, al parecer muy seguro de lo que decía—. Ustedes son nuestros vecinos, y sería una grosería de nuestra parte sí hacemos un baile y no nos dignamos a extenderles una invitación. Además, lo que pasó aquella vez ya forma parte del pasado, y por lo tanto no ganamos nada regodeándonos en ello una y otra vez.
—Bueno, en ese caso, puedo decir que me gustaría muchísimo aceptar su invitación—respondió Beatrice—. Sin embargo, creo que sabe que su deber es pedir la bendición de mis padres para tal fin, pues aún no he sido presentada formalmente en sociedad, y por lo tanto no puedo ni debo aceptar ese tipo de invitaciones sin su consentimiento.
—Sí, por supuesto que he tenido en cuenta ese detalle. Sin embargo...bueno, supongo que todavía me queda un poco de tiempo para reunir el valor suficiente para pedir tal bendición. Además, ya cuento con su aceptación, y eso un gran logro.
Encantada con el humor de su joven visitante, Beatrice se dispuso a conversar animadamente con él, feliz de poder reír sus bromas tan peculiares sin tener que soportar, al mismo tiempo, las miradas cargadas de veneno que Cormac le había lanzado en aquella ocasión. Por desgracia y como siempre suele suceder cuando uno se divierte y se la pasa bien, el tiempo pasó volando, y cuando alcanzó a darse cuenta, ya era momento de que Jhon volviera a casa.
—Ha sido un gusto y un placer poder verla y hablar con usted, señorita Beatrice—le dijo él mientras ambos, con la institutriz detrás y muy cerca, caminaban hacia la salida—. De nuevo, muchas gracias por recibirme.
—Ni lo mencione, al contrario—replicó Beatrice—. Gracias a usted por tomarse la molestia de venir hasta acá, y traerme consigo un detalle tan adorable, además.
Luego de deshacerse en cumplidos, sonrisas y agradecimientos, ambos terminaron de despedirse por fin y el joven Winter se marchó, al parecer muy contento con la breve velada. Sonriente, Beatrice se dió la vuelta para encontrarse de frente con la fría mirada de su institutriz, quien se limitó a darle un rápido repaso de arriba abajo antes de decir:
—Si no es molestia, señorita Beatrice, me gustaría que continuasemos la clase donde la dejamos.
En circunstancias normales Beatrice habría lamentado profundamente aquella noticia, más sin embargo estaba tan emocionada por la perspectiva del baile al que había sido invitada, que para desconcertar a la señorita López le dedicó una sonrisa y, de muy buena gana, la precedió en el camino de regreso al balcón.